Edición Extraordinaria del blog creación heroica: Día Internacional de la Mujer.

Edición Extraordinaria: Día Internacional de la Mujer (parte 1)

El Día de la Mujer

Alejandra Kollontai

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¿Qué es el día de la mujer? ¿Es realmente necesario? ¿No es una concesión a las mujeres de clase burguesa, a las feministas y sufraguistas? ¿No es dañino para la unidad del movimiento obrero? Esas cuestiones todavía se oyen en Rusia, aunque ya no en el extranjero. La vida misma le ha dado una respuesta clara y elocuente a estas preguntas.

El día de la mujer es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero. El ejército organizado de mujeres trabajadoras crece cada día. Hace veinte años las organizaciones obreras sólo tenías grupos dispersos de mujeres en las bases de los partidos obreros… Ahora los sindicatos ingleses tienen más de 292.000 mujeres sindicadas; en Alemania son alrededor de 200.000 sindicadas y 150.000 en el partido obrero, en Austria hay 47.000 en los sindicatos y 20.000 en el partido. En todas partes, en Italia, Hungría, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, las mujeres de la clase obrera se están organizando a sí mismas. El ejército de mujeres socialistas tiene casi un millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa! Una fuerza con la que los poderes del mundo deben contar cuando se pone sobre la mesa el tema del coste de la vida, el seguro de maternidad, el trabajo infantil o la legislación para proteger a las trabajadoras.

Hubo un tiempo en el que los hombres trabajadores pensaron que deberían cargar ellos solos sobre sus hombros el peso de la lucha contra el capital, pensaron que ellos solos debían enfrentarse al «viejo mundo» sin el apoyo de sus compañeras. Sin embargo, como las mujeres de clase trabajadora entraron en las filas de aquellos que vendían su trabajo a cambio de un salario, forzadas a entrar en el mercado laboral por necesidad, porque su marido o padre estaba en el paro, los trabajadores empezaron a darse cuenta de que dejar atrás a las mujeres entre las filas de «no-conscientes» era dañar su causa y evitar que avanzara. ¿Qué nivel de conciencia posee una mujer que se sienta en el fogón, que no tiene derechos en la sociedad, en el estado o en la familia? ¡Ella no tiene ideas propias! Todo se hace según ordena su padre o marido…

El retraso y falta de derechos sufridos por las mujeres, su dependencia e indiferencia no son beneficiosos para la clase trabajadora, y de hecho son un daño directo hacia la lucha obrera. ¿Pero cómo entrará la mujer en esa lucha, como se la despertará?

La socialdemocracia extranjera no encontró la solución correcta inmediatamente. Las organizaciones obreras estaban abiertas a las mujeres, pero sólo unas pocas entraban. ¿Por qué? Porque la clase trabajadora al principio no se percató de que la mujer trabajadora es el miembro más degradado, tanto legal como socialmente, de la clase obrera, de que ella ha sido golpeada, intimidada, acosada a lo largo de los siglos, y de que para estimular su mente y su corazón se necesita una aproximación especial, palabras que ella, como mujer, entienda. Los trabajadores no se dieron cuenta inmediatamente de que en este mundo de falta de derechos y de explotación, la mujer está oprimida no sólo como trabajadora, si no también como madre, mujer. Sin embargo, cuando los miembros del partido socialista obrero entendieron esto, hicieron suya la lucha por la defensa de las trabajadoras como asalariadas, como madres, como mujeres.

Los socialistas en cada país comienzan a demandar una protección especial para el trabajo de las mujeres, seguros para las madres y sus hijos, derechos políticos para las mujeres y la defensa de sus intereses.
Cuanto más claramente el partido obrero percibía esta dicotomía mujer/trabajadora, más ansiosamente las mujeres se unían al partido, más apreciaban el rol del partido como su verdadero defensor y más decididamente sentían que la clase trabajadora también luchaba por sus necesidades. Las mujeres trabajadoras, organizadas y conscientes, han hecho muchísimo para elucidar este objetivo. Ahora el peso del trabajo para atraer a las trabajadoras al movimiento socialista reside en las mismas trabajadoras. Los partidos en cada país tienen sus comités de mujeres, con sus secretariados y burós para la mujer. Estos comités de mujeres trabajan en la todavía gran población de mujeres no conscientes, levantando la conciencia de las trabajadoras a su alrededor. También examinan las demandas y cuestiones que afectan más directamente a la mujer: protección y provisión para las madres embarazadas o con hijos, legislación del trabajo femenino, campaña contra la prostitución y el trabajo infantil, la demanda de derechos políticos para las mujeres, la campaña contra la subida del coste de la vida…

Así, como miembros del partido, las mujeres trabajadoras luchan por la causa común de la clase, mientras al mismo tiempo delinean y ponen en cuestión aquellas necesidades y sus demandas que les afectan más directamente como mujeres, amas de casa y madres. El partido apoya esas demandas y lucha por ellas… Estas necesidades de las mujeres trabajadoras son parte de la causa de los trabajadores como clase.

En el día de la mujer las mujeres organizadas se manifiestan contra su falta de derechos. Pero algunos dicen ¿por qué está separación de las luchas de las mujeres? ¿Por qué hay un día de la Mujer, panfletos especiales para trabajadoras, conferencias y mítines? ¿No es, en fin, una concesión a las feministas y sufraguistas burguesas? Sólo aquellos que no comprendan la diferencia radical entre el movimiento de mujeres socialistas y las sufraguistas burguesas pueden pensar de esa manera.

¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufraguistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora… Así pues, los trabajadores no deberían temer que haya un día separado y señalado como el Día de la Mujer, ni que haya conferencias especiales y panfletos o prensa especial para las mujeres.

Cada distinción especial hacia las mujeres en el trabajo de una organización obrera es una forma de elevar la conciencia de las trabajadoras y acercarlas a las filas de aquellos que están luchando por un futuro mejor. El Día de la Mujer y el lento, meticuloso trabajo llevado para elevar la auto-conciencia de la mujer trabajadora están sirviendo a la causa, no de la división, sino de la unión de la clase trabajadora.

Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer.

Escrito en 1913.

El Día Internacional de las Obreras

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Lenin

Lo principal y fundamental del bolchevismo y de la Revolución de Octubre en Rusia consiste precisamente en la incorporación a la política de los que sufrían mayor opresión bajo el capitalismo. Los capitalistas los opri­mían, los engañaban y los saqueaban con monarquía y con repúblicas democráticas burguesas. Esta opresión, este engaño, este saqueo del trabajo del pueblo por los capi­talistas eran inevitables mientras existía la propiedad pri­vada sobre la tierra y las fábricas.

La esencia del bolchevismo, la esencia del Poder soviético radica en concentrar la plenitud del poder estatal en manos de las masas trabajadoras y explotadas, desen­mascarando la mentira y la hipocresía de la democracia burguesa y aboliendo la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas. Estas masas toman a su cargo la política, es decir, la tarea de edificar una nueva sociedad. La obra es difícil; las mas de haber vivido bajo el capitalismo, pero no hay ni puede haber otra salida de la esclavitud capitalista.

Y no es posible incorporar las incorporar a las mujeres. Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano esta doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital, y además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer lugar, y en segundo lugar -lo que es más importante-, permanecen en la "esclavitud casera", son "esclavas del hogar", viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la Cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual.

La revolución bolchevique, soviética, corta las raíces de la opresión y de la desigualdad de la mujer tan pro­fundamente como no osó cortarlas jamás un solo partido ni una sola revolución en el mundo. En nuestro país, en la Rusia Soviética, no han quedado ni rastros de la desi­gualdad de la mujer y el hombre ante la ley. Una desi­gualdad sobremanera repulsiva, vil e hipócrita en el dere­cho matrimonial y familiar, la desigualdad en lo referen­te al niño, ha sido eliminada totalmente por el Poder soviético.

Esto constituye tan sólo el primer paso hacia la eman­cipación de la mujer. Pero ninguna república burguesa, aun la más democrática, se atrevió jamás a dar ni siquiera este primer paso. No se atrevió por temor ante la sacrosanta propiedad privada".

El segundo paso, el principal, ha sido la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas. Así, y únicamente así, se abre el camino para la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la "esclavitud casera", mediante el paso de la pequeña economía doméstica individual a la grande y socializada.

El tránsito es difícil, pues se trata de transformar las normas" más arraigadas, rutinarias, rudas y osificadas (a decir verdad, son bochorno y salvajismo, y no "nor­mas"). Pero el tránsito ha comenzado, se ha puesto inicio a la obra, hemos entrado en el nuevo camino.

Y en el día internacional de las obreras, en innume­rables reuniones de trabajadoras de todos los países del mundo resonarán saludos a la Rusia Soviética, que ha emprendido una obra difícil y pesada hasta lo inaudito, pero grande, de trascendencia universal, verdaderamente liberadora. Resonarán llamamientos optimistas, exhortan­do a no desfallecer ante la reacción burguesa, brutal y a menudo feroz. Cuanto más "libre" o "democrático" es un país burgués, tanto más brutalidades y ferocidades come­te la banda capitalista contra la revolución de los obreros; la República democrática de los Estados Unidos de Norteamérica es, a este respecto, un ejemplo ilustrativo. Pero el obrero ha despertado ya en masa. La guerra imperialista ha despertado definitivamente a las masas dur­mientes, soñolientas y rutinarias tanto en América como en Europa y en la atrasada Asia.

Se ha roto el hielo en todos los confines del mundo. La liberación de los pueblos del yugo del imperialis­mo, la liberación de los obreros y de las obreras del yugo del capital avanza inconteniblemente. La han impulsado decenas y cientos de millones de obreros y obreras, de campesinos y campesinas. Y por eso la causa de la eman­cipación del trabajo del yugo del capital triunfará en el mundo entero.

Publicado el l 8 de marzo de 1921.

Carta de Lenin a Inés Armand del 17 de enero de 1915

Dear friend. Le aconsejo encarecidamente que escriba con más detalle el plan del folleto. De lo contrario quedan muchas cosas confusas. De momento debo expresar mi opinión sobre lo siguiente:

Le aconsejo que suprima en absoluto la «reivindicación (femenina) del amor libre».

Prácticamente, es una reivindicación burguesa, y no proletaria.

En realidad, ¿qué entiende usted por esta reivindicación? ¿Qué se puede entender por una tal reivindicación?

1. ¿Que la mujer se vea libre de todo cálculo de carácter material (financiero) en cuestiones de amor?

2. ¿Que se vea también libre de toda preocupación material?

3. ¿de los prejuicios religiosos?

4. ¿de las prohibiciones del cabeza de familia, etc.?

5. ¿de los prejuicios de la «sociedad»?

6. ¿de la mezquina atmósfera (campesina, o pequeño-burguesa, o intelectual-burguesa) del medio ambiente?

7. ¿de las trabas de la ley, de los tribunales y de la policía?

8. ¿de la seriedad en el amor?

9. ¿de la procreación?

10. ¿la libertad de adulterio?, etc.

He enumerado muchos matices (no todos, naturalmente). Usted, naturalmente, no comprende por esta reivindicación los Nos 8-10, sino los Nos 1-7 o algo así como los Nos1-7.

Mas para los Nos 1-7 es preciso elegir otra denominación, pues el amor libre no expresa con exactitud esta idea.

Y el público, los lectores del folleto comprenderán inevitablemente por «amor libre» algo parecido a los Nos 8-10, incluso a pesar de la voluntad de usted.

Precisamente, porque en la sociedad moderna las clases más locuaces, alborotadoras y «mejor situadas» comprenden por «amor libre» los Nos 8-10, precisamente, por eso dicha reivindicación no es una reivindicación proletaria, sino burguesa.

Para el proletariado, lo más importante son los Nos 1-2, y luego los Nos 1-7, pero esto no es el «amor libre» propiamente hablando.

El quid no está en cómo usted «quiere comprender» subjetivamente este concepto. El quid está en la lógica objetiva de las relaciones de clase en las cuestiones del amor.

Carta de Lenin a Inés Armand del 24 de enero de 1915

Querida amiga:

Pido excusa por mi tardanza en contestar: quise hacerlo ayer, pero estuve tan atareado que no dispuse de tiempo para ponerme a escribirle.

Al examinar el plan de su folleto, opiné que la «reivindicación del amor libre» no era clara, e independientemente de su voluntad y de su deseo (subrayé esto, diciendo: la cuestión reside en las relaciones objetivas, de clase, y no en los deseos subjetivos de usted) es en la presente situación social una reivindicación burguesa, y no proletaria.

Usted no está de acuerdo.

Bien. Examinemos la cuestión una vez más.

Para hacer claro lo que no lo está, enumeré aproximadamente una decena de interpretaciones posibles (e inevitables en el ambiente de lucha de clases), señalando además que, a mi juicio, las interpretaciones 1-7 serán típicas o características para las proletarias, y las interpretaciones 8-10 lo serán para las burguesas.

De impugnar esto, hay que demostrar (1) que estas interpretaciones son inexactas (y entonces hay que sustituirlas por otras o señalar cuáles son las inexactas) o (2) incompletas (y entonces añadir lo que falte) o (3) que no es así como se dividen en proletarias y burguesas.

Usted no hace ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero.

De los puntos 1-7 usted no trata para nada. ¿Quiere esto decir que usted reconoce (en general) que son justos? (Lo que usted escribe sobre la prostitución de las proletarias y sobre su estado de dependencia: «imposibilidad de negarse», entra de lleno en los puntos

1-7. En esto no hay divergencia alguna entre nosotros

Tampoco pone usted en tela de juicio que ésta es la interpretación proletaria.

Quedan los puntos 8-10.

Usted «no los comprende en parte» y «hace objeciones»: «no comprendo cómo se puede (¡así está escrito!) identificar (¡! ¿?) el amor libre con» el punto 10...

¿Resulta que soy yo el que «identifica», y que usted se ha propuesto vapulearme y pulverizarme a mil ¿Cómo es eso? ¿Qué significa?

Las burguesas entienden por amor libre los puntos 8-10: ésta es mi tesis.

¿La rebate usted? Diga: ¿qué entienden las damas burguesas por amor libre?

Usted no lo dice. ¿Es que la literatura y la vida no demuestran que las burguesas entienden por amor libre eso precisamente? ¡Lo demuestran plenamente! Usted lo reconoce de manera implícita.

Y siendo así, el quid está en la posición de clase de esas gentes; no es menester «rebatir» a esas damas, ello sería ingenuo.

Es preciso establecer una clara delimitación con respecto a ellas y oponerles el punto de vista proletario. Es preciso tener en cuenta el hecho objetivo de que, si no, ellas entresacarán los correspondientes pasajes de su folleto, los interpretarán a su modo, harán que el folleto de usted lleve el agua a su molino, desvirtuarán las ideas de usted ante los obreros, «llevarán la confusión» a los obreros (sembrando entre ellos la sospecha de si no trata usted de inculcarles ideas extrañas a ellos). Para ello cuentan con gran número de periódicos, etc.

Pues bien, usted se olvida por completo del punto de vista objetivo y de clase para pasar al «ataque» contra mí, echándome en cara que «identifico» el amor libre con los puntos 8-10. Extraño, muy extraño.

«Incluso una pasión y unas relaciones fugaces» son «más poéticas y limpias» que los «besos sin amor» de unos esposos (amorales y adocenados). Así escribe usted. Y así piensa escribir en el folleto. Magnífico.

¿Es lógica la contraposición? Los besos sin amor de unos esposos vulgares son sucios. Estoy de acuerdo. A ello es preciso oponer... ¿qué? ... Podría parecer que los besos con amor. Pero usted opone una «pasión» (¿por qué no amor?) «fugaz» (¿por qué fugaz?): resulta, según esta lógica, como si los besos sin amor (fugaces) se opusieran a los besos sin amor de unos esposos... Cosa extraña. ¿No es mejor, para un folleto de divulgación, contraponer el amoral y sucio matrimonio pequeñoburgués-intelectual-campesino sin amor (a que se refiere el punto 6, o el punto 5 de mi enumeración) al matrimonio civil proletario con amor añadiendo, si usted lo desea imprescindiblemente, que también una pasión y unas relaciones fugaces pueden ser sucias y pueden ser limpias)? En el plan de usted resulta no la contraposición de tipos de clase, sino algo así como un «caso», que es posible, naturalmente. Pero ¿es que se trata de casos aislados? De elegir como tema el caso individual de unos besos sucios en el matrimonio y de unos besos limpios en unas relaciones fugaces, este tema es preciso desarrollarlo en una novela (pues en tal caso todo el quid está en la situación individua1, en el análisis de los caracteres y de la sicología de los tipos dados). Pero ¿en un folleto? Usted ha comprendido muy bien mi idea de que no sirve la cita de Key, diciendo que es «absurdo» intervenir en el papel de «profesores es amor». Precisamente. ¿Y en el papel de profesores es de pasiones fugaces, etc.?

La verdad sea dicha, yo no quiero de ningún modo entrar en polémicas. De buena gana dejaría esta carta y aplazaría el examen del tema hasta el momento de entrevistarnos. Pero yo quiero que el folleto sea bueno, que nadie pueda tomar de él frases que resulten desagradables para usted (a veces basta un garbanzo para descomponer la olla...), que nadie pueda interpretar torcidamente las ideas de usted. Estoy seguro de que también esto lo ha escrito usted «sin querer», y le remito esta carta sólo porque a lo mejor examina usted el plan a la vista de estas cartas con más detenimiento que como resultado de unas conversaciones, ya que el plan es una cosa muy importante.

¿No hay entre sus conocidas una socialista francesa? Tradúzcale (como si fuera del inglés) mis puntos 1-10 y las observaciones de usted sobre la pasión «fugaz», etc., y mírela, escúchela atentamente: esta pequeña experiencia le permitirá apreciar lo que pueden decir personas que ven las cosas desde fuera, cuáles son sus impresiones, lo que esperan del folleto.

Le estrecho la mano y le deseo que sufra menos dolores de cabeza y se restablezca pronto.

V.U.

P.S. En cuanto a Baugy, no sé... Es posible que my friend haya prometido demasiado... Pero ¿qué? Lo ignoro. La cosa está aplazada, es decir, el conflicto está aplazado, no ha sido ventilado. ¡¡Habrá que luchar y luchar!! ¿Se conseguirá disuadirlos? ¿Qué opina usted?
Publicado por José Carlos Mariátegui.

