De aliados y elefantes.

A partir de la figura Publio Cornelio Escipión, quien conquisto Cártago, Raúl Argemí conecta la historia de Escipión el Africano con el ancho mar que se abrió en el peronismo con miras a legislativas de Octubre de 2017.

Por Raúl Argemí*

(para La Tecl@ Eñe)

El comienzo de un año de elecciones ha hecho que en el ancho mar del peronismo florezcan dos calificaciones, casi siempre espetadas negativamente: “pactistas” e “ideologistas”. Vistos desde el lado contrario los primeros estarían dispuestos a juntarse con el Diablo para sumar la fuerza que derrote al macrismo, los otros, mirados también desde la vereda de enfrente, quieren mantenerse puros, alejados de los que cambiaron de camiseta, y estarían condenados a perder en soledad. El que firma, pensando en este dilema, que se puede encarajinar hasta hacerse inconciliable, se acordó de Publio Cornelio Escipión, llamado igual que su padre, y conocido luego como Escipión el Africano, porque derrotó al temido Aníbal y subordinó a Cartago.

En esos tiempos el enemigo principal del imperio romano era Cartago, que le disputaba el control del Mediterráneo y media Europa conocida. Una disputa que iban ganando los hermanos Barca, Asdrúbal y Aníbal. Perdidos por perdidos, y para sacarse de encima a un joven prometedor -Escipión-, los senadores le dieron mando de ejército y le ordenaron destruir Cartago. El cálculo era sencillo -y política en estado puro- si tras ese objetivo habían sido derrotados generales con mucha experiencia ¿qué le podía esperar a Escipión, que no se arreglara con bonitas honras fúnebres?.

Resulta evidente que Escipión no estaba de acuerdo, porque cambió un poco el libreto habitual y desembarcó en la costa norte de África lejos de Cartago, en la periferia de sus aliados. Desde allí comenzó el avance tomando a los príncipes o reyes menores uno por vez y haciéndoles una propuesta que no podían rechazar; frase que hizo famosa el cine hasta entre los mafiosos.

Si te reconoces aliado de Roma, abasteces mi ejército de alimentos, sandalias y lo que necesite, y me entregas soldados para que los sume a mi fuerza, seguirás en el poder, te saludamos y seguimos viaje hacia Cartago. Si te da la loca de resistir, mañana serás uno más en el reino de los muertos, de tu pueblo no quedará piedra sobre piedra y esclavizaremos a tus hijos y a todo el que no se haya ido con las Parcas. (Con cierta influencia de los diálogos de Sófocles, más o menos así fue la propuesta que, vista la potencia del ejército romano a sus puertas, convenció rápidamente a los príncipes y reyes menores.)

Así, en el camino hacia Cartago, Escipión neutralizó a los aliados de Aníbal, acrecentó su fuerza y cuando llegó ante las murallas de la ciudad estado los cartagineses se habían quedado solos. A Escipión no se le escapaba que había dejado, a sus espaldas, un interesado grupo de observadores. Si triunfaba, sus por el momento aliados habrían hecho un buen negocio. Si era derrotado, podrían argüir que fueron obligados, y las cosas volverían al estado anterior, porque Aníbal, debilitado, no los castigaría.

Me propongo hacer un par de observaciones sobre los combates que sobrevinieron, pero, ya vale dejar claro que Escipión derrotó a Aníbal, rindió Cartago y la obligó a una humillante sumisión a Roma. Ese fue el momento en que Escipión habiendo cumplido el mandato “delenda est Carthago” (destruyan a Cartago) empezó a ser conocido como Escipión el Africano.

Liddell Hart

Me nutro para lo que sigue de Liddell Hart. Considerado por muchos el más lúcido analista militar del siglo XX, en su libro titulado “Escipión, el Africano” detalla la inteligencia política y militar que le permitió el triunfo. Como dato aparentemente al margen, quiero recordar que, combatiente de la Primera Guerra Mundial, Hart pudo observar el uso de los carros blindados. Eran lentos como tortugas, para acompañar el avance de la infantería, con cañones fijos hacia adelante, donde se suponía las trincheras enemigas, y blindaje también solo en el frente, por las mismas razones. Entonces escribió un opúsculo que proponía darles más velocidad, blindaje y fuerza de fuego, para agruparlos y que actuaran como arietes, casi imposibles de detener. Parece ser que el único que lo leyó fue Heinz Guderian, el general alemán que creó los Panzer Korps según ese modelo; y sus tanques se comieron Europa.

Bien, volvamos a Cartago. Aníbal confiaba en sus fuerzas, y subestimaba al enemigo. Así, cuando tuvo a los romanos a la vista, abandonó las murallas de Cartago -actualmente allí se levanta Túnez- y salió a combatirlo al campo llano, en Zama. Eso, justamente, era lo que deseaba Escipión.

Ordenando en primera línea de combate a los soldados suministrados por los príncipes y reyes menores, y en segunda línea los suyos, para que la primera no pudiera escapar y, de paso, le ahorrara sangre propia, fue al encuentro de Aníbal. Un Aníbal que confiaba en sus elefantes de guerra, porque, hasta ese día, habían sembrado el terror entre los enemigos, que no encontraban forma de pararlos. La pregunta que otros no se habían hecho seguramente se la hizo Escipión: ¿Por qué tratar de pararlos?

La respuesta fue organizar sus fuerzas para que, a un toque, se abrieran dejando libres dos callejones, y acuciaran a los elefantes con flechas, lanzas y grandes gritos. Los elefantes -la Historia dice que en número de 80- asustados y negados a sus conductores, tomaron la vía más fácil, los callejones, y se perdieron en el horizonte. Luego, rompiendo con la costumbre de combatir frontalmente, línea tras línea, Escipión desplegó parte de sus fuerzas hacia los laterales de Aníbal, obligándolo a pelear en tres frentes simultáneos. Fue el fin de Aníbal, el fin de la gloria de Cartago y los laureles para Escipión el Africano.

Tres o cuatro embriones de idea política parecen surgir de aquella historia. La primera, que no hay que subestimar nunca al enemigo y, como dijera Sun Tzu, nunca aceptar el combate en el terreno que le es favorable. La segunda, que enfrentarse con elefantes, sean propios o ajenos, es idiota, más vale favorecerles la retirada. La tercera, que se puede evitar el combate frontal, el dar y recibir, como pesos pesados norteamericanos, buscando los lados débiles, los laterales. Y la cuarta, tal vez la más importante: En su avance hacia Cartago Escipión pactó con aliados de Aníbal respetando su poder sobre esos pueblos. Pero los pactos son, por su naturaleza y origen, siempre transitorios. Escipión tenía claro que, si triunfaba, tendría todo el poder y podría volver sobre sus pasos -él o sus enviados- para ajustarle las tuercas a cada uno de los príncipes y reyes menores, recordando tiempos peores.

Seguramente esta lectura de la política y Escipión no contribuirá a la salvación del alma de nadie, pero puede ayudar a entender que cuando Carl von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios no estaba equivocado. La guerra, y la política de cada día, son primas hermanas.