Edición Extraordinaria: Día Internacional de la Mujer (Parte 2)

Entrevista de Clara Zetkin a Vladimir Lenin

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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Lenin me había hablado muchas veces del problema de la mujer. Se veía que atribuía una importancia muy grande al movimiento femenino, como parte esencial, en ocasiones incluso decisiva, del movimiento de las masas. Huelga decir que, para él, la plena equiparación social de la mujer con el hombre era un principio inconmovible, y que ningún comunista podía ni siquiera discutir. Fue en el gran despacho de Lenin en el Kremlin donde, en el otoño de 1920, tuvimos la primera conversación un poco larga acerca de este tema. Lenin estaba sentado en su mesa de escribir, que, cubierta de papeles y de libros, hablaba de estudio y de trabajo, sin que reinase en ella ningún “desorden genial”.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Tenemos que crear a todo trance un fuerte movimiento femenino internacional sobre una base teórica clara —dijo Lenin, encauzando la conversación después de las palabras de saludo.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Sin teoría marxista no puede haber una buena actuación práctica, esto es evidente. Nosotros, los comunistas, necesitamos también de una gran pureza de principios en esta cuestión. Tenemos que distinguirnos nítidamente de todos los demás partidos. Desgraciadamente, nuestro segundo congreso internacional ha fallado en el modo de plantear el problema de la mujer. Planteó el problema, pero sin llegar a tomar una posición ante él. El asunto se halla todavía en poder de una comisión. Esta se encargará de redactar una proposición, tesis, líneas directrices. Sin embargo, hasta hoy no ha hecho gran cosa. Es necesario que usted eche una mano.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Lo que Lenin me decía lo había oído ya por otro conducto, manifestando mi asombro ante ello. Estaba entusiasmada de todo lo que las mujeres rusas habían aportado a la revolución y de lo que todavía aportaban para defenderla y sacarla adelante. El partido bolchevique me parecía también un partido modelo, el partido modelo por excelencia, en lo tocante a la posición y actuación de la mujer dentro de él. Este partido aportaba, por sí solo, elementos valiosos, disciplinados y expertos y un gran ejemplo histórico al movimiento femenino comunista internacional.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Sí; eso es cierto, y es magnífico y está muy bien —dijo Lenin, con una sonrisa silenciosa, apenas esbozada—. En Petrogrado, aquí, en Moscú, en las ciudades y centros industriales y en el campo, las proletarias se han portado maravillosamente en la revolución. Sin ellas, no habríamos triunfado. O habríamos triunfado a duras penas. Yo lo creo así. No puede usted imaginarse lo valientes que fueron y lo valientes que están siendo todavía. Represéntese usted todas las penalidades y privaciones que soportan estas mujeres.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“Y las soportan porque quieren que los Soviets salgan adelante, porque quieren la libertad, el comunismo. Sí; nuestras proletarias son unas magníficas luchadoras de clase. Merecen que se las admire y se las quiera. Por lo demás, hay que reconocer que también las damas de la “democracia constitucional” demostraron en Petrogrado mucha más valentía contra nosotros que los hombrecillos terratenientes. Eso es verdad. En el partido, tenemos camaradas de confianza, inteligentes e incansables para la acción. Con ellas, hemos podido cubrir no pocos puestos importantes en los Soviets y Comités ejecutivos, en los comisariados del pueblo y en las oficinas públicas. Algunas trabajan día y noche en el partido o entre las masas de los proletarios y los campesinos y en el Ejército rojo. Esto, para nosotros, tiene mucha importancia. Y lo tiene también para las mujeres del mundo entero, pues demuestra la capacidad de la mujer, la gran importancia que tiene su valor para la sociedad. La primera dictadura del proletariado está siendo su verdadero campeón en la lucha por la plena equiparación social de la mujer. Desarraiga más prejuicios que muchos volúmenes de literatura feminista. Pero, a pesar de todo y con todo, todavía no existe un movimiento femenino comunista internacional, y es necesario crearlo a todo trance. Es necesario entregarse inmediatamente a esta tarea. Sin esto, la labor de nuestra Internacional y de sus partidos no es ni será nunca lo que debe ser. Y hay que conseguir que lo sea, pues lo exige la revolución. Cuénteme usted en qué situación está la labor comunista en el extranjero”.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Le informé acerca de esto, todo lo bien que podía hacerlo, dada la mala e irregular articulación que por aquel entonces existía en los partidos afiliados a la III Internacional. Lenin escuchaba mis palabras atentamente, con el cuerpo un poco inclinado hacia adelante, sin asomo de cansancio, de impaciencia o de hastío, siguiendo con reconcentrado interés hasta los detalles más secundarios. No he conocido a nadie que escuchase mejor que él ni que mejor ordenase lo escuchado, sacando de ello las conclusiones generales. Así lo denotaban las preguntas rápidas y siempre muy concretas con que interrumpía de vez en cuando los informes y el modo certero con que volvía después sobre este o aquel detalle de la conversación. Lenin tomaba algunas notas rápidas.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Como era natural, analicé con especial detenimiento la situación alemana. Expuse a Lenin la insistencia con que Rosa Luxemburgo planteaba la necesidad de ganar para las luchas revolucionarias a las grandes masas femeninas. Al fundarse el partido comunista, acuciaba porque se lanzase un periódico para la mujer. Cuando Leo Jogisches, en la última entrevista que tuvimos —dos días antes de que le asesinasen— discutió conmigo las tareas inmediatas del partido y me encomendó algunos trabajos, figuraba entre éstos un plan para la organización de la labor entre las mujeres trabajadoras. En su primera conferencia clandestina, el partido se había ocupado de este asunto. Las agitadoras y dirigentes que antes de la guerra y durante ésta se habían destacado como mujeres disciplinadas y expertas dentro del movimiento, se habían quedado casi sin excepción dentro de la socialdemocracia, reteniendo con ellas a las proletarias más inquietas. No obstante, se había logrado reunir ya un pequeño núcleo de camaradas muy enérgicas y dispuestas a todos los sacrificios, tomaban parte en todos los trabajos y en todas las luchas del partido. Este núcleo de mujeres se había puesto ya a organizar la actuación sistemática entre las proletarias. Naturalmente, estaba todo en sus comienzos todavía; pero eran ya, desde luego, comienzos muy prometedores.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—No está mal, nada mal —dijo Lenin—. La energía, la capacidad de sacrificio y el entusiasmo de las camaradas, su valentía y su habilidad en tiempos clandestinos abren una buena perspectiva sobre la labor futura. Son elementos muy valiosos para el desarrollo del partido y su robustecimiento, para su capacidad de atracción sobre las masas y para planear y desarrollar acciones. Pero, ¿qué tal andan las camaradas y los camaradas en punto a claridad y a disciplina en cuanto a principios? Esto tiene una importancia fundamental para el trabajo entre las masas. Influye enormemente sobre lo que pasa entre las masas, saber lo que las atrae y entusiasma. De momento, no recuerdo quién fue el que dijo que “para hacer grandes cosas hay que entusiasmarse”. Nosotros y los trabajadores del mundo entero tenemos todavía, realmente, grandes cosas que hacer. Veamos, pues, ¿qué es lo que entusiasma a esas camaradas, a las mujeres proletarias de Alemania? ¿Cómo andan de conciencia proletaria de clase? ¿Concentran su interés, su actuación, en las reivindicaciones políticas de la hora? ¿Cuál es el eje de sus pensamientos?
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“Acerca de esto, he oído contar cosas muy curiosas a algunos camaradas rusos y alemanes. Voy a decirle a usted una. Me han contado, por ejemplo, que una comunista muy inteligente de Hamburgo edita un periódico para las prostitutas, y quiere organizar a éstas en la lucha revolucionaria. Rosa sentía y obraba humanamente como comunista cuando, en un artículo, salió en defensa de unas prostitutas a quienes no sé qué trasgresión cometida contra las ordenanzas de Policía por las que se rige el ejercicio de su triste profesión, había llevado a la cárcel. Estos seres son víctimas de la sociedad burguesa, dignas de lástima por dos conceptos. Son víctimas de su maldito régimen de propiedad y son además víctimas de su maldita hipocresía moral. Esto es evidente, y sólo un hombre zafio y miope puede no verlo. Pero una cosa es comprender esto y otra cosa muy distinta querer organizar a las prostitutas —¿cómo diré yo?— gremialmente como una tropa revolucionaria aparte, editando para ellas un periódico industrial. ¿Es que en Alemania no quedan ya obreras industriales que organizar, para quienes editar un periódico, a quienes atraer a nuestras luchas? Se trata, evidentemente, de un brote enfermizo. Esto me recuerda demasiado aquella moda literaria que convertía poéticamente a cada prostituta en una santa de los altares. También aquí era sana la raíz: un sentimiento de solidaridad social, de rebeldía contra la hipocresía virtuosa de los honorables burgueses. Pero este sentimiento sano degeneraba y se corrompía en manifestaciones burguesas. Por lo demás, también a nosotros nos va a plantear más de un problema difícil el asunto de la prostitución. Hay que tender a incorporar a las prostitutas al trabajo productivo, a la economía social. Pero esto es difícil y complicado de conseguir en el estado actual de nuestra economía y bajo todo el conjunto de circunstancias actuales. Ahí tiene usted un fragmento del problema de la mujer que se presenta ante nosotros después de la conquista del Poder por el proletariado y que reclama una solución práctica. En la Rusia soviética, esto nos dará todavía mucho que hacer. Pero, volvamos al caso especial de Alemania. El partido no puede, ni mucho menos, cruzarse de brazos ante esos desaguisados que cometen sus individuos. Esto crea confusión y dispersa fuerza. Y usted, vamos a ver, ¿qué ha hecho por impedir estas cosas?
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Antes de que pudiese contestar, Lenin prosiguió:
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—En su “Debe”, Clara, hay más cosas apuntadas. Me han contado que en las veladas de lectura y discusión que se organizan para las camaradas son objeto preferente de atención el problema sexual y el problema del matrimonio, y que sobre estos temas versa principalmente el interés y la labor de enseñanza y de cultura políticas. Cuando me lo dijeron, no quería dar crédito a mis oídos. El primer Estado de la dictadura proletaria lucha con los contrarrevolucionarios del mundo entero. La misma situación de Alemania reclama la más intensa concentración de todas las fuerzas proletarias, revolucionarias, para cortar los avances cada vez mayores de la contrarrevolución. ¡Y he aquí que las camaradas activas se ponen a discutir el problema sexual y el problema de las formas del matrimonio “en el pasado, en el presente y en el porvenir”! Creen que su deber más apremiante en esta hora es ilustrar a las proletarias acerca de esto. Se me dice que la publicación más leída es un folleto de una joven camarada vienesa sobre la cuestión sexual. ¡Valiente mamarrachada! Lo que interesa de estas cuestiones a los obreros hace ya mucho tiempo que lo han leído en Bebel… Pero no en un estilo aburrido, pétreo, esquemático como el del folleto, sino en un estilo recio de agitación, de agresividad contra la sociedad burguesa. Querer ampliar eso con las hipótesis freudianas, podrá parecer “culto” y hasta pasar por ciencia, pero no es más que una estupidez de profanos. La teoría freudiana es también, hoy, una de esas tonterías de la moda. Yo desconfío de las teorías sexuales expuestas en artículos, ensayos, folletos, etc., en una palabra, de esa literatura específica que crece exuberante en los estercoleros de la sociedad burguesa. Desconfío de esos que sólo saben mirar al problema sexual como el santo indio a su ombligo. Me parece que esa exuberancia de teorías sexuales, que en su mayor parte, no son más que hipótesis, y no pocas veces hipótesis arbitrarias, brota de una necesidad personal, de la necesidad de justificar ante la moral burguesa, implorando tolerancia, las aberraciones de la propia vida sexual anómala o hipertrofiada. A mí me repugna por igual ese respeto hipócrita a la moral burguesa y ese constante hociquear en la cuestión sexual. Por mucho que se las dé de rebelde y de revolucionaria, esta actitud, es, en el fondo, perfectamente burguesa. Es, en realidad, una tendencia favorita de los intelectuales y de los sectores afines a ellos. En nuestro Partido, en el seno del proletariado militante, con conciencia de clase, no tienen nada que hacer estas cuestiones.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Yo objeté que, bajo el régimen de la propiedad privada y el orden burgués, el problema sexual y el problema del matrimonio envolvían múltiples preocupaciones, conflictos y penalidades para las mujeres de todas las clases y sectores sociales. Que la guerra y sus consecuencias habían venido precisamente a agudizar para la mujer los conflictos y las penalidades que las relaciones sexuales llevan consigo, poniendo al desnudo problemas que antes quedaban ocultos. La atmósfera de la revolución en marcha se prestaba magníficamente para esto. El viejo mundo de sentimientos y de ideas comenzaba a vacilar. Los antiguos vínculos sociales se aflojaban y se rompían, descubriéndose atisbos de nuevas relaciones y actitudes humanas. Dije que el interés por estas cuestiones era un signo de la necesidad que se sentía de claridad y de nuevas orientaciones. Que en esto se revelaba también una reacción contra la falsedad y la hipocresía de la sociedad burguesa. Que el tránsito de las formas del matrimonio y de la familia a lo largo de la historia, bajo la dependencia de la economía, se prestaba para destruir en la conciencia de las proletarias la fe supersticiosa en la eternidad de la sociedad burguesa. Que una actitud de crítica histórica ante estos problemas tenía necesariamente que conducir a un análisis despiadado del régimen burgués, a poner al desnudo sus raíces y sus efectos, a marcar con el hierro candente la hipocresía de la moralidad sexual. Que todos los caminos llevaban a Roma. Que todo lo que fuere analizar con un criterio verdaderamente marxista una parte importante de la superestructura ideológica de la sociedad, un fenómeno social destacado, tenía que conducir necesariamente al análisis de la sociedad burguesa y del régimen básico de la propiedad, tenía forzosamente que desembocar ¡en el Carthiginem est delendam!
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Lenin asentía sonriendo :
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Acaso lo tenemos. ¡Defiende usted como un verdadero abogado a sus camaradas y a su partido! Claro está que lo que usted dice es cierto. Pero, en el mejor de los casos, eso no hace más que disculpar, y no justificar el error cometido en Alemania. Esa conducta es y sigue siendo un error. ¿Podría usted asegurar seriamente que en aquellas lecturas y discusiones se estudian el problema sexual y el problema del matrimonio, desde el punto de vista del marxismo maduro, del materialismo histórico vivo y real? Esto exige una cultura amplísima y profunda, el dominio completo de un enorme material. ¿Dónde tienen ustedes los elementos para eso? Si los tuviesen, no se daría el caso de tomar por norma de enseñanza en esas lecturas y discusiones un folleto como el que he citado. En vez de criticarlo, se le recomienda y se le difunde. ¿Y adónde conduce esa manera superficial y antimarxista de tratar el problema? A que el problema sexual y el del matrimonio no se enfoquen como una parte del gran problema social, sino, por el contrario, éste, el gran problema social, como una parte, como un apéndice de los problemas sexuales. Lo principal se convierte en lo accesorio. Y esto no sólo siembra la confusión en estos problemas, sino que empeña los pensamientos, la conciencia de clase de las proletarias, en general.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“Además, y no es esto lo menos importante, ya el sabio Salomón decía que todo requería su tiempo. Y dígame usted, ¿acaso es este el momento de entretener meses y meses a proletarias explicándoles cómo se ama y se hace el amor, cómo se corteja y se dejan las mujeres cortejar? Claro está que todo es “en el pasado, en el presente y en el porvenir” y en los más diversos .pueblos. ¡Y luego dicen, muy orgullosas, que esto es materialismo histórico! No; en estos momentos, todos los pensamientos de las camaradas, de las mujeres del pueblo trabajador, deben concentrarse en la revolución proletaria. Esta echará también las bases para la necesaria renovación del matrimonio y de las relaciones sexuales. Hoy, son, en verdad, otros los problemas que están en primer plano, y no precisamente el de las formas matrimoniales de los negros australianos y el matrimonio entre hermanos en la antigüedad. El problema primario para los proletarios alemanes siguen siendo los Soviets. El Tratado de Versalles y sus efectos en la vida de las masas femeninas, el paro, la baja de salarios, los impuestos y muchas otras cuestiones: éstos son los problemas que hoy están a la orden del día. En una palabra, me sostengo en mi idea de que esa clase de cultura política social, que se da a las proletarias es falsa, completamente falsa. ¿Cómo pudo usted callarse ante estos hechos? Usted debió interponer su autoridad para evitarlo”.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Expliqué al indignado amigo que, por falta de críticas y de reproches a las camaradas dirigentes de distintos sitios no había quedado, pero que ya sabía que nadie era profeta en su tierra ni entre su gente. Que mis críticas habían hecho recaer sobre mí la sospecha de que conservaba todavía “fuertes resabios de prejuicios socialdemócratas y de concepciones pequeñoburguesas pasadas de moda”. Pero que, en fin de cuentas, la crítica no había sido en balde, pues el problema sexual y el del matrimonio no eran ya el eje de los cursos y de las discusiones. Pero Lenin siguió desarrollando la idea tratada.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Ya sé, ya sé —dijo—; también a mí se me acusa en este respecto de filisteo por ciertas gentecillas, a pesar de lo que el filisteísmo me repugna, por lo que encierra de hipocresía y de estrechez. Pero, yo soporto pacientemente todo eso. Esos pajarillos de pico amarillo, salidos apenas del cascarón de los prejuicios burgueses, son siempre terriblemente listos. Pero, ¡qué se va a hacer! Hay que resignarse a eso, y no corregirse. También el movimiento juvenil adolece de modernismo en su actitud ante el problema sexual y en su exceso de preocupación por él —Lenin ponía en la palabra “modernismo” un acento irónico, haciendo al pronunciarla un gesto desdeñoso Según me han informado muchos —continuó—, el problema sexual es también tema favorito de estudio en las organizaciones juveniles alemanas. Los conferenciantes no dan abasto, al parecer, a la apetencia del público. Y en el movimiento juvenil, este estrago es especialmente nocivo, especialmente peligroso. Fácilmente puede conducir, en no pocos jóvenes, a la exaltación y a la sobreexcitación de la vida sexual, destruyendo la salud y la fuerza juveniles. Es necesario que luchen ustedes también contra esto. No en vano el movimiento femenino y juvenil tienen muchos puntos de contacto. Nuestras camaradas debieran colaborar sistemáticamente en todos los países con la juventud. Esto sería una continuación y una exaltación de la maternidad de lo individual a lo social. Y hay que fomentar en la mujer todo lo que en ella apunte de vida y de actuación social, para ayudarla a vencer la estrechez de su psicología individual y pequeñoburguesa de hogar y de familia. Pero esto es una consideración incidental.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“También aquí una gran parte de la juventud se entrega apasionadamente a “revisar” las “concepciones burguesas y de la moral” en los problemas sexuales. Y debo añadir que se trata precisamente de una gran parte de nuestros mejores jóvenes, de los que realmente prometen. Es como usted decía antes. En la atmósfera de los estragos de la guerra y de la revolución en marcha, los viejos valores ideológicos se disuelven, al estremecerse las bases económicas de la sociedad, y pierden su fuerza coactiva. Y los nuevos valores cristalizan lentamente, a fuerza de luchas. También en punto a las relaciones humanas, a las relaciones entre hombre y mujer, se revolucionan los sentimientos y las ideas. Se trazan nuevos linderos entre el derecho del individuo y el derecho de la colectividad y, por tanto, el deber individual. Las cosas se hallan todavía en plena fermentación caótica. La orientación en la fuerza evolutiva de las diversas tendencias encontradas, no se destaca todavía con absoluta claridad. Es un proceso lento, y no pocas veces doloroso, de destrucción y de creación. Donde más se nota esto es precisamente en las relaciones sexuales, en el matrimonio y la familia. La decadencia, la podredumbre, la suciedad del matrimonio burgués, con su difícil disolubilidad, con su libertad para el hombre y su esclavitud para la mujer, la hipocresía repugnante de la moral y de las relaciones sexuales, llenan de profundo asco a los seres espiritualmente más sensibles y mejores.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“La coacción del matrimonio burgués y de las leyes por que se rige la familia de los Estados burgueses, agudiza los males y los conflictos. Es la coacción de la “santa propiedad”, que santifica la venalidad, la vileza y la porquería. La hipocresía convencional de la honesta sociedad burguesa se encarga del resto. La gente busca satisfacción a sus legítimos anhelos contra el orden repugnante y antinatural que impera. En tiempos como éstos, en que se derrumban reinos poderosos, en que se vienen a tierra instituciones antiquísimas y en que todo un mundo social amenaza con hundirse, los sentimientos individuales se transforman rápidamente, la apetencia y el anhelo de cambios en el goce se desbocan con harta facilidad.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“No basta con reformar las relaciones sexuales y el matrimonio en un sentido burgués. Es una revolución sexual y matrimonial la que se prepara, como corresponde a la revolución proletaria. Es lógico que este intrincado complejo de problemas que aquí se plantea interese muy especialmente a las mujeres y a la juventud, puesto que ambas son las primeras víctimas del falso régimen sexual imperante. La juventud se rebela contra este abuso con todo el ímpetu de sus años. Y se comprende. Nada sería más falso que predicar a la juventud un ascetismo monacal y la santidad moral burguesa. Pero es peligroso que en esos años se convierta en eje de la vida la cuestión sexual, ya bastante fuerte de suyo por imperativo fisiológico. Las consecuencias de esto son fatales. Infórmese usted acerca de esto por nuestra camarada Lilina. Esta mujer ha podido recoger grandes experiencias en su larga labor en establecimientos de enseñanza de toda clase y usted sabe que se trata de una comunista de cuerpo entero y sin prejuicios.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“El cambio de actitud de los jóvenes ante los problemas de la vida sexual es, por supuesto, una cuestión “de principio”, y pretende apoyarse en una teoría. Muchos llaman a su actitud “revolucionaria” y “comunista”. Y creen honradamente que lo es. A mi, que soy viejo, eso no me impone. Y aunque no tengo nada de asceta sombrío, me parece que lo que llaman “nueva vida sexual” de los jóvenes —y a veces también de hombres maduros– no es, con harta frecuencia, más que una vida sexual puramente burguesa, una prolongación del prostíbulo burgués. Todo eso no tiene nada que ver con la libertad amorosa, tal como la concebimos los comunistas. Seguramente conoce usted la famosa teoría de que, en la sociedad comunista, la satisfacción del impulso sexual, de la necesidad amorosa, es algo tan sencillo y tan sin importancia como “el beberse un vaso de agua”. Esta teoría del vaso de agua ha vuelto loca, completamente loca a una parte de nuestra juventud, y ha sido fatal para muchos chicos y mucha muchachas. Sus defensores afirman que es una teoría marxista. Yo no doy tres perras chicas por ese marxismo que quiere derivar todos los fenómenos y todas las transformaciones operadas en la superestructura ideológica de la sociedad directamente y en línea recta de su base económica. No; la cosa no es tan sencilla, ni mucho menos. Ya lo puso de manifiesto hace mucho tiempo, por lo que se refiere al materialismo histórico, un tal Federico Engels.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“La famosa teoría del vaso de agua es, a mi juicio, completamente antimarxista y, además, antisocial. En la vida sexual, no sólo se refleja la obra de la naturaleza, sino también la obra de la cultura, sea de nivel elevado o inferior. En su obra sobre los “orígenes de la familia”, Engels ha demostrado la importancia que tiene el que el instinto sexual fisiológico se haya desarrollado y refinado hasta convertirse en amor sexual individual. Las relaciones entre los sexos no son un simple reflejo del intercambio entre la Economía social y una sociedad física aislada mentalmente por la consideración fisiológica. El querer reducir directamente a las bases económicas de la sociedad la transformación de estas relaciones, aislándolas y desglosándolas de su entronque con la ideología general, no sería marxismo, sino racionalismo. Es evidente que quien tiene sed debe saciarla. Pero, ¿es que el hombre normal y en condiciones normales, se dobla sobre el barro de la calle para beber en un charco? ¿O, simplemente, de un vaso cuyos bordes conservan las huellas grasientas de muchos labios? Pero, todavía más importante que todo esto es el aspecto social. Pues el acto de beber agua es, en realidad, un acto individual, y en el amor intervienen dos seres y puede nacer un tercero, una nueva vida. En este acto reside un interés social, un deber hacia la colectividad.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“Como comunista, yo no tengo la menor simpatía por la teoría del vaso de agua, aunque se presente con la vistosa etiqueta de “emancipación del amor”. Por lo demás, esta pretendida emancipación del amor no es ni comunista ni nueva. Como usted recordará, es una teoría que se predicó, principalmente, a mediados del siglo pasado en la literatura con el nombre de “libertad del corazón”. Luego, la realidad burguesa demostró que de lo que se trataba era de libertar no al corazón, sino a la carne. Por lo menos, la predicación de aquel entonces denotaba más talento que la de hoy; por lo que se refiere a la realidad práctica, no puedo juzgar. Y no es que yo, con mi crítica, quiera predicar el ascetismo. Nada de eso. El comunismo no tiene por qué aspirar a una vida ascética, sino, por el contrario, a una vida gozosa y plena de fuerza, colmada, aun en lo que se refiere al amor. Pero, a mi parecer, esa hipertrofia de lo sexual que hoy se observa a cada paso, lejos de infundir goce y fuerza a la vida, se los quita. Y en momentos revolucionarios, esto es grave, muy grave.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“La juventud, sobre todo, necesita alegría y fuerza vital. Deportes sanos, gimnasia, natación, marchas, ejercicios físicos de todo género, variedad de intereses espirituales. ¡Aprender, estudiar, investigar, haciéndolo, siempre que sea posible, colectivamente!
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“Todo esto dará a la juventud más que las eternas conferencias y discusiones sobre problemas sexuales y sobre el dichoso derecho a “vivir su vida”. ¡Cuerpo sano, espíritu sano! Ni monje ni don Juan, pero tampoco ese término medio del filisteo alemán. Seguramente, conoce usted a nuestro joven camarada X. I. Z., un muchacho magnífico, inteligentísimo. Pues, a pesar de todo, temo que no saldrá nada de él. No hace más que saltar de aventura en aventura femenina. Eso no sirve para la lucha política, ni sirve para la revolución. Yo me fío muy poco de la solidez, de la perseverancia en la lucha de esas mujeres en quienes la novela personal se entreteje con la política. Y tampoco me fío de los hombres que corren detrás de cada falda y se dejan pescar por la primera mujercita joven. Eso no se concilia con la revolución” —Lenin se puso en pie, golpeó la mesa con la mano y dio unos cuantos pasos por la habitación.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->“La revolución exige concentración, exaltación de fuerzas. De las masas y de los individuos. No tolera esas vidas orgiásticas propias de los héroes y las heroínas decadentes de un D’Annuzio. El desenfreno de la vida sexual es un fenómeno burgués, un signo de decadencia. El proletariado es una clase ascensional. No necesita embriagarse, ni como narcótico ni como estímulo. Ni la embriaguez de la exaltación sexual ni la embriaguez por el alcohol. No debe ni puede olvidarse, ni olvidar lo abominable, lo sucio, lo salvaje que es el capitalismo. Su situación de clase y el ideal comunista son los mejores estímulos que pueden impulsarle a la lucha. Necesita claridad, claridad y siempre claridad. Por tanto, lo repito, nada de debilitarse, de derrochar, de destruir sus fuerzas. El que sabe dominarse y disciplinarse no es un esclavo, ni aun en amor. Pero, perdone usted, Clara. Me he desviado considerablemente del punto de partida de nuestra conversación. ¿Por qué no me ha llamado usted al orden? Las preocupaciones me han soltado la lengua. Me inquieta mucho el porvenir de la juventud. Es un fragmento de la revolución. Y si apuntan fenómenos nocivos que entran al mundo de la revolución arrastrándose desde el mundo de la sociedad burguesa —como las raíces de esas plantas parásitas, que se arrastran y se extienden a grandes distancias—, es mejor darles la batalla cuanto antes. Por lo demás, estos problemas forman también parte de los problemas de la mujer”.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Lenin había hablado con gran vivacidad y una gran energía. Se veía que cada palabra le salía del alma, y la expresión de su cara lo confirmaba así. De vez en cuando, un enérgico movimiento hecho con la mano subrayaba un pensamiento. A mí me asombraba que Lenin no se preocupase solamente de los grandes problemas políticos, sino que dedicase también gran atención a las manifestaciones concretas y aisladas, ocupándose de ellas. Y no sólo en la Rusia soviética, sino también en los Estados gobernados todavía por el capitalismo. Como gran marxista que era, enfocaba lo concreto, dondequiera y bajo la forma que se presentase, en conexión con lo general, con los grandes problemas, y en cuanto a su importancia respecto a éstos. Su voluntad, la meta de su vida, se encaminaban en bloque, inconmovibles como una fuerza natural irrefrenable, a un solo fin: acelerar la revolución como obra de las masas. Por eso lo valoraba y lo enjuiciaba todo por la reacción que pudiera producir sobre las fuerzas conscientes propulsoras de la revolución. De la revolución nacional e internacional, pues ante. sus ojos se alzaba siempre, abarcando en su integridad la realidad histórica concreta de los diversos países y las diversas etapas de la evolución, la revolución proletaria mundial, una e indivisible.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—¡Cómo siento, camarada Lenin —exclamé—, que. no hayan oído sus palabras cientos, miles de personas! A mí, ya sabe usted que no necesita convencerme. Pero hubiera sido conveniente que los amigos y los enemigos escuchasen su opinión.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Lenin sonrió burlonamente :
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->—Tal vez escriba o hable algún día acerca de estas cuestiones. Más adelante; ahora no. Ahora, hay que concentrar toda la fuerza y todo el tiempo en otras cosas. Tenemos cuidados mayores y más graves. La lucha por afirmar y consolidar el Estado soviético no ha terminado todavía, ni mucho menos. Tenemos que digerir las consecuencias de la guerra con Polonia y procurar sacar lo mejor que podamos de su terminación. En el Sur está todavía Wrangel. Claro está que tengo la firme convicción de que terminaremos con él. Esto dará también que pensar a los imperialistas ingleses y franceses y a sus pequeños vasallos. Pero tenemos todavía delante de nosotros la parte más difícil de nuestra tarea: la edificación. Esta pondrá también de relieve, como problemas actuales, los problemas de las relaciones sexuales, del matrimonio y la familia. Mientras tanto, tendrán ustedes que arreglárselas como puedan, cuando y donde esos problemas se planteen. Impidiendo que se traten de un modo antimarxista y que sirvan para alimentar desviaciones sordas y manejos ocultos. Y con esto, pasamos a hablar, por fin, de su labor —Lenin miró el reloj—. El tiempo de que dispongo para usted va ya promediado —dijo—. He charlado más de la cuenta. Debe usted redactar líneas directrices para la labor comunista entre las masas femeninas. Como conozco la posición de principio de usted y su experiencia práctica, nuestra conversación acerca de esto puede ser breve. Vamos, pues, allá. ¿Cómo concibe usted esas líneas directrices?
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Tracé un resumen rápido de ellas. Lenin asentía constantemente con la cabeza. Sin interrumpirme. Cuando hube terminado, le miré como interrogándole.
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<!--[if !supportLists]-->· <!--[endif]-->Publicada a finales de enero de 1925.

Los Fundamentos Sociales de la Cuestión Femenina

Alejandra Kollontai

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Dejando a los estudiosos burgueses absortos en el debate de la cuestión de la superioridad de un sexo sobre el otro, o en el peso de los cerebros y en la comparación de la estructura psicológica de hombres y mujeres, los seguidores del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Los seguidores del materialismo histórico rechazan la existencia de una cuestión de la mujer específica separada de la cuestión social general de nuestros días. Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos, las características naturales han sido un factor secundario en este proceso. Sólo la desaparición completa de estos factores, sólo la evolución de aquellas fuerzas que en algún momento del pasado dieron lugar a la subordinación de la mujer, serán capaces de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa actualmente de forma fundamental. En otras palabras, las mujeres pueden llegar a ser verdaderamente libres e iguales sólo en un mundo organizado mediante nuevas líneas sociales y productivas.

Sin embargo, esto no significa que la mejora parcial de la vida de la mujer dentro del marco del sistema actual no sea posible. La solución radical de la cuestión de los trabajadores sólo es posible con la completa reconstrucción de las relaciones productivas modernas. Pero, ¿debe esto impedirnos trabajar por reformas que sirvan para satisfacer los intereses más urgentes del proletariado? Por el contrario, cada nuevo objetivo de la clase trabajadora representa un paso que conduce a la humanidad hacia el reino de la libertad y la igualdad social: cada derecho que gana la mujer le acerca a la meta fijada de su emancipación total…

La socialdemocracia fue la primera en incluir en su programa la demanda de la igualdad de derechos de las mujeres con los de los hombres. El partido demanda siempre y en todas partes, en los discursos y en la prensa, la retirada de las limitaciones que afectan a las mujeres, es sólo la influencia del partido lo que ha forzado a otros partidos y gobiernos a llevar a cabo reformas en favor de las mujeres. Y, en Rusia, este partido no es sólo el defensor de las mujeres en relación a su posición teórica, sino que siempre y en todos lados se adhiere al principio de igualdad de la mujer.

¿Qué impide a nuestras defensoras de los “derechos de igualdad”, en este caso, aceptar el apoyo de este partido fuerte y experimentado? El hecho es que por “radicales” que pudieran ser las igualitaristas, siguen siendo fieles a su propia clase burguesa. Por el momento, la libertad política es un requisito previo esencial para el crecimiento y el poder de la burguesía rusa. Sin ella resultará que todo su bienestar económico se ha construido sobre arena. La demanda de igualdad política es una necesidad para las mujeres que surge de la vida en sí misma.

La consigna de “acceso a las profesiones” ha dejado de ser suficiente, y sólo la participación directa en el gobierno del país promete contribuir a mejorar la situación económica de la mujer. De ahí el deseo apasionado de las mujeres de la mediana burguesía por obtener el derecho al voto, y por lo tanto, su hostilidad hacia el sistema burocrático moderno.

Sin embargo, en sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase…

La lucha por la independencia económica
En primer lugar debemos preguntarnos si un movimiento unitario sólo de mujeres es posible en una sociedad basada en las contradicciones de clase. El hecho de que las mujeres que participan en el movimiento de liberación no representan a una masa homogénea es evidente para cualquier observador imparcial.

El mundo de las mujeres está dividido —al igual que lo está el de los hombres— en dos bandos. Los intereses y aspiraciones de un grupo de mujeres les acercan a la clase burguesa, mientras que el otro grupo tiene estrechas conexiones con el proletariado, y sus demandas de liberación abarcan una solución completa a la cuestión de la mujer. Así, aunque ambos bandos siguen el lema general de la “liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son diferentes. Cada uno de los grupos inconscientemente parte de los intereses de su propia clase, lo que da un colorido específico de clase a los objetivos y tareas que se fija para sí mismo…

A pesar de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no debe perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la liberación de las mujeres no puede completarse.

Si en determinadas circunstancias las tareas a corto plazo de las mujeres de todas las clases coinciden los objetivos finales de los dos bandos, que a largo plazo determinan la dirección del movimiento y las estrategias a seguir, difieren mucho. Mientras que para las feministas la consecución de la igualdad de derechos con los hombres en el marco del mundo capitalista actual representa un fin lo suficientemente concreto en sí mismo, la igualdad de derechos en el momento actual para las mujeres proletarias, es sólo un medio para avanzar en la lucha contra la esclavitud económica de la clase trabajadora. Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al “sexo débil”. Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres, como también es cierto que las condiciones de trabajo asalariado, a veces, convierten a las mujeres trabajadoras en competidoras y rivales de los hombres. Pero en estas situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable…

La mujer trabajadora, no menos que su hermano en la adversidad, odia a ese monstruo insaciable de fauces doradas que, preocupado solamente en extraer toda la savia de sus víctimas y de crecer a expensas de millones de vidas humanas, se abalanza con igual codicia sobre hombres, mujeres y niños. Miles de hilos la acercan al hombre de clase trabajadora. Las aspiraciones de la mujer burguesa, por otro lado, parecen extrañas e incomprensibles. No simpatizan con el corazón del proletariado, no prometen a la mujer proletaria ese futuro brillante hacia el que se tornan los ojos de toda la humanidad explotada…

El objetivo final de las mujeres proletarias no evita, por supuesto, el deseo que tienen de mejorar su situación incluso dentro del marco del sistema burgués actual. Pero la realización de estos deseos está constantemente dificultada por los obstáculos que derivan de la naturaleza misma del capitalismo. Una mujer puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la servidumbre, de las lágrimas y las dificultades. Y esto es verdad hasta cierto punto. Para la mayoría de las mujeres del proletariado, la igualdad de derechos con los hombres significaría sólo una parte igual de la desigualdad, pero para las “pocas elegidas”, para las mujeres burguesas, de hecho, abriría las puertas a derechos y privilegios nuevos y sin precedentes que hasta ahora han sido sólo disfrutados por los hombres de clase burguesa. Pero, cada nueva concesión que consiga la mujer burguesa sería otra arma con la que explotar a su hermana menor y continuaría aumentando la división entre las mujeres de los dos campos sociales opuestos. Sus intereses se verían más claramente en conflicto, sus aspiraciones más evidentemente en contradicción.

¿Dónde, entonces, está la “cuestión femenina” general? ¿Dónde está la unidad de tareas y aspiraciones acerca de las cuales las feministas tienen tanto que decir? Una mirada fría a la realidad muestra que esa unidad no existe y no puede existir. En vano, las feministas tratan de convencerse a sí mismas de que la “cuestión femenina” no tiene nada que ver con aquella del partido político y que “su solución sólo es posible con la participación de todos los partidos y de todas las mujeres”. Como ha dicho una de las feministas radicales de Alemania, la lógica de los hechos nos obliga a rechazar esta ilusión reconfortante de las feministas…

Las condiciones y las formas de producción han subyugado a las mujeres durante toda la historia de la humanidad, y las han relegado gradualmente a la posición de opresión y dependencia en la que la mayoría de ellas ha permanecido hasta ahora.

Sería necesario un cataclismo colosal de toda la estructura social y económica antes de que las mujeres pudieran comenzar a recuperar la importancia y la independencia que han perdido. Las inanimadas pero todopoderosas condiciones de producción han resuelto los problemas que en un tiempo parecieron demasiado difíciles para los pensadores más destacados. Las mismas fuerzas que durante miles de años esclavizaron a las mujeres ahora, en una etapa posterior de desarrollo, las está conduciendo por el camino hacia la libertad y la independencia…

La cuestión de la mujer adquirió importancia para las mujeres de las clases burguesas aproximadamente en la mitad del siglo XIX: un tiempo considerable después de que la mujer proletaria hubiera llegado al campo del trabajo. Bajo el impacto de los monstruosos éxitos del capitalismo, las clases medias de la población fueron golpeadas por olas de necesidad. Los cambios económicos hicieron que la situación financiera de la pequeña y mediana burguesía se volviera inestable, y que las mujeres burguesas se enfrentaran a un dilema de proporciones alarmantes, o bien aceptar la pobreza o conseguir el derecho al trabajo. Las esposas y las hijas de estos grupos sociales comenzaron a golpear a las puertas de las universidades, los salones de arte, las casas editoriales, las oficinas, inundando las profesiones que estaban abiertas para ellas. El deseo de las mujeres burguesas de conseguir el acceso a la ciencia y los mayores beneficios de la cultura no fue el resultado de una necesidad repentina, madura, sino que provino de esa misma cuestión del “pan de cada día”.

Las mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los hombres profesionales, apegados a sus “pequeños y cómodos puestos de trabajo”, y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta lucha dio lugar al “feminismo”: el intento de las mujeres burguesas de permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí mismas con orgullo como la “vanguardia del movimiento de las mujeres”. Se olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica, como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.

Entonces, ¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que las feministas se enorgullecen tanto…

Nos resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia de la lucha del proletariado por su liberación.

¿Qué fuerza a los propietarios de las fábricas a aumentar el precio del trabajo, a reducir horas e introducir mejores condiciones de trabajo, si no el temor a una grave explosión de insatisfacción del proletariado? ¿Qué, si no el miedo a los “conflictos laborales”, persuade al gobierno de establecer una legislación para limitar la explotación del trabajo por el capital?…

No hay un solo partido en el mundo que haya asumido la defensa de las mujeres como lo ha hecho la socialdemocracia. La mujer trabajadora es ante todo un miembro de la clase trabajadora, y cuanto más satisfactoria sea la posición y el bienestar general de cada miembro de la familia proletaria, mayor será el beneficio a largo plazo para el conjunto de la clase trabajadora…

En vista a las crecientes dificultades sociales, la devota luchadora por la causa debe pararse en triste desconcierto. Ella no puede si no ver lo poco que el movimiento general de las mujeres ha hecho por las mujeres proletarias, lo incapaz que es de mejorar las condiciones laborales y de vida de la clase trabajadora. El futuro de la humanidad debe parecer gris, apagado e incierto a aquellas mujeres que están luchando por la igualdad pero que aun no han adoptado la perspectiva mundial del proletariado o no han desarrollado una fe firme en la llegada de un sistema social más perfecto. Mientras el mundo capitalista actual permanezca inalterado, la liberación debe parecerles incompleta e imparcial. Que desesperación deben abrazar las más pensativas y sensibles de estas mujeres. Sólo la clase obrera es capaz de mantener la moral en el mundo moderno con sus relaciones sociales distorsionadas. Con paso firme y acompasado avanza firmemente hacia su objetivo. Atrae a las mujeres trabajadoras a sus filas. La mujer proletaria inicia valientemente el espinoso camino del trabajo asalariado. Sus piernas flaquean, su cuerpo se desgarra. Hay peligrosos precipicios a lo largo del camino, y los crueles predadores están acechando.

Pero sólo tomando este camino la mujer es capaz de lograr ese lejano pero atractivo objetivo: su verdadera liberación en un nuevo mundo del trabajo. Durante este difícil paso hacia el brillante futuro la mujer trabajadora, hasta hace poco una humillada, oprimida esclava sin derechos, aprende a desprenderse de la mentalidad de esclava a la que se ha aferrado, paso a paso se transforma a sí misma en una trabajadora independiente, una personalidad independiente, libre en el amor. Es ella, luchando en las filas del proletariado, quien consigue para las mujeres el derecho a trabajar, es ella, la “hermana menor”, quien prepara el terreno para la mujer “libre” e “igual” del futuro.

¿Por qué razón, entonces, debe la mujer trabajadora buscar una unión con las feministas burguesas? ¿Quién, en realidad, se beneficiaría en el caso de tal alianza? Ciertamente no la mujer trabajadora. Ella es su propia salvadora, su futuro está en sus propias manos. La mujer trabajadora protege sus intereses de clase y no se deja engañar por los grandes discursos sobre el “mundo que comparten todas las mujeres”. La mujer trabajadora no debe olvidar y no olvida que si bien el objetivo de las mujeres burguesas es asegurar su propio bienestar en el marco de una sociedad antagónica a nosotras, nuestro objetivo es construir, en el lugar del mundo viejo, obsoleto, un brillante templo de trabajo universal, solidaridad fraternal y alegre libertad…

El matrimonio y el problema de la familia
Dirijamos la atención a otro aspecto de la cuestión femenina, el problema de la familia. Es bien conocida la importancia que tiene para la auténtica emancipación de la mujer la solución de este problema ardiente y complejo. La aspiración de las mujeres a la igualdad de derechos no puede verse plenamente satisfecha mediante la lucha por la emancipación política, la obtención de un doctorado u otros títulos académicos, o un salario igual ante el mismo trabajo. Para llegar a ser verdaderamente libre, la mujer debe desprenderse de las cadenas que le arroja encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia. Para la mujer, la solución del problema familiar no es menos importante que la conquista de la igualdad política y el establecimiento de su plena independencia económica.

Las formas actuales, establecidas por la ley y la costumbre, de la estructura familiar hacen que la mujer esté oprimida no sólo como persona sino también como esposa y como madre. En la mayor parte de los países civilizados, el código civil coloca a la mujer en una situación de mayor o menor dependencia del hombre, y concede al marido, además del derecho de disponer de los bienes de su mujer, el de reinar sobre ella moral y físicamente…

Y allí donde acaba la esclavitud familiar oficial, legalizada, empieza la llamada “opinión pública” a ejercer sus derechos sobre la mujer. Esta opinión pública es creada y mantenida por la burguesía con el fin de proteger la “institución sagrada de la propiedad”. Sirve para reafirmar una hipócrita “doble moral”. La sociedad burguesa encierra a la mujer en un intolerable cepo económico, pagándole un salario ridículo por su trabajo. La mujer se ve privada del derecho que posee todo ciudadano de alzar su voz para defender sus intereses pisoteados, y tiene la inmensa bondad de ofrecerle esta alternativa: o bien el yugo conyugal, o bien las asfixias de la prostitución, abiertamente menospreciada y condenada, pero secretamente apoyada y sostenida.

¿Será preciso insistir acerca de los sombríos aspectos de la vida conyugal de hoy, acerca de los sufrimientos de la mujer que se ligan estrechamente a las actuales estructuras familiares. Ya se ha escrito y se ha dicho mucho sobre este tema. La literatura está llena de negros cuadros que pintan nuestro desorden conyugal y familiar. En este campo, ¡cuántas tragedias psicológicas, cuántas vidas mutiladas, cuántas existencias envenenadas! Por ahora, sólo nos importa resaltar que la estructura actual de la familia oprime a las mujeres de todas las clases y condiciones sociales. Las costumbres y las tradiciones persiguen a la madre soltera de idéntico modo, cualquiera que sea el sector de la población a la que pertenezca, las leyes colocan bajo la tutela del marido tanto a la burguesa como a la proletaria y a la campesina.

¿No hemos descubierto por fin ese aspecto de la cuestión femenina sobre el cual las mujeres de todas las clases pueden unirse? ¿No pueden luchar conjuntamente contra las condiciones que las oprimen? ¿Acaso los sufrimientos comunes, el dolor común borran el abismo del antagonismo de clases y crean una comunidad de aspiraciones y de tareas para las mujeres de diferentes planos? ¿Acaso es realizable, en cuanto a los deseos y objetivos comunes, una colaboración de burguesas y proletarias? Después de todo, las feministas luchan a la vez por conseguir formas más libres de matrimonio y por el “derecho a la maternidad”, levantan su voz en defensa de la prostituta a la que todo el mundo acosa. Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la “igualdad moral” entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de millones de proletarias que allanan la senda a la “mujer nueva”, en la lucha por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las feministas?

Aquí en Rusia, las mujeres de la mediana burguesía —es decir, este ejército de mujeres que, poseedoras de una situación independiente, se encontraron de golpe, en la década de 1860, arrojadas al mercado de trabajo— han resuelto en la práctica, a título individual, multitud de aspectos embarazosos de la cuestión matrimonial, saltando valientemente por encima del matrimonio religioso tradicional y reemplazando la forma consolidada de la familia por una unión fácil de romper, que se corresponde mejor con las necesidades de esa capa intelectual, móvil, de la población. Pero las soluciones individuales, subjetivas, de esta cuestión no cambian la situación y no mitigan el triste panorama general de la vida familiar. Si alguna fuerza está destruyendo la forma actual de familia, no es el titánico esfuerzo de los individuos más o menos fuertes por separado, sino las fuerzas inanimadas y poderosas de la producción, que están intransigentemente construyendo vida, sobre nuevos cimientos…

La heroica lucha de las jóvenes mujeres individuales del mundo burgués, que arrojan el guante y demandan de la sociedad el derecho a “atreverse a amar” sin órdenes ni cadenas, debe servir como ejemplo a todas las mujeres que languidecen bajo el peso de las cadenas familiares: esto es lo que predican las feministas extranjeras más emancipadas y también nuestras modernas defensoras de la igualdad aquí. En otros términos, según el espíritu que anima a las feministas, la cuestión del matrimonio se resolverá independientemente de las condiciones ambientales, independientemente de un cambio en la estructura económica de la sociedad, sencillamente merced a los esfuerzos heroicos individuales y aislados. Basta con que la mujer “se atreva”, y el problema del matrimonio caerá por su propia inercia.

Pero las mujeres menos heroicas mueven la cabeza con aire dubitativo: “está todo muy bien para las heroínas de las novelas que un previsor autor ha dotado de una cómoda renta, así como de amigos desinteresados y de un extraordinario encanto. Pero, ¿qué pueden hacer quienes carecen de rentas, de salario suficiente, de amigos, de atractivo extraordinario?” Y, en cuanto al problema de la maternidad, que se alza ante la ansiosa mirada de la mujer sedienta de libertad, ¿qué hay? El “amor libre”, ¿es posible, realizable no como hecho aislado y excepcional, sino como hecho normal en la estructura económica de la sociedad de hoy, es decir, como norma imperante y reconocida por todos? ¿Puede ser ignorado el elemento que determina la actual forma del matrimonio y de la familia, la propiedad privada? ¿Se puede, en este mundo individualista, abolir por entero la reglamentación del matrimonio sin que padezcan por ello los intereses de la mujer? ¿Puede abolirse la única garantía que posee de que no todo el peso de la maternidad caerá sobre ella? En caso de llevar a efecto tal abolición, ¿no ocurriría con la mujer lo que ha ocurrido con los obreros? La supresión de las trabas causadas por los reglamentos corporativos, sin que nuevas obligaciones hayan sido instituidas para los patronos, ha dejado a los obreros a merced del poder incontrolado capitalista, y la seductora consigna de “libre asociación del capital y del trabajo” se ha trocado en una forma desvergonzada de explotación del trabajo a manos del capital. El “amor libre”, introducido sistemáticamente en la sociedad de clases actual, en lugar de liberar a la mujer de las penurias de la vida familiar, ¿no la lastrará seguramente con una nueva carga: la tarea de cuidar, sola y sin ayuda, de sus hijos?

Únicamente una serie de reformas radicales en el ámbito de las relaciones sociales, reformas mediante las cuales las obligaciones de la familia recaerían sobre la sociedad y el Estado, crearía la situación favorable para que el principio del “amor libre” pudiera en cierta medida realizarse. Pero, ¿podemos contar seriamente con que el Estado clasista actual, por muy democrática que sea su forma, esté dispuesto a asumir todas las obligaciones referentes a la madre y, a la joven generación, es decir, aquellas obligaciones que atañen de momento a la familia en cuanto célula individualista? Tan sólo una transformación radical de las relaciones productivas puede crear las condiciones sociales indispensables para proteger a la mujer de los aspectos negativos derivados de la elástica fórmula del “amor libre”. ¿Realmente no vemos qué confusión y qué desórdenes de las costumbres sexuales se esconden, en las actuales circunstancias, a menudo en semejante fórmula? Observad a todos esos señores, empresarios y administradores de sociedades industriales: ¿no se aprovechan frecuentemente a su manera del “amor libre” al obligar a obreras, empleadas y criadas a someterse a sus caprichos sexuales, bajo la amenaza de despido? Esos patronos que envilecen a su doncella y después la ponen en la calle cuando ha quedado embarazada, ¿acaso no están aplicando ya la fórmula del “amor libre”?

“Pero no estamos hablando de ese tipo de “libertad”, objetan las defensoras de la unión libre. Por el contrario, exigimos la instauración de una “moral única”, igualmente obligatoria para el hombre y la mujer. Nos oponemos al desorden de las costumbres sexuales de hoy, proclamamos que sólo es pura una unión libre fundamentada sobre un amor verdadero”. Pero, ¿no pensáis, queridas amigas, que vuestro ideal de “unión libre “, llevado a la práctica en la situación económica y social actual, corre el riesgo de dar resultados que difieren muy poco de la forma distorsionada de la libertad sexual? El principio del “amor libre” no podrá entrar en vigor sin traer nuevos sufrimientos a la mujer más que cuando ella se haya librado de las cadenas materiales que hoy la hacen doblemente dependiente: del capital y de su marido. El acceso de las mujeres a un trabajo independiente y a la autonomía económica ha hecho aparecer una cierta posibilidad de “amor libre”, sobre todo para las intelectuales que ejercen las profesiones mejor retribuidas. Pero la dependencia de la mujer con respecto al capital sigue ahí, e incluso se agrava a medida que crece el número de mujeres de proletarios empujadas a vender su fuerza de trabajo. La consigna del “amor libre” ¿puede mejorar la triste suerte de estas mujeres que ganan justo lo mínimo para no morir de hambre? Y, además, el amor libre ¿no se practica ya ampliamente en la clase obrera, hasta tal punto que más de una vez la burguesía ha elevado la voz de alarma y ha denunciado la «depravación» y la «inmoralidad» del proletariado? Cabe señalar que cuando las feministas hablan con entusiasmo de nuevas formas de unión extramatrimoniales para las burguesas emancipadas, les dan el bonito nombre de “amor libre”. Pero cuando se trata de la clase obrera, esas mismas uniones extramatrimoniales son vituperadas con el término despectivo de “relaciones sexuales desordenadas”. Es bastante característico.

No obstante, para la proletaria, habida cuenta de las condiciones actuales, las consecuencias de la vida en común, ya sea ésta de origen libre o consagrada por la Iglesia, siguen siendo siempre igual de penosas. Para la esposa y la madre proletarias, la clave del problema conyugal y familiar no reside en sus formas exteriores, rituales o civiles, sino en las condiciones económicas y sociales que determinan esas complejas relaciones familiares a las que debe hacer frente la mujer de clase obrera. Por supuesto, también para ella es importante conocer si su marido puede disponer del salario que ella ha ganado, si como marido posee el derecho de obligarla a vivir con él aun en contra de su voluntad, si le puede quitar a los hijos por la fuerza, etc. Pero no son tales párrafos del código civil los que determinan la situación real de la mujer en la familia, y tampoco se resolverá en ellos el difícil problema familiar. Sea legalizada la unión ante notario, consagrada por la Iglesia o fundamentada en el principio de libre consentimiento, la cuestión del matrimonio llegaría a perder su relevancia para la mayoría de las mujeres si —y únicamente si tal ocurre— la sociedad les descargara de las mezquinas preocupaciones caseras, inevitables hoy en este sistema de economías domésticas individuales y dispersas. Es decir, si la sociedad asumiera el cuidado de la generación más joven, si estuviese capacitada para proteger la maternidad y dar una madre a cada niño, al menos durante los primeros meses.

Las feministas luchan contra un fetiche: el matrimonio legalizado y consagrado por la Iglesia. Las mujeres proletarias, por el contrario, arriman el hombro contra las causas que han ocasionado la forma actual del matrimonio y de la familia, y cuando se esfuerzan en cambiar estas condiciones de vida, saben que también están ayudando, por ende, a reformar las relaciones entre los sexos. Ahí es donde estriba la principal diferencia entre el enfoque de la burguesía y el del proletariado al abordar el complejo problema familiar.

Al creer ingenuamente en la posibilidad de crear nuevas formas de relaciones conyugales y familiares sobre el sombrío telón de fondo de la sociedad de clases contemporánea, las feministas y los reformadores sociales pertenecientes a la burguesía buscan penosamente tales formas nuevas. Y, puesto que la vida misma aún no las ha suscitado, precisan inventarlas a toda costa. Deberían ser, a su juicio, formas modernas de relaciones sexuales que sean capaces de resolver el complejo problema de la familia bajo el sistema social actual. Y los ideólogos del mundo burgués —periodistas, escritores, y destacadas mujeres que luchan por la emancipación— proponen, cada cual por su lado, su “panacea familiar”, su nueva “fórmula de matrimonio”.

¡Qué utópicas suenan estas fórmulas de matrimonio! ¡Qué débiles estos paliativos, cuando se considera a la luz de la penosa realidad de nuestra estructura moderna de familia! ¡La “unión libre”, el “amor libre”! Para que tales fórmulas puedan nacer, es preciso proceder a una reforma radical de todas las relaciones sociales entre las personas. Aún más, es preciso que las normas de la moral sexual, y con ellas toda la psicología humana, sufran una profunda evolución, una evolución fundamental. ¿Acaso la psicología humana actual está realmente dispuesta a admitir el principio del “amor libre”? ¿Y los celos, que consumen incluso a las mejores almas humanas? ¿Y ese sentimiento, tan hondamente enraizado, del derecho de propiedad no sólo sobre el cuerpo, sino también sobre el alma del compañero? ¿Y la incapacidad de inclinarse con simpatía ante una manifestación de la individualidad de la otra persona, la costumbre bien de “dominar” al ser amado o bien de hacerse su “esclavo”? ¿Y ese sentimiento amargo, mortalmente amargo, de abandono y de infinita soledad que se apodera de uno cuando el ser amado ya no nos quiere y nos deja? ¿Dónde puede encontrar consuelo la persona solitaria, individualista? La “colectividad”, en el mejor de los casos, es “un objetivo” hacia el cual dirigir las fuerzas morales e intelectuales. Pero, ¿es capaz la persona de hoy de comulgar con esa colectividad hasta el punto de sentir las influencias de interacción mutuamente? ¿La vida colectiva puede por sí sola sustituir las pequeñas alegrías personales del individuo? Sin un alma que esté cerca, una “única” alma gemela, incluso un socialista, incluso un colectivista está infinitamente solo en nuestro mundo hostil, y únicamente en la clase obrera podemos vislumbrar el pálido resplandor que anuncia nuevas relaciones, más armoniosas y de espíritu más social, entre las personas. El problema de la familia es tan complejo, embrollado y múltiple como la vida misma, y no será nuestro sistema social quien permita resolverlo.

Otras fórmulas de matrimonio se han propuesto. Varias mujeres progresistas y pensadores sociales consideran la unión matrimonial sólo como un método de producir descendencia. El matrimonio en sí mismo, sostienen, no tiene ningún valor especial para la mujer: la maternidad es su propósito, su objetivo sagrado, su misión en la vida. Gracias a tales inspiradas defensoras como Ruth Bray y Ellen Key, el ideal burgués que reconoce a la mujer como hembra antes que como persona ha adquirido una aureola especial de progresismo. La literatura extranjera ha aceptado con entusiasmo el lema propuesto por estas mujeres modernas. E incluso aquí, en Rusia, en el período anterior a la tormenta política (de 1905), antes de que los valores sociales fueron objeto de revisión, la cuestión de la maternidad había atraído la atención de la prensa diaria. El lema “el derecho a la maternidad” no puede evitar producir una viva respuesta en los círculos más amplios de la población femenina. Así, a pesar del hecho de que todas las propuestas de las feministas en este contexto fueran de índole utópico, el problema era demasiado importante y de actualidad como para no atraer a las mujeres.

El “derecho a la maternidad” es el tipo de cuestión que afecta no sólo a las mujeres de la clase burguesa, sino también, en mayor medida aún, a las mujeres proletarias. El derecho a ser madre -estas son bellas palabras que van directamente al “corazón de cualquier mujer” y que hacen que le lata más rápido. El derecho a alimentar al “propio” hijo con su leche, y asistir a las primeras señales del despertar de su conciencia, el derecho a cuidar su diminuto cuerpo y a proteger su delicada alma tierna de las espinas y los sufrimientos de los primeros pasos en la vida: ¿Qué madre no apoyaría estas demandas?

Parece que nos hemos topado de nuevo con un problema que podría servir como un momento de unidad entre mujeres de diferentes estratos sociales: podría parecer que hemos encontrado, por fin, el puente de unión entre las mujeres de los dos mundos hostiles. Echemos un vistazo más minucioso, para descubrir lo que las mujeres burguesas progresistas entienden como “el derecho a la maternidad”. Entonces podremos ver si las mujeres proletarias, de hecho, pueden estar de acuerdo con las soluciones al problema de la maternidad previstas por las igualitaristas burguesas. A los ojos de sus entusiastas apologistas, la maternidad tiene un carácter casi sagrado. Luchando por romper los falsos prejuicios que marcan a una mujer por dedicarse a una actividad natural —el dar a luz a un hijo— porque la actividad no ha sido santificada por la ley, las luchadoras por el derecho a la maternidad han doblado el palo en la otra dirección: para ellas, la maternidad se ha convertido en el objetivo de la vida de una mujer…

La devoción de Ellen Key por las obligaciones de la maternidad y la familia le obliga a ofrecer una garantía de que la unidad familiar aislada seguirá existiendo incluso en una sociedad transformada en términos socialistas. El único cambio, tal y como ella lo ve, será que todos los elementos accesorios que supongan una ventaja o un beneficio material serán excluidos de la unión matrimonial, que se celebrará conforme a las inclinaciones mutuas, sin ceremonias ni formalidades: el amor y el matrimonio serán verdaderamente equivalentes. Sin embargo, la célula familiar aislada es el resultado del mundo individualista moderno, con su lucha por la supervivencia, sus presiones, su soledad, la familia es un producto del monstruoso sistema capitalista. ¡Y Key espera legarle la familia a la sociedad socialista! La sangre y los lazos de parentesco en la actualidad sirven a menudo, es cierto, como el único sostén en la vida, como el único refugio en tiempos de penuria y desgracia. ¿Pero será moral o socialmente necesaria en el futuro? Key no responde a esta pregunta. Ella tiene demasiado en consideración a la “familia ideal”, esta unidad egoísta de la burguesía media a la que los devotos de la estructura burguesa de la sociedad miran con tal admiración.

Pero la talentosa aunque imprevisible Ellen Key no es la única que pierde el norte en las contradicciones sociales. Probablemente no haya otra cuestión como la del matrimonio y la familia sobre la que haya tan poco de acuerdo entre los socialistas. Si organizásemos una encuesta entre los socialistas, los resultados probablemente serían muy curiosos. ¿Se marchita la familia? ¿O hay motivos para creer que los problemas de la familia en la actualidad son sólo una crisis transitoria? ¿Se conservaría la forma actual de la familia en la futura sociedad, o será enterrada junto con el sistema capitalista moderno? Estas son preguntas que bien podrían recibir respuestas muy diferentes…

El paso de la función educativa desde la familia a la sociedad hará desaparecer los últimos lazos que mantenían unida la célula familiar aislada. La vieja familia burguesa empezará a desintegrarse aún más rápidamente y, en la atmósfera de cambio, veremos dibujarse con una nitidez cada vez mayor las siluetas todavía indefinidas de las futuras relaciones conyugales. ¿Qué siluetas confusas son esas, aún sumergidas en las brumas de las influencias actuales?

¿Hace falta repetir que la forma opresiva actual del matrimonio dejará sitio a la unión libre de individuos que se aman? El ideal del amor libre, que se presenta a la hambrienta imaginación de las mujeres que luchan por su emancipación, se corresponde sin duda hasta cierto punto con la pauta de relaciones entre los sexos que instaurará la sociedad colectivista. Sin embargo, las influencias sociales son tan complejas y sus interacciones tan diversas, que ahora mismo es imposible imaginar con precisión cómo serán las relaciones del futuro, cuando se haya cambiado todo el sistema radicalmente. Pero la lenta evolución de las relaciones entre los sexos que tiene lugar ante nuestros ojos atestigua claramente que el ritual del matrimonio y la familia cerrada y constrictiva están abocados a la desaparición.

La lucha por los derechos políticos
Las feministas responden a nuestras críticas diciendo: incluso si os parecen equivocados los argumentos que están detrás de nuestra defensa de los derechos políticos de las mujeres, ¿puede rebajarse la importancia de la demanda en sí, que es igual de urgente para las feministas y para las representantes de la clase trabajadora? ¿No pueden las mujeres de ambos bandos sociales, por el bien de sus aspiraciones políticas comunes, superar las barreras del antagonismo de clase que las separan? ¿No serán capaces seguramente de librar una lucha común contra las fuerzas hostiles que los las rodean? La división entre la burguesía y el proletariado es tan inevitable como otras cuestiones que nos atañen, pero en el caso de este asunto particular las feministas creen que las mujeres de las distintas clases sociales no tienen diferencias.

Las feministas continúan volviendo a estos argumentos con amargura y desconcierto, viendo nociones preconcebidas de lealtad partidista en la negativa de las representantes de la clase trabajadora a unir sus fuerzas con ellas en la lucha por los derechos políticos de las mujeres. ¿Es realmente éste el caso? ¿Existe una identificación total de las aspiraciones políticas o, en este caso, al igual que en todos los demás, el antagonismo la creación de un ejército de mujeres indivisible, por encima de las clases? Tenemos que responder a esta cuestión antes de que podamos definir las tácticas que las mujeres proletarias utilizarán para obtener derechos políticos para su sexo.

Las feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas incluso dicen estar a favor del socialismo —en un futuro lejano, por supuesto— pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad, que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan cómodamente familiar.

Por mucho que las feministas burguesas traten de reprimir el verdadero objetivo de sus deseos políticos, por mucho que aseguren a sus hermanas menores que la participación en la vida política promete beneficios inconmensurables para las mujeres de clase trabajadora, el espíritu burgués que impregna todo el movimiento feminista da un colorido de clase incluso a la demanda de igualdad de derechos políticos con los hombres, que podría parecer una demanda general de las mujeres. Diferentes objetivos e interpretaciones de cómo deben usarse los derechos políticos crea un abismo insalvable entre las mujeres burguesas y las proletarias. Esto no contradice el hecho de que las tareas inmediatas de los dos grupos de mujeres coincidan en cierta medida, puesto que los representantes de todas las clases que han accedido al poder político se esfuerzan sobre todo en lograr una revisión del Código Civil, que en cada país, en mayor o menor medida, discrimina a las mujeres. Las mujeres presionan por conseguir cambios legales que creen condiciones laborales más favorables para ellas, se mantienen unidas contra las regulaciones que legalizan la prostitución, etc. Sin embargo, la coincidencia de estas tareas inmediatas es de carácter puramente formal. Así, el interés de clase determina que la actitud de los dos grupos hacia estas reformas sea profundamente contradictoria…

El instinto de clase —digan lo que digan las feministas— siempre demuestra ser más poderoso que el noble entusiasmo de las políticas “por encima de las clases”. En tanto que las mujeres burguesas y sus “hermanas menores” son iguales en su desigualdad, las primeras pueden, con total sinceridad, hacer grandes esfuerzos en defender los intereses generales de las mujeres. Pero, una vez que se hayan superado estas barreras y las mujeres burguesas hayan accedido a la actividad política, las actuales defensoras de los “derechos de todas las mujeres” se convertirán en defensoras entusiastas de los privilegios de su clase, se contentarán con dejar a las hermanas menores sin ningún derecho. Así, cuando las feministas hablan con las mujeres trabajadoras acerca de la necesidad de una lucha común para conseguir algún principio “general de las mujeres”, las mujeres de la clase trabajadora están naturalmente recelosas.

Publicado por vez primera en 1907.

La Mujer en el Futuro

Augusto Bebel

Este capítulo puede ser muy corto. No contiene más que las conclusiones que se desprenden de lo antedicho acerca de la situación de la mujer en la futura sociedad, conclu­siones que cada lector puede sacar por su cuenta.

En la nueva sociedad, la mujer será completamente in­dependiente en el aspecto económico y social, no conocerá ni sombra de dominación y explotación. Será libre, igual al hombre y señora de sus destinos. Se educará igual que el hombre, salvo los casos en que la diferencia de sexo es ineludible. Viviendo en condiciones naturales, ella podrá desarrollar sus fuerzas físicas e intelectuales con arreglo a sus necesidades; tendrá toda la libertad para elegir la esfera de actividad que corresponda mejor a sus deseos, inclinaciones y dotes y trabajará en condiciones de igual­dad al hombre. Una parte del día, la obrera se ocupa en alguna esfera práctica, otra parte se dedica a la educa­ción, a la instrucción de los jóvenes o al cuidado de los enfermos, la tercera parte la emplea en problemas del arte y la ciencia y, finalmente, en el resto del tiempo cum­ple alguna función administrativa. Se dedica a la ciencia, trabaja, descansa y se divierte en compañía de otras muje­res o de hombres, según le parezca y cuando se le presente la oportunidad.

Al igual que el hombre, gozará de plena libertad en la elección de su querido. Lo elige o es elegida y sólo contrae matrimonio si éste responde a sus inclinaciones. Esta unión será, como antes de la Edad Media, un contrato privado, sin la intervención de autoridades. Aquí, el socialismo no crea nada nuevo, lo único que hace es poner a un nivel cultural superior y en nuevas formas sociales lo que era regla general mientras no se impuso en la so­ciedad el reino de la propiedad privada.

Siempre que la satisfacción de sus necesidades no cause daño a los demás, el hombre debe disponer de sí. La satis­facción del instinto sexual es una cosa tan personal de cada individuo como la satisfacción de cualquier otra necesidad natural. Nadie debe rendir cuentas de eso a otros y nadie debe inmiscuirse en ello sin ser llamado. Mis relaciones con personas de otro sexo, mi modo de comer, de beber, de vestir y de dormir son cosas personales mías. La inte­ligencia, la instrucción y la completa independencia del individuo son propiedades que, en virtud de la educación y las condiciones de la futura sociedad, serán naturales y protegerán a cada cual contra actos improcedentes. Los hombres y las mujeres de la futura sociedad poseerán un grado mucho más alto de desarrollo y de conocimiento de sí mismos que lo poseen hoy. Ya el solo hecho de que desa­parecerán toda falsa vergüenza y todo miedo ridículo de hablar de las cuestiones sexuales, como de algo misterioso, hará mucho más naturales las relaciones entre los sexos. Si entre dos personas que han contraído matrimonio sur­ge indiferencia o antipatía, es moral deshacer esta unión, que se ha vuelto antinatural y, por ende, amoral. Al des­cartarse todas las circunstancias que condenan actualmente a numerosas mujeres al celibato o a la prostitución, los hombres no podrán más hacer valer su predominio. Por otra parte, los cambios cardinales ocurridos en las condi­ciones sociales suprimirán muchos obstáculos y causas de desorganización que influyen hoy en la vida conyugal y que la hacen absolutamente imposible e impiden su pros­peridad.

Los obstáculos, las contradicciones y el carácter anti­natural de la situación actual de la mujer son conocidos de todos y hallan su expresión en la literatura social, lo mismo que en las novelas, las más de las veces en forma desafortu­nada. Ninguna persona inteligente negará que el matri­monio actual responde cada vez menos a su finalidad, por cuya razón no tiene nada de extraño que, incluso aquellos que no se muestran consecuentes en su afán de modificar nuestro régimen social, estimen perfectamente justo que la elección del amor sea libre, al igual que el divorcio: estas gentes opinan que sólo las clases privile­giadas deben ser libres en las relaciones sexuales. Veamos lo que dice, por ejemplo, Matilda Reichardt-Stromberg en su polémica contra los esfuerzos hechos por la escritora Fanny Lewald para lograr la emancipación de la mujer<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->:

"Si usted (Fanny Lewald) reclama para la mujer la absoluta igualdad de derechos con el hombre en la vida social y política, George Sand tiene también necesariamen­te razón en sus reivindicaciones de emancipación, en las que no se pide más que lo que el hombre posee desde hace mucho tiempo. Y no existe ningún motivo razonable para que en esa igualdad de derechos sólo pueda participar la cabeza, y no el corazón, de la mujer, ¿por qué no ha de ser libre para tomar y dar, como el hombre? Al contrario, si la mujer, por fuerza de su naturaleza, tiene el derecho —es que no debemos enterrar nuestro talento— y el deber de llevar a la máxima tensión las fibras de su cerebro para estar en condiciones de luchar contra los gigantes intelec­tuales del otro sexo, debe también tener el derecho —lo mismo que estos últimos—, para mantener el equilibrio, de acelerar los latidos de su corazón, recurriendo a los méto­dos que le parezcan más adecuados. Cuando leemos, sin sen­tir el menor pudor, cuántas veces Goethe —para tomar un ejemplo de los más grandes— derrochó, cada vez con otra mujer, el calor de su corazón y el entusiasmo de su gran alma, cualquier persona sensata considera esto tan natural, precisamente, porque era difícil de satisfacer el gran alma de Goethe, y sólo un moralis7ta estrecho puede censurarlo. ¿Por qué, pues, se ríe usted de las "grandes almas" entre las mujeres?... Admitamos que todo el sexo femenino consta de grandes almas al estilo de las descritas por George Sand, que cualquier mujer es una Lucrezia Floriani<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->, cuyos hijos son todos hijos del amor, a los que educa tanto con cariño auténticamente maternal y devoción como con jui­cio y comprensión. ¿Qué ocurriría entonces en el mundo? No cabe la menor duda de que el mundo continuaría existiendo y progresando como hoy y, quizá, sintiéndose per­fectamente bien".

Pero, ¿por qué sólo las "grandes almas" pueden pre­tender a todo eso, y no lo pueden todas las demás, que no son "grandes"? Si a un Goethe y a una George Sand, para no referirnos más que a estos dos de los muchos que han procedido y proceden como ellos, se les permitía vivir con arreglo a las inclinaciones de su corazón, si acerca de los amores de Goethe se publican bibliotecas enteras que sus admiradores y admiradoras se tragan con devoto en­tusiasmo, ¿por qué se censura en otros lo que, hecho por Goethe o George Sand, es motivo de éxtasis y entusiasmo?

En realidad, la elección libre del amor en la sociedad burguesa no es posible, a esto va nuestra demostración, pero pongamos a todos en unas condiciones sociales de que hoy disfrutan nada más que unos cuantos elegidos en el aspecto material y espiritual y todos gozarán de igual libertad. En su Jacques, George Sand describe a un marido que tiene el siguiente criterio de la infidelidad de su mujer: "Ningún ser humano puede con el amor, y nadie tiene la culpa de sentirlo o de perderlo. Lo que envilece a una mujer es la mentira, lo que constituye el adulterio no es la hora en que se entrega a su amante, sino la noche que pasa luego con su marido". Movido por semejantes ideas, Jacques se ve forzado a ceder el lugar a su rival Borel, filosofando: "En­contrándose en mi lugar, Borel habría pegado tranquila­mente a su mujer y, luego, sin el menor reparo, la habría aceptado en sus brazos ofendida por sus golpes y por sus besos. Existen hombres que, sin pensarlo mucho, siguiendo la costumbre oriental, matan a la esposa infiel, ya que la consideran como una propiedad legítima. Otros luchan con el rival, lo matan o lo apartan y van a solicitar besos de la mujer que pretenden amar, la cual se retira con horror o se resigna desesperada. Tal es la manera común de actuar del amor conyugal, y yo digo que el amor de los cerdos es menos vil y menos bruto que el de semejantes personas"<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->. Brandes hace la siguiente observación a las frases citadas aquí: "Estas verdades que parecen elementales a nuestro mundo intelectual hubieran sonado hace 50 años como in­dignante sofistería". Pero, el "mundo poseedor e intelec­tual" hasta hoy día no se atreve a declararse abiertamente partidario de los principios de George Sand, aunque, en realidad, vive de acuerdo con ellos. Lo mismo que en la moral, es hipócrita en el matrimonio.

Lo que hacían Goethe y George Sand lo hacen hoy miles de otros que no se pueden comparar al primero ni a la segunda y, sin embargo, no pierden prestigio en absoluto en la sociedad. Basta ocupar un lugar prominente y, en­tonces, las cosas se arreglan de por sí. Pese a esto, las libertades tomadas por Goethe y George Sand se conside­ran amorales, desde el punto de vista de la moral burguesa, ya que contradicen las leyes morales promulgadas por la sociedad y chocan con la naturaleza de nuestro estado so­cial. El matrimonio forzoso es normal, la única unión "mo­ral" de los sexos, cualquier otra unión sexual es amoral. El matrimonio burgués, como hemos demostrado sin dejar lugar a dudas, se desprende de las relaciones burguesas de propiedad. Estrechamente ligado a la propiedad privada y al derecho de herencia, el matrimonio se contrae para tener "hijos legítimos" como herederos. Y bajo la presión de las condiciones sociales se impone también a aquellos que "no tienen nada que heredar"<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->, se vuelve derecho social, cuya infracción es punible por el Estado, el cual lleva a la cárcel a los hombres y las mujeres culpables de adulterio.

En la sociedad socialista no hay nada que heredar, de no tratarse de objetos de uso personal y doméstico; desde este punto de vista desaparece también la forma actual de matrimonio. Con ello se suprime el problema del derecho de herencia, que el socialismo no tendrá que suprimir si­quiera: una vez que no existe propiedad privada, tampoco existe el derecho de herencia. Así, la mujer resulta libre, y sus hijos no restringen esta libertad, lo único que pueden es aumentar su alegría de vivir. Educadoras, amigas, mu­chachas jóvenes le ayudan a la madre cuando lo necesita.

Es posible que en el porvenir haya hombres que digan, como A. Humboldt: "Yo no he sido creado para ser padre de familia, además, considero que el matrimonio es un pe­cado, y hacer hijos es un crimen". ¿Y qué? La fuerza de la necesidad natural de otros se encargará de mantener el equilibrio. No nos preocupa el odio de Humboldt al matri­monio ni el pesimismo filosófico de Schopenhauer, de Máinlánder o de von Hartmann, que admitían que la humanidad en el "Estado ideal" llegaría a la destrucción de sí misma. En este aspecto estamos de acuerdo con F. Ratzel, que escribe con toda razón: "El hombre no debe considerarse a sí mismo como una excepción de las leyes de la naturaleza; que comience, finalmente, a advertir la regularidad de sus propios actos y pensamientos y que procure llevar una vida de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Entonces llegará a ver la necesidad de organizar su convivencia con sus se­mejantes, es decir, la familia y el Estado, según los prin­cipios razonables del conocimiento que ha adquirido de la naturaleza, y no según las reglas de los siglos precedentes. La política, la moral, los principios jurídicos que todavía se nutren de diversas fuentes se plasmarán exclusivamente con arreglo a las leyes de la naturaleza. La existencia digna del ser humano, con la que se ha soñado milenios, será, fi­nalmente, una realidad<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->.

Esta época se acerca a pasos de gigante. A lo largo de los milenios, la sociedad humana ha pasado por todas las fases de desarrollo para llegar, al fin y al cabo, al punto de donde ha partido, a la propiedad comunista y a la plena igualdad y fraternidad, pero no ya sólo dentro de la gens, sino a escala de todo el género humano. Este es el gran progreso que hace. Lo que la sociedad burguesa ha procu­rado en vano, contra lo que se estrella y debe estrellarse —la instauración de la libertad, la igualdad y la fraterni­dad de todos los hombres— lo hará realidad el socialismo. La sociedad burguesa no podía más que formular la teoría; la práctica, al igual que en muchas otras cosas, contradecía sus teorías. El socialismo aunará la teoría con la práctica.

Pero, volviendo al punto de partida de su desarrollo, la humanidad lo hace a un nivel incomparablemente mayor de la civilización. La sociedad primitiva poseía la propie­dad común en la gens y en el clan, pero eso revestía la forma más tosca y se hallaba al más bajo nivel. El ca­mino de desarrollo recorrido desde entonces acabó con la propiedad común, reduciéndola a pequeños e insignifican­tes restos, fraccionó las gens y, en fin de cuentas, dividió en átomos toda la sociedad, pero en sus distintas fases elevó poderosamente las fuerzas productivas de ésta, la diversi­dad de las necesidades y creó, a partir de las tribus y las gens, las naciones y los grandes Estados, engendrando, a la vez, una situación que ha entrado en la más patente contradicción con las necesidades de la sociedad. La misión de la futura sociedad consiste en dar solución a esta con­tradicción, volviendo a convertir, sobre la más extensa base, la propiedad privada y los medios de trabajo en propiedad común.

La sociedad vuelve a tomar posesión de lo que le per­teneció en otros tiempos, lo que ella mismo ha creado y hace posible para todos, en consonancia con las condiciones de vida recién creadas, vivir a un nivel superior de la civilización, es decir, les da a todos lo que en condiciones más primiti­vas sólo podía ser privilegio de unos cuantos individuos o de determinadas clases. Ahora también la mujer vuelve a desempeñar un papel activo, como en la sociedad primi­tiva, pero ya no como señora, sino como igual al hombre.

"El fin del desarrollo del Estado se parece al comienzo de la existencia humana. Se restablece la igualdad origi­naria. La existencia basada en la maternidad abre y cierra el ciclo de las cosas humanas" dice Bachofen en su obra Das Metterrecht ("El Matriarcado"), y Morgan escribe: "Desde el advenimiento de la civilización han llegado a ser tan enorme el acrecentamiento de la riqueza, tan diversas las formas de este acrecentamiento, tan extensa su aplicación y tan hábil su administración en beneficio de los propieta­rios, que esa riqueza se ha constituido en una fuerza irre­ductible opuesta al pueblo. La inteligencia humana se ve impotente y desconcertada ante su propia creación. Pero, sin embargo, llegará un tiempo en que la razón humana será suficientemente fuerte para dominar a la riqueza, en que fijará las relaciones del Estado con la propiedad que éste protege y los límites de los derechos de los propieta­rios. Los intereses de la sociedad son absolutamente supe­riores a los intereses individuales, unos y otros deben concertarse en una relación justa y armónica. La simple caza de la riqueza no es el destino final de la humanidad, al menos si el progreso ha de ser la ley del porvenir, como lo ha sido del pasado. El tiempo transcurrido desde el adve­nimiento de la civilización no es más que una fracción ín­fima de la existencia pasada de la humanidad, una fracción ínfima de las épocas por venir. La disolución de la sociedad se yergue amenazadora ante nosotros, como el término de una carrera histórica cuya única meta es la riqueza, porque semejante carrera encierra los elementos de su propia ruina.

La democracia en la administración, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y la instrucción general, harán vislumbrar la próxima etapa superior de la sociedad a la cual tienden constantemente la experiencia, la ciencia y el entendimiento.

Será una reviviscencia de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens, pero bajo una forma su­perior"<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->.

Así, hombres de las más diversas concepciones, arran­cando de sus investigaciones científicas, sacan conclusiones idénticas. La completa emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre constituyen un objetivo de nuestro desarrollo cultural, y no hay fuerza en el mundo capaz de impedírselo. Sin embargo, la emancipación completa sólo es posible sobre la base de un viraje radical que ponga ?in a la dominación del hombre sobre el hombre y, por tanto, del capitalista sobre el obrero. Sólo entonces logrará la humanidad su más alto desarrollo. Entonces sobrevendrá el "siglo de oro" con el que los hombres han estado soñando durante milenios enteros. Se habrá acabado para siempre con la dominación de clase, y con ella habrá llegado el fin de la dominación del hombre sobre la mujer.

*El presente texto es el capitulo VIII del libro La sociedad futura, publicado por primera vez en 1879. (Nota de la Redacción).

Publicado por José Carlos Mariátegui.

Edición Extraordinaria: Día Internacional de la Mujer (Parte 3)
La Mujer y la Política

José Carlos Mariátegui

Uno de los acontecimientos sustantivos del siglo veinte es la adquisición por la mu­jer de los derechos políticos del hombre. Gradualmente hemos llegado a la igualdad política y jurídica de ambos sexos. La mu­jer ha ingresado en la política, en el parla­mento y en el gobierno. Su participación en los negocios públicos ha dejado de ser ex­cepcional y extraordinaria. En el ministerio laborista de Ramsay Mac Donald una de las carteras ha sido asignada a una mujer, Miss Margarita Bondfield, que asciende al gobier­no después de una laboriosa carrera políti­ca: ha representado a Inglaterra en las Con­ferencias Internacionales del Trabajo de Washington y Ginebra. Y Rusia ha encarga­do su representación diplomática en Norue­ga a Alexandra Kollontay, ex-comisaria del pueblo en el gobierno de los soviets.

Miss Bondfield y Mme. Kollontay son, con este motivo, dos figuras actualísimas de la escena mundial. La figura de Alexandra Kollontay, sobre todo, no tiene sólo el inte­rés contingente que le confiere la actualidad. Es una figura que desde hace algunos años atrae la atención y la curiosidad europea.

Y mientras Margarita Bondfield no es la primera mujer que ocupa un ministerio de Es­tado, Alexandra Kollontay es la primera mu­jer que ocupa la jefatura de una legación.

Alexandra Kollontay es una protagonis­ta de la Revolución Rusa. Cuando se inau­guró el régimen de los soviets tenía ya un puesto de primer rango en el bolchevismo. Los bolcheviques la elevaron, casi inmedia­tamente, a un comisariato del pueblo, el de higiene, y le dieron, en una oportunidad, una misión política en el extranjero. El ca­pitán Jacques Sadoul, en sus memorias de Rusia, emocionante crónica de las históri­cas jornadas de 1917 a 1918, la llama la Virgen Roja de la Revolución.

A la historia de la Revolución Rusa se halla, en verdad, muy conectada la historia de las conquistas del feminismo. La consti­tución de los soviets acuerda a la mujer los mismos derechos que al hombre. La mujer es en Rusia electora y elegible. Conforme a la constitución, todos los trabajadores, sin distinción de sexo, nacionalidad ni religión, gozan de iguales derechos. El Estado comu­nista no distingue ni diferencia los sexos ni las nacionalidades; divide a la sociedad en dos clases: burgueses y proletarios. Y, den­tro de la dictadura de su clase, la mujer proletaria puede ejercer cualquier función pública. En Rusia son innumerables las mu­jeres que trabajan en la administración na­cional y en las administraciones comunales. Las mujeres, además, son llamadas con fre­cuencia a formar parte de los tribunales de justicia. Varias mujeres, la Krupskaia y la Menjinskaia, por ejemplo, colaboran en la obra educacional de Lunatcharsky. Otras in­tervienen conspicuamente en la actividad del partido comunista y de la Tercera Inter­nacional, Angélica Balabanoff, verbigracia.

Los soviets estiman y estimulan gran­demente la colaboración femenina. Las ra­zones de esta política feminista son noto­rias. El comunismo encontró en las mujeres una peligrosa resistencia. La mujer rusa, lo campesina principalmente, era un elemento espontáneamente hostil a la revolución. A través de sus supersticiones religiosas, no veía en la obra de los soviets sino una obra impía, absurda y herética. Los soviets com­prendieron, desde el primer momento, la ne­cesidad de una sagaz labor de educación y adaptación revolucionaria de la mujer. Mo­vilizaron, con este objeto, a todas sus adherentes y simpatizantes, entre las cuales se contaban, como hemos visto, algunas muje­res de elevada categoría mental.

Y no sólo en Rusia el movimiento feminista aparece marcadamente solidarizado con el movimiento revolucionario. Las rei­vindicaciones feministas han hallado en to­dos los países enérgico apoyo de las izquierdas. En Italia, los socialistas han propug­nado siempre el sufragio femenino. Muchas organizadoras y agitadoras socialistas pro­ceden de las filas del sufragismo. Silvia Pankhurst, entre otras, ganada la batalla sufragista, se ha enrolado en la extrema iz­quierda del proletariado inglés.

Mas las reivindicaciones victoriosas del feminismo constituyen, realmente, el cum­plimiento de una última etapa de la revo­lución burguesa y de un último capítulo del ideario liberal. Antiguamente, las relaciones de las mujeres con la política eran relacio­nes morganáticas. Las mujeres, en la sociedad feudal, no influyeron en la marcha del Estado sino excepcional, irresponsable e indirectamente. Pero, al menos, las mujeres de sangre real podían llegar al trono. El de­recho divino de reinar podía ser heredado por hembras y varones. La Revolución Francesa, en cambio, inauguró un régimen de igualdad política para los hombres; no para las mujeres. Los Derechos del Hombre podían haberse llamado, más bien, Derechos del Varón. Con la burguesía las mujeres que­daron mucho más eliminadas de la política que con la aristocracia. La democracia bur­guesa era una democracia exclusivamente masculina. Su desarrollo tenía que resul­tar, sin embargo, intensamente favorable a la emancipación de la mujer. La civilización capitalista dio a la mujer los medios de aumentar su capacidad y mejorar su posi­ción en la vida. La habilitó, la preparó para la reivindicación y para el uso de los dere­chos políticos y civiles del hombre. Hoy, fi­nalmente, la mujer adquiere estos derechos. Este hecho, apresurado por la gestación de la revolución proletaria y socialista, es to­davía un eco de la revolución individualis­ta y jacobina. La igualdad política, antes de este hecho, no era completa, no era total. La sociedad no se dividía únicamente en clases sino en sexos. El sexo confería o negaba derechos políticos. Tal desigualdad desaparece ahora que la trayectoria histórica de la democracia arriba a su fin.

El primer efecto de la igualación polí­tica de los varones y las mujeres es la entra­da de algunas mujeres de vanguardia en la política y en el manejo de los negocios pú­blicos. Pero la trascendencia revolucionaria de este acontecimiento tiene que ser mucho más extensa. A los trovadores y los enamorados de la frivolidad femenina no les falta razón para inquietarse. El tipo de mujer, producido por un siglo de refinamiento capi­talista, está condenado a la decadencia y al tramonto. Un literato italiano, Pitigrilli, clasifica a este tipo de mujer contemporá­nea como un tipo de mamífero de lujo. Y bien, este mamífero de lujo se irá agotando poco a poco. A medida que el sistema socia­lista reemplace al sistema individualista, de­caerán el lujo y la elegancia femeninas. Paquín y el socialismo son incompatibles y enemigos. La humanidad perderá algunos mamíferos de lujo; pero ganará muchas mu­jeres. Los trajes de la mujer del futuro se­rán menos caros y suntuosos; pero la condi­ción de esa mujer será más digna. Y el eje de la vida femenina se desplazará de lo in­dividual a lo social. La moda no consistirá ya en la imitación de una Mme. Pompadour ataviada por Paquín. Consistirá, acaso, en la imitación de una Mme. Kollontay. Una mujer, en suma, costará menos, pero valdrá más.

Los literatos enemigos del feminismo te­men que la belleza y la gracia de la mujer se resientan a consecuencia de las conquis­tas feministas. Creen que la política, la uni­versidad, los tribunales de justicia, volve­rán a las mujeres unos seres poco amables y hasta antipáticos. Pero esta creencia es in­fundada. Los biógrafos de Mme. Kollontay nos cuentan que, en los dramáticos días de la revolución rusa, la ilustre rusa tuvo tiem­po y disposición espiritual para enamorar­se y casarse. La luna de miel y el ejercicio de un comisariato del pueblo no le parecie­ron absolutamente inconciliables ni antagónicos.

A la nueva educación de la mujer se le deben ya varias ventajas sensibles. La poe­sía, por ejemplo, se ha enriquecido mucho. La literatura de las mujeres tiene en estos tiempos un acento femenino que no tenía antes. En tiempos pasados la literatura de las mujeres carecía de sexo. No era gene­ralmente masculina ni femenina. Represen­taba a lo sumo un género de literatura neu­tra. Actualmente, la mujer empieza a sen­tir, a pensar y a expresarse como mujer en su literatura y en su arte. Aparece una literatura específica y esencialmente femenina. Esta literatura nos descubrirá ritmos y colo­res desconocidos. La Condesa de Noailles, Ada Negri, Juana de Ibarbourou, ¿no nos hablan a veces un lenguaje insólito, no nos revelan un mundo nuevo?

Félix del Valle tiene la traviesa y origi­nal intención de sostener en un ensayo que las mujeres están desalojando a los hom­bres de la poesía. Así como los han reempla­zado en varios trabajos, parecen próximas a reemplazarlos también en la producción poética. La poesía, en suma, comienza a ser oficio de mujeres.

Pero ésta es, en verdad, una tesis humo­rística. No es cierto que la poesía masculi­na se extinga, sino que por primera vez se escucha una poesía característicamente fe­menina. Y que ésta le hace a aquellas, tem­poralmente, una concurrencia muy venta­josa.

Publicado en Variedades el 15.03.1924.

Las Reivindicaciones Feministas

José Carlos Mariátegui

Laten en el Perú las primeras inquietu­des feministas. Existen algunas células, al­gunos núcleos de feminismo. Los propugnadores del nacionalismo a ultranza pensa­rán probablemente: he ahí otra idea exótica, otra idea forastera que se injerta en la mentalidad peruana.

Tranquilicemos un poco a esta gente aprensiva. No hay que ver en el feminismo una idea exótica, una idea extranjera. Hay que ver, simplemente, una idea humana. Una idea característica de una civilización, peculiar a una época. Y, por ende, una idea con derecho de ciudadanía en el Perú, como en cualquier otro segmento del mundo ci­vilizado.

El feminismo no ha aparecido en el Perú artificial ni arbitrariamente. Ha apare­cido como una consecuencia de las nuevas formas del trabajo intelectual y manual de la mujer. Las mujeres de real filiación fe­minista son las mujeres que trabajan, las mujeres que estudian. La idea feminista prospera entre las mujeres de oficio intelec­tual o de oficio manual: profesoras universitarias, obreras. Encuentra un ambiente propicio a su desarrollo en las aulas uni­versitarias, que atraen cada vez más a las mujeres peruanas, y en los sindicatos obre­ros, en los cuales las mujeres de las fábri­cas se enrolan y organizan con los mismos derechos y los mismos deberes que los hom­bres. Aparte de este feminismo espontáneo y orgánico, que recluta sus adherentes en­tre las diversas categorías del trabajo feme­nino, existe aquí, como en otras partes, un feminismo de diletantes un poco pedante y otro poco mundano. Las feministas de este ­rango convierten el feminismo en un simple ejercicio literario, en un mero deporte de moda.

Nadie debe sorprenderse de que todas las mujeres no se reúnan en un movimien­to feminista único. El feminismo tiene, ne­cesariamente, varios colores, diversas ten­dencias. Se puede distinguir en el feminis­mo tres tendencias fundamentales, tres colores sustantivos: feminismo burgués, femi­nismo pequeño-burgués y feminismo prole­tario. Cada uno de estos feminismos formu­la sus reivindicaciones de una manera dis­tinta. La mujer burguesa solidariza su femi­nismo con el interés de la clase conservadora. La mujer proletaria consustancia su fe­minismo con la fe de las multitudes revolu­cionarias en la sociedad futura. La lucha de clases —hecho histórico y no aserción teórica— se refleja en el plano feminista. Las mujeres, como los hombres, son reacciona­rias, centristas o revolucionarias. No pue­den, por consiguiente, combatir juntas la misma batalla. En el actual panorama hu­mano, la clase diferencia a los individuos más que el sexo.

Pero esta pluralidad del feminismo no depende de la teoría en sí misma. Depende, más bien, de sus deformaciones prácticas. El feminismo, como idea pura, es esencial­mente revolucionario. El pensamiento y la actitud de las mujeres que se sienten al mis­mo tiempo feministas y conservadoras care­cen, por tanto, de íntima coherencia. El conservantismo trabaja por mantener la organización tradicional de la sociedad. Esa organización niega a la mujer los derechos que la mujer quiere adquirir. Las feminis­tas de la burguesía aceptan todas las conse­cuencias del orden vigente, menos las que se oponen a las reivindicaciones de la mujer. Sostienen tácitamente la tesis absurda de que la sola reforma que la sociedad necesi­ta es la reforma feminista. La protesta de estas feministas contra el orden viejo es de­masiado exclusiva para ser válida.

Cierto que las raíces históricas del fe­minismo están en el espíritu liberal. La re­volución francesa contuvo los primeros gérmenes del movimiento feminista. Por prime­ra vez se planteó entonces, en términos pre­cisos, la cuestión de la emancipación de la mujer. Babeuf, el leader de la conjuración de los iguales, fue un asertor de las reivin­dicaciones feministas. Babeuf arengaba así a sus amigos: "no impongáis silencio a es­te sexo que no merece que se le desdeñe. Realzad más bien la más bella porción de vosotros mismos. Si no contáis para nada a las mujeres en vuestra república, haréis de ellas pequeñas amantes de la monarquía. Su influencia será tal que ellas la restaura­rán. Si, por el contrario, las contáis para al­go, haréis de ellas Cornelias y Lucrecias. Ellas os darán Brutos, Gracos y Scevolas". Polemizando con los anti-feministas, Babeuf hablaba de "este sexo que la tiranía de los hombres ha querido siempre anonadar, de este sexo que no ha sido inútil jamás en las revoluciones". Mas la revolución francesa no quiso acordar a las mujeres la igualdad y la libertad propugnadas por estas voces jacobinas o igualitarias. Los Derechos del Hombre, como una vez he escrito, podían haberse llamado, más bien Derechos del Va­rón. La democracia burguesa ha sido una democracia exclusivamente masculina.

Nacido de la matriz liberal, el feminis­mo no ha podido ser actuado durante el proceso capitalista. Es ahora, cuando la tra­yectoria histórica de la democracia llega a su fin, que la mujer adquiere los derechos políticos y jurídicos del varón. Y es la re­volución rusa la que ha concedido explícita y categóricamente a la mujer la igualdad y la libertad que hace más de un siglo recla­maban en vano de la revolución francesa Babeuf y los igualitarios.

Mas si la democracia burguesa no ha realizado el feminismo, ha creado involunta­riamente las condiciones y las premisas mo­rales y materiales de su realización. La ha valorizado como elemento productor, como factor económico, al hacer de su trabajo un uso cada día más extenso y más intenso. El trabajo muda radicalmente la mentalidad y el espíritu femeninos. La mujer adquiere, en virtud del trabajo, una nueva noción de sí misma. Antiguamente, la sociedad desti­naba a la mujer al matrimonio o a la barraganía. Presentemente, la destina, ante todo, al trabajo. Este hecho ha cambiado y ha ele­vado la posición de la mujer en la vida. Los que impugnan el feminismo y sus progresos con argumentos sentimentales o tradicionalistas pretenden que la mujer debe ser educada sólo para el hogar. Pero, práctica­mente, esto quiere decir que la mujer debe ser educada sólo para funciones de hembra y de madre. La defensa de la poesía del ho­gar es, en realidad, una defensa de la servi­dumbre de la mujer. En vez de ennoblecer y dignificar el rol de la mujer, lo disminuye y lo rebaja. La mujer es algo más que una madre y que una hembra, así como el hom­bre es algo más que un macho.

El tipo de mujer que produzca una ci­vilización nueva tiene que ser sustancialmente distinto del que ha formado la civilización que actualmente declina. En un artículo so­bre la mujer y la política, he examinado así algunos aspectos de este tema: "a los trova­dores y a los enamorados de la frivolidad femenina no les falta razón para inquietar­se. El tipo de mujer creado por un siglo de refinamiento capitalista está condenado a la decadencia y al tramonto. Un literato italia­no, Pitigrillo, clasifica a este tipo de mujer contemporánea como un tipo de mamífero de lujo”.

"Y bien, este mamífero de lujo se irá agotando poco a poco. A medida que el sis­tema colectivista reemplace al sistema individualista, decaerán el lujo y la elegancia fe­ministas. La humanidad perderá algunos mamíferos de lujo; pero ganará muchas mu­jeres. Los trajes de la mujer del futuro se­rán menos caros y suntuosos; pero la con­dición de esa mujer será más digna. Y el eje de la vida femenina se desplazará de lo individual a lo social. La moda no consisti­rá ya en la imitación de una moderna Mme. Pompadour ataviada por Paquín. Consisti­rá, acaso, en la imitación de una Mme. Kollontay. Una mujer, en suma, costará me­nos, pero valdrá más".

El tema es muy vasto. Este breve ar­tículo intenta únicamente constatar el carác­ter de las primeras manifestaciones del fe­minismo en el Perú y ensayar una interpre­tación muy sumaria y rápida de la fisono­mía y del espíritu del movimiento feminis­ta mundial. A este movimiento no deben ni pueden sentirse extraños ni indiferentes los hombres sensibles a las grandes emociones de la época. La cuestión femenina es una parte de la cuestión humana. El feminismo me parece, además, un tema más interesan­te e histórico que la peluca. Mientras el fe­minismo es la categoría, la peluca es la anécdota.

Publicado en Mundial el 19.11.1924.

Cambiar los Paradigmas. Mujeres Peruanas. El Otro Lado de la Historia*

Sara Beatriz Guardia

Ciudadanía y Sufragio

Resulta paradójico que el ideal de transformar la sociedad con un nuevo orden social y cultural impulsado por los filósofos de la Ilustración mantuviera a las mujeres subordinadas al hombre. Como dijera en 1673, el filósofo cartesiano Poulin de la Barre en su libro Sobre la igualdad de los sexos: "el sexo castiga a la mitad de la especie a una perpetua minoría de edad"1. Es más, pensadores de entonces coincidieron con Rousseau, uno de los ideólogos de la educación como “fuerza transformadora de la sociedad”, cuando en Emilio planteó que,

“toda la educación de las mujeres está hecha especialmente para agradar al hombre; si el hombre debe agradarle a su vez, es una necesidad menos directa, su mérito está en su potencia, agrada por el solo hecho de ser fuerte. Convengo en que no es esta ley del amor, pero es la de la naturaleza, anterior al amor mismo”2

La propuesta de Rousseau consistía en una sociedad de productores independientes donde la propiedad privada fuera considerada como un derecho individual, y como dice en El contrato social (1762), existiera “la igualdad de todos los ciudadanos en el sentido de que todos deben disfrutar de los mismos derechos”3. En el Discurso sobre los Orígenes de la Desigualdad (1755), precisa que se trata de una propiedad pequeña puesto que un derecho ilimitado propiciaba la explotación, pero como las mujeres no podían poseer propiedades productivas ni grandes ni pequeñas, integraban la sociedad civil, pero no eran miembros de pleno derecho. Es mas, Rousseau pensaba que era necesario mantenerlas en situación de dependencia porque los juicios y opiniones que vertían estaban mermados por sus “pasiones inmoderadas”, por lo que necesitaban de la protección y guía masculina para enfrentarse al reto de la política4. Lógica nada extraña en esa época. Según Macpherson “un demócrata del siglo XVIII podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a la mujer; igual que un antiguo demócrata ateniense podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a los esclavos”5.

Los profundos cambios originados durante la Revolución Industrial y la Revolución Francesa (1789), posibilitó que las mujeres impusieran la premisa que todos los seres humanos tienen los mismos derechos y obligaciones. Además, revueltas y manifestaciones en defensa de sus derechos como cuando en 1789, Luis XVI proclamó la convocatoria de los Estados Generales a fin de que la nobleza, el clero y el pueblo presenten sus reclamos, excluyendo a las mujeres. Entonces, se lanzaron a las calles y marcharon hacia Versalles. En la sublevación de 1789, como en la de mayo de 1793, las mujeres fueron, "como dirían las autoridades de la época, “las agitadoras”6.

“¿No han violado el principio de igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión a la mitad del género humano; es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de la ciudadanía?”7, se preguntaba entonces Condorcet. Pero al instaurarse la nueva república, la Asamblea rechazó su solicitud de implementar una educación en términos de igualdad para hombres y mujeres. Entre 1793 y 1794, los jacobinos cerraron clubes de mujeres prohibiendo su presencia en cualquier tipo de actividad política. El nuevo código civil napoleónico, cuya extraordinaria influencia ha llegado prácticamente a nuestros días, se encargaría de plasmar legalmente dicha «ley natural»8. Ante lo cual, Voltaire, criticaba que a pesar de que las mujeres habían demostrado ser capaces de gobernar en varias monarquías hereditarias de Europa, “el hombre siempre ha sido señor de la mujer, fundándose en esta fuerza casi todo lo del mundo”9.

Un cambio importante se produjo con el socialismo utópico10 que surgió como respuesta a la difícil situación de los trabajadores explotados. En 1830, Charles Fourier (1772-1837), vinculó la opresión económica a la opresión sexual, y sostuvo que el status de la mujer permitía medir el nivel de progreso social de una determinada sociedad y caracterizo la igualdad entre los sexos como un rasgo esencial del socialismo. En ese período, Flora Tristán propugnó la reivindicación de las mujeres desde una perspectiva feminista, política, y social en su condición de obrera11, con lo cual "se adelantó a Marx"12, señalando en su libro La Unión Obrera que “la mujer es el proletario del mismo proletario”13

Pero es Carlos Marx en los Manuscritos de 1844, quien definió la familia como la primera relación social y a la mujer como la primera propiedad del hombre. El enfoque mar­xista concluye que la emancipación del hombre y de la mujer sólo se lograra con la transformación de las estructuras socioeconómicas, y en ese sentido la liberación de la mujer forma parte de la teoría y práctica de la lucha por la emancipación de toda la sociedad. “La relación inmediata, natural, -dice Marx- del hombre con el hombre es la relación del hombre con la mujer y del carácter de era relación puede concluirse hasta qué punto el hombre se ha comprendido a sí mismo como ser genérico, como hombre. La relación del hombre con la mujer es la relación más natural del ser humano con el ser humano.

Corresponde a este período un notable ensayo titulado: Vindicaciones de los derechos de las mujeres, de Mary Wollstonecraft (1759-1797), quien contra la imagen recurrente de la mujer como un ser débil, superficial y pasivo, sostuvo que no sólo era capaz de asumir el reto político sino también el liderazgo, pero que la carencia de educación y el aislamiento doméstico habían frenado su desarrollo como ciudadanas de pleno derecho. En 1844, Elizabeth Candy Staton, Lucrecia Mott, Mary M'Clintoch, Jane Hunt y Marta Wright, celebraron la primera Convención de Mujeres, e hicieron pública una resolución llamada "Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Séneca Falls", donde exigieron igualdad de condiciones ante la ley, la religión, la educación y el trabajo.

Nació así el movimiento feminista y sufragista, "una de las manifestaciones históricas más significativas de la lucha emprendida por las mujeres para conseguir sus derechos"14, que congregó a las mujeres sin distinción de clases sociales, ideologías y credos, pero coincidentes en reclamar los derechos que les negaban. En 1882, Hubertine Auclert, socialista y defensora del sufragio femenino, fue la primera en proclamarse feminista en su revista La Citoyenne, término que fue aceptado en el primer congreso feminista realizado en Paris en mayo de 1892 por Eugénie Potonie-Pierre y sus compañeras del grupo Solidarité. A partir de lo cual, el término se fue extendiendo hasta que nació en el siglo XIX como “movimiento a través del cual la mujer proclama el derecho a la autonomía, su derecho a ser ciudadana, su derecho al trabajo, a la educación y a una plena participación política15.

Basándose en la teoría marxista, August Bebel escribió en 1879 La mujer y el socialismo, un importante libro que alcanzara a tener 53 ediciones. Para Bebel la liberación de la humanidad no era posible sin la independencia social y equiparación de los sexos. Su aporte fundamental radica en destacar la necesidad de tres factores para lograr la emancipación femenina: 1. Incorporación al trabajo productivo. 2. Activa participación social, política y presencia en la dirección y orientación de la sociedad socialista. 3. Socialización de las tareas domésticas. Es necesario aliviar el trabajo en el hogar que ha pesado durante siglos exclusivamente sobre sus hombros: Sin revolución de la vida doméstica, señaló, no podrá liberarse la mujer16.

La lucha por la igualdad de derechos en el Perú

En abril de 1930 murió José Carlos Mariátegui y el 22 de agosto, la guarnición militar de Arequipa se sublevó al mando del comandante Luis M. Sánchez Cerro, quien depuso al Presidente Leguía. Recibido apoteósicamente en Lima, un año después Sánchez Cerro fue elegido Presidente Constitucional. El nuevo mandatario, al frente del derechista Partido Unión Revolucionaria, inició su régimen en medio de una profunda crisis política que concluyó en 1933 cuando fue asesinado. El general Oscar R. Benavides, ocupó su lugar hasta 1939, como Presidente de la República.

Es en el terreno político de esos años que la presencia de las mujeres inauguró nuevos caminos. Proscrita la legalidad del Partido Comunista y del Partido Aprista, las mujeres ganaron terreno en la militancia partidaria y en la organización de comités de lucha y grupos de apoyo. Las mujeres del Partido Comunista participaron en tres frentes: sindical, partidario, y en Frente Único de Solidaridad Socorro Rojo Internacional, organismo de ayuda a los presos políticos, creado por la Central General de Trabajadores del Perú en 1931. Integrado por obreros, estudiantes e intelectuales, debió su mayor impulso a la presencia de Ángela Ramos, que desempeñó durante varios años el cargo de secretaria general y a mujeres como Adela Montesinos, Carmen Saco. Alicia del Prado, Alicia Bustamante, Celia Bustamante, Carmen Pizarro, María Argote, Pepita Pizarro, Raquel y Estela Bocangel, entre otras.

Mientras que la presencia de las mujeres en el Partido Aprista, también en la clandestinidad, se orientó a la formación de comités de lucha y grupos de apoyo. Y, aunque en el Primer Congreso Nacional las reivindicaciones femeninas merecieron el respaldo partidario, el rol de las mujeres tuvo más carácter asistencial. La familia y la madre aprista, le dieron una dimensión distinta a la participación política, no obstante que Magda Portal y Carmen Rosa Rivadeneira, intentaron organizar a la militancia femenina bajo otros causes.

Cuando el Apra volvió a la legalidad en 1933, las mujeres rescataron el rol político e ideológico de la participación femenina. A lo largo de estos años tomaron parte en diversas tareas y en el frente antifascista, generándose un conflicto interno entre las más connotadas dirigentes y Haya de la Torre, renuente a concederles un mayor espacio político. En 1948, Magda Portal renunció al Apra y al Comando de Mujeres Apristas porque las conclusiones del Segundo Congreso contenían el siguiente enunciado: Las mujeres no son miembros activos del Partido Aprista porque no son ciudadanas en ejercicio. “Me levanté y pedí la palabra - recuerda Magda Portal - Haya dio un golpe en la mesa y dijo: No hay nada en cuestión. Insistí con energía que quería hablar y él volvió a repetir lo mismo. Ante esto, me levanté con un grupo de mujeres y dije en voz alta: ¡Esto es fascismo! Después me eligieron Segunda Secretaria General de Partido, pero me quitaron la dirección del Comando de Mujeres. No volví nunca más al Partido"17. El frente femenino se desarticuló hasta que en 1950, bajo la dictadura del general Odría, el Apra volvió a la clandestinidad.

Varias mujeres fueron apresadas como Alicia del Prado, que en 1933, fue acusada de proselitismo político y de ser militante del Partido Comunista por lo que sufrió prisión durante tres años. Al salir en libertad en 1936, fundó “Acción Femenina”, organización del Partido Comunista orientada a la formación y educación política de las mujeres militantes de ese partido, con el fin de capacitarlas para acceder a cargos de dirección. Eran los años previos a la Segunda Guerra Mundial, donde la lucha contra el fascismo y la difusión de las ideas socialistas constituían aspectos centrales del pensamiento progresista. Las mujeres de varios países europeos se agruparon en el Comité Internacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo; mientras que en el Perú, “Acción Femenina”, amplió sus fronteras de trabajo convirtiéndose en un frente amplio en el que confluyeron mujeres de distinta filiación política, lo que a su vez hizo posible la constitución del Comité de Ayuda a las Víctimas de la Segunda Guerra Mundial Alas Blancas presidido por la entonces esposa del Embajador de Inglaterra.

Las tareas del Comité Alas Blancas, abarcaron la recolección de ropa y medicinas para enviarlos a los frentes de lucha. Cientos de mujeres recorrieron las calles de Lima y de otras ciudades del Perú solicitando colaboración, mientras Alicia del Prado y la presidenta de Alas Blancas visitaban las ciudades del país llamando al boicot para los productos alemanes y denunciando los crímenes del fascismo. Al finalizar la guerra, el Comité Alas Blancas se disolvió mientras que “Acción Femenina” prosiguió su labor hasta 1952, año en que la dictadura de Odría cerró su local, persiguió a sus dirigentes y apresó a Maximina Argote quien estuvo dos años en la cárcel acusada de comunista.

La derrota del fascismo produjo al término de la contienda, la polarización entre el sistema capitalista y socialista, y la debacle de las potencias coloniales hostigadas por la ola nacionalista que recorrió el continente africano y asiático. A nivel ideológico influyó la hazaña de las Fuerzas Aliadas y del Ejército Rojo en la liberación de Europa, factor decisivo de muchos acontecimientos mundiales en las conquistas democráticas y el ascenso de las organizaciones populares tras la derrota nazi. Todo lo cual influyó en la situación de la mujer, unido al hecho de que las mujeres reemplazaron la mano de obra masculina durante los años de la guerra. En Inglaterra, más del 40% de los trabajadores de la producción bélica fue femenino. Y, si antes de 1940 en las fábricas de productos químicos en Estados Unidos no había ninguna trabajadora mujer, un año más tarde en una sola compañía 470 mujeres trabajaban en tres turnos18. Esto posibilitó una mayor capacitación, y el acceso de las mujeres a profesiones hasta entonces consideradas masculinas como ingeniería, química, electricidad, medicina y arquitectura. También trajo abajo la vieja teoría de la ineficiencia de las mujeres en trabajos técnicos o científicos, y obligó a las empresas a pagar un salario más justo a las mujeres que realizaban el mismo trabajo que los hombres y con igual eficacia.

En 1945, del Congreso Femenino de París, nació la Federación Democrática de Mujeres, después la Federación Mundial de la Mujer; mientras que en América Latina, entre 1946 y 1949, se conformaron organizaciones y federaciones de mujeres en Argentina, Chile, Cuba, México, Brasil y República Dominicana; en la década del 50 en Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia, Uruguay, Ecuador y Paraguay; y posteriormente en Haití, Honduras, Perú y Panamá.

También un clima más propicio para el reconocimiento de los derechos de las mujeres, a partir del principio de la igualdad de derechos humanos de la Carta de las Naciones Unidas. En la Convención Interamericana de Mujeres, realizada en Bogotá el 30 de marzo de 1948, los gobiernos americanos representados en la Novena Conferencia Internacional Americana, señalaron que era aspiración de la comunidad americana equilibrar a hombres y mujeres en el goce y ejercicio de los derechos políticos, y acordaron “que el derecho al voto y a ser elegido para un cargo nacional no deberá negarse o restringirse por razones de sexo”.

Es en este período que la mayoría de gobiernos latinoamericanos otorgaron a las mujeres el derecho al sufragio. Aunque en algunos países hubo una presión de las mujeres como en el caso del Perú donde la Asociación Femenina Universitaria luchó por esta conquista, el voto fue otorgado con fines de utilización política de la mujer de los sectores medios. Esta conquista democrática, importante en sí, no encontró su debida expresión en un continente donde la mayor parte de analfabetos eran y son mujeres. El derecho al sufragio femenino se otorgó en Canadá: 1918; Ecuador: 1920; Brasil: 1932; Uruguay: 1932; Cuba: 1934; El Salvador: 1939 (limitado); República Dominicana: 1942; Jamaica: 1944; Guatemala: 1945 (limitado); Panamá: 1945; Trinidad Tobago: 1946; Argentina: 1947; Venezuela: 1947; Suriname: 1948; Chile: 1949; Costa Rica: 1949; Haití: 1950; Barbados: 1950; Antigua y Bermuda: 1951; Dominica: 1951; Granada: 1951; Santa Lucía: 1951; Bolivia: 1952; México: 1953; Guyana: 1953; Honduras: 1955; Nicaragua: 1955; Perú: 1955; Colombia: 1957; Paraguay: 1961; Bahamas: 1962; Bahamas: 1962; Belice: 1964.

El derecho al sufragio de las mujeres peruanas se logró el 7 de setiembre de 1955, mediante Ley Nº 12391, durante el gobierno del general Odría, que no era precisamente un demócrata. Su gobierno se caracterizó por una total ausencia de libertades políticas y una sistemática represión a sus opositores. Su objetivo no fue otro que reelegirse, para lo cual necesitaba el voto proveniente de sectores populares donde su esposa, María Delgado de Odría, había realizado un intenso trabajo con las mujeres.

En la década del 50 diversos pueblos de América Latina atravesaron un período de gran convulsión social, producto de la lucha del movimiento democrático contra regímenes militares y dictaduras civiles, que tuvo una importante repercusión en el triunfo de la Revolución Cubana. Durante esos años revistas como "Hora del Hombre", "Peruanidad", "Excélsior", "De todas partes", publicaron poemas, artículos y cuentos de varias mujeres como María Rosa Macedo de Camino, Isabel de la Fuente, Felisa Moscoso, Eva Morales, Hortensia Málaga de Cornejo, y Carlota Carvallo de Núñez.

Precisamente la revista "Hora del Hombre" que reunió a los intelectuales progresistas de esos años, y que estuvo dirigida por Jorge Falcón, contenía una sección femenina donde se daban a conocer diferentes actividades de la mujer, avances de su incorporación a nivel socio económico, e información de la participación femenina en la URSS en la reconstrucción de ciudades destruidas por la guerra. Un artículo publicado en esta revista, y escrito por una estudiante de pedagogía, da cuenta del cambio de percepción y del discurso de las mujeres a comienzos de los 50. Traza líneas que permiten vislumbrar el despegue del movimiento feminista en la década del 60 primero en Europa y Estados Unidos, y posteriormente en América Latina:

"Es indudable que vivimos en una época en la que las mujeres escalan posiciones y ocupan un lugar privilegiado dentro de distintas actividades de la vida misma. El prejuicio que circunscribía única y exclusivamente a lo doméstico el campo de acción femenina, se va desarraigando cada vez más. La línea divisoria que existiera hasta hace muy poco tiempo entre lo que se daba en llamar actividades masculinas y femeninas, ha ido desapareciendo paulatinamente, conforme la práctica ha demostrado que la mujer puede desempeñarse tan bien o mejor que el hombre en muchas de aquellas que antes le estaban completamente vedadas.
(...) La educación moderna, si es que cabe hablar de épocas tratándose de educación, va cayendo poco a poco en un desprecio a las atenciones y delicadezas que se merecen quienes usan las faldas y saben hace sentir que realmente las llevan. Me refiero a la cortesía traducida ya sea en una frase amable, en ceder un asiento en el ómnibus, en un gesto, en fin, en esa serie de pequeñas cositas que reunidas, no sólo nos hacen reparar a nosotras en que la caballerosidad todavía existe, sino que hace recordar a los caballeros, que por más que nuestras actividades puedan ir paralelas a las de ellos, biológicamente, por lo menos, permanecemos tan diferentes como siempre. Entiéndase que no me refiero a las fórmulas y reverencias de antaño, sino a algo más profundo y más a tono con la época en que vivimos. Para terminar, quisiera aclarar que si al hablar de la mujer moderna he omitido la palabra "glamour", "tea-bridge" y "rouge", ha sido porque he querido evitar en lo posible hablar de ese tipo de mujer que se empeña en pintarse los labios en forma de sandía, hablar continuamente del último modelo o de su actor favorito y cuyas únicas actividades se reducen a estar en público, a prepararse para estar en público, a recuperarse de los efectos de haber estado en público, y que, por añadidura y no sé por que extraña razón, se empeña en llamarse a sí mismas: "mujeres modernas"19.

Movimiento Femenino

En 1949, Simone de Beauvoir proclama: No se nace mujer, se llega a serlo, en su libro El segundo sexo, el ensayo feminista más importante del siglo. Todo lo que se ha escrito después en el campo de la teoría feminista ha tenido que contar con esta obra sea para continuar sus planteamientos y seguir desarrollándolos, o para criticarlos oponiéndose a ellos20. Desde la perspectiva de la filosofía existencialista analiza el origen histórico y las referencias culturales en la construcción de “un segundo sexo”, que ningún destino biológico define, “es la civilización en conjunto quien ha elaborado ese producto intermedio entre el macho castrado al que se califica como femenino”21. Un ser dependiente y con relaciones de sometimiento con el otro sexo22.

Entonces, los grupos femeninos no eran reconocidos e incluso el feminismo era mirado con desconfianza. Esto obedecía principalmente a que no hubo en el Perú ni en América Latina un feminismo de larga tradición, “con su filosofía, el liberalismo, y su encarnación económica, el capitalismo. Libertad (individual) e igualdad (como) principales ejes de su lucha”23. Por ello, a pesar de la intensa lucha de las mujeres no accedieron a una participación política hasta el último tercio del siglo XX, “según la definición que de ésta hace la ciencia política, es decir, capacidad do representación a través del sistema de partidos políticos, ejercicio del voto y manejo del poder en las instituciones de gobierno»24.

Entre 1960 y 1970, el movimiento femenino con diferentes corrientes teóricas y tendencias que explican las causas de la subordinación y las estrategias del cambio de las relaciones y condición de las mujeres, cobró notable impulso en Europa y Estados Unidos, en el contexto de una América Latina marcada por un clima de agitación social, dictaduras militares, y una fuerte presencia del pensamiento de izquierda y marxista. Tres obras teóricas tuvieron entonces una notable repercusión: La mística de la feminidad (1963) de Betty Friedman; Política sexual (1969) de Kate Millet; y La dialéctica del sexo (1970) de Sulamith Firestone.

Tuvieron el mérito de analizar el patriarcado y el género desde el psicoanálisis y el marxismo, a través de lo cual estudiaron las relaciones de poder al interior de la familia y la sexualidad. Para Kate Millet, la relación entre los sexos es una relación de poder, sintetizada en su célebre afirmación: Lo personal es político. Pero lo interesante de esta corriente del feminismo no solo radicaba en sus obras teóricas, sino en la organización de grupos de autoconciencia donde las mujeres empezaron a contar sus propias experiencias. Lo que originó la capacidad de verse a sí mismas, y nuevas formas de solidaridad entre mujeres que impulsarían aún más su desarrollo.

Según Joan W. Scott, escribir la historia del feminismo no significa escoger entre la estrategia de la igualdad o de la diferencia, como si ésta pudiera resolver todas las contradicciones vividas. Una historia del feminismo debe ser, “la historia de las mujeres (y de algunos hombres) constantemente inmersos en la resolución de los dilemas que enfrentan”25.

A partir de la década del ochenta y noventa se inició un nuevo orden signado por el triunfo de lideres de la derecha, el agotamiento de las ideologías, la disolución de la Unión Soviética, la debacle del socialismo en los países de Europa del Este, y el liderazgo económico, político y militar de Estados Unidos. Esto originó la formación de bloques geopolíticos encabezados por Estados Unidos, países de Europa y de Asia, mientras África y América Latina quedaban en la periferia bajo el impulso de políticas de desregulación, privatización y disminución del rol del Estado en la producción. Política que no ha solucionado el desempleo, ni la desarticulación de los procesos productivos, y mucho menos la grave crisis de distribución del ingreso que explica los profundos abismos sociales que se dan26.

En ese contexto, el trabajo de las organizaciones femeninas y feministas respondió a la incorporación creciente de la mujer al mercado del trabajo antes predominantemente masculino. Entre 1961 y 1981, la tasa de crecimiento de la Población Económicamente Activa Femenina alcanzó el 70% superando largamente la tasa de crecimiento masculina27. Sin embargo, se trataba de un trabajo donde las mujeres eran “la mayoría sólo en aquellos empleos de tiempo parcial, de bajo o ningún salario”28. Tampoco los índices de alfabetismo se redujeron en las zonas de extrema pobreza ni mejoraron las condiciones de salud para las mujeres que habitaban esas zonas.

En las dos últimas décadas América Latina ha iniciado un camino que intenta ser propio, con un fuerte sesgo nacional, democrático, e inclusivo con los sectores marginados, y de reconfiguración de la inserción de los pueblos indígenas en el proyecto nacional. En este contexto, el movimiento femenino latinoamericano afronta el reto de lograr una equidad que incluya todas las voces, también las indígenas y marginadas. Porque, “la lucha por relaciones más equitativas entre hombres y mujeres se ha convertido en un punto medular en la lucha de las mujeres indígenas organizadas”29. Así también, en las organizaciones populares las mujeres están luchando para cambiar una tradición que las excluye y oprime. Un formidable reto para el feminismo contemporáneo que necesariamente en América Latina deberá trazarse estrategias que engloben género, raza y clase.

Otro reto, es que las mujeres se asuman como sujetos históricos en el contexto de una nueva historiografía; es decir, una nueva valoración de las experiencias femeninas mediante una nueva forma de abordar la historia, la revisión de modelos que han impregnado a todos los grupos sociales, y los factores diferenciales que afectan a las mujeres.

Significa reemplazar la lógica tradicional practicada en las ciencias sociales por una nueva manera femenina de abordar el pensamiento crítico siguiendo una lógica de investigación diferente a la aplicada en la historiografía tradicional. Es decir, reescribir la historia desde una perspectiva femenina, plantear nuevas formas de interpretación, y revisar conceptos y métodos existentes con el objetivo de convertir a las mujeres en sujetos de la historia, reconstruir sus vidas en toda su diversidad y complejidad, inventariar las fuentes con las que contamos, y dar un sentido diferente al tiempo histórico, subrayando lo que fue importante en sus vidas.

La historia de las mujeres se presenta así como un elemento transformador de las mismas mujeres, y constituye un paso decisivo para su emancipación. Significa también otorgarle una mayor coherencia a nuestra historia al desarticular el carácter excluyente y discriminador de las representaciones discursivas del otro, establecidas en la colonia a través de patrones de poder basados en una jerarquía social, étnica, de raza y género.

*El presente texto es el capítulo XX del libro cuyo título es el mismo que aparece aquí. Lima, 2013, 5ta edición, pp. 299-309. El texto nos fue remitido por la propia autora.

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1Amelia Valcárcel. Sexo y Filosofía. Barcelona, 1991, p. 9.
2Jean-Jacques Rousseau. Emilio o De la Educación. Madrid, 1998, p. 535.
3Jean-Jacques Rousseau. El contrato social. Madrid, 1988, p. 76.
4David Held. Modelos de democracia. Madrid, 1991, p. 100.
5Ibídem, p. 100.
6D. Godineau. Citoyennes Tricoteuses. Les femmes du peuple à Paris pendant la Révolution. Aix-en-Provence, 1988.
7 Condorcet. "Essai sur l’admission des femmes au droit de la cité". Las Mujeres y la Revolución. Barcelona, 1974.
8Ana de Miguel. “Feminismos”. 10 palabras claves sobre la mujer. Navarra, 1995, p. 226.
9 Voltaire. Diccionario Filosófico. Tomo III. Buenos Aires, 1964, p. 184.
10Federico Engels, refutó las tesis del socialismo utópico en su libro: Del socialismo utópico al socialismo científico, publicado en 1892.
11 Flora Tristán. Union ouvrière. Paris, 1986.
12Jorge Basadre. Apertura. Textos, Cultura y Política, escritos entre 1924 y 1977. Lima, 1978, p. 246.
13Magda Portal. Flora Tristán, precursora. Lima, 1983, p. 21.
14Mary Nash - Susana Tavera. Experiencias desiguales: Conflictos sociales y respuestas colectivas. Madrid, 1995, p. 58.
15Karen Offen. "Definir el feminismo: un análisis histórico comparativo". Historia Social No. 9, Valencia, 1991, p. 110.
16August Bebel. La mujer y el socialismo. La Habana, 1974, p. 45.

17Sara Beatriz Guardia. Mujeres Peruanas. El otro lado de la historia. Lima, 1985. Primera Edición. Entrevista a Magda Portal, p. 84.
18 Hanna Garry. "La mujer sustituye al hombre en las industrias de guerra". "En América", Revista mensual de los intelectuales. No. 22, noviembre de 1943.
19Ettel de Lloc. "La mujer moderna". Hora del Hombre. Lima, marzo de 1950.
20Simone de Beauvoir. El segundo sexo. Valencia, 1998, p.7.
21Simone de Beauvoir. El segundo sexo. Buenos Aires. Ediciones Siglo XX, 1962, p. 13.
22Isabel Morant. “El sexo en la historia”. Ayer, No. 17, 1995, p. 37.
23 Louise Toupin. Qu'est-ce que le féminisme? Quebec: Centre de documentation sur l'éducation des adultes et la condition féminine (CDEACF), 1997.
24Lola G. Luna. “Los movimientos de mujeres en América Latina o hacia una nueva interpretación de la participación política”. Barcelona. Universitat de Barcelona, Boletín Americanista, N°. 45, 1995, p. 251.
25Joan Wallach Scott. A cidadã paradoxal: as feministas francesas e os direitos do homem. Florianópolis: Editora Mulheres, 2002.
26Agustín Haya de la Torre. La restauración neoliberal. Lima: Fundación Andina, 1994, p. 83.
27Virginia Guzmán, Patricia Portocarrero. Dos veces mujer. Lima: UNIFEM, Flora Tristán, Mosca Azul Editores, 1985.
28 Cecilia López Montaño. “La dimensión de género del capital social. Equidad de género: una decisión política. Socialismo y Participación No. 92, Lima, abril del 2002.
29Aída Hernández Castillo Salgado. “Distintas maneras de ser mujer: ¿Ante la construcción de un nuevo feminismo indígena?.
Publicado por José Carlos Mariátegui.