David Lynch: un largo camino hacia sí mismo.

(Juan Rapacioli)

La nueva temporada de Twin Peaks, un documental sobre el rodaje de Blue Velvet, el lenguaje de los sueños, el minucioso trabajo con la imagen y el sonido para la construcción de climas oníricos. Algunos de los elementos que reafirman a David Lynch como uno de los artistas más importantes de su generación.

En "Blue Velvet Revisited", documental experimental que reconstruye en Super-8 la experiencia de filmar Blue Velvet, el cineasta alemán Peter Braatz muestra a un David Lynch joven, concentrado y meditativo que insiste sobre la necesidad de la tecnología para la construcción de nuevas imágenes, sonidos y climas que logren responder a las ideas originales.

El documental, que se podrá ver en el Malba a partir del próximo sábado, reconstruye desde una impecable sordidez sugestiva el mítico rodaje de la emblemática película Blue Velvet -el primer éxito de Lynch-, en el set original de Wilmington, Estados Unidos, en 1986.

Realizada con 60 rollos de película Super-8 -uno por cada día de rodaje-, la película muestra -en tono lyncheano- la filmación de bajo presupuesto que el joven director estadounidense llevó adelante junto a un grupo de actores que serían recordados por sus oscuros papeles: Kyle MacLachlan, Isabella Rossellini, Dennis Hopper, Laura Dern y Jack Nance.

Pensado como una meditación sobre la obra que lo hizo conocido a Lynch, el documental condensa los elementos reconocibles del universo del artista: sugestión, extrañamiento, pasajes oníricos, escenarios sombríos y el oscuro clima de esa impactante película que empieza cuando el personaje de MacLachlan (el agente Cooper de Twin Peaks) encuentra una oreja en el pasto.

"Creo que esta película es sobre varias cosas que le pasan a la gente por dentro. Todos tenemos una apariencia pero, debajo de esa apariencia, pasan muchas cosas extrañas", dice Lynch en una de las grabaciones del documental, definiendo de alguna manera su matriz creativa: los mundos dentro del mundo. Las dimensiones posibles que habitan en la grieta de lo que entendemos por normalidad.

La última temporada de Twin Peaks -lanzada 25 años después de la original- ha suscitado diversas reacciones en el mundo que van desde la fascinación por el regreso de ese universo mítico que cambió la forma de ver televisión en los 90, hasta el rechazo de los que no le encuentran sentido a esta nueva etapa.

Los últimos capítulos de la serie, donde aparecen varios actores originales -incluido el propio Lynch como el agente Gordon Cole-, están llenos de sugerencias simbólicas, elementos pictóricos, oscuros climas visuales y sonoros que rompen las estructuras de cualquier experiencia televisiva. El capítulo 8, en particular, es un extraordinario trabajo de arte experimental llevado al extremo de los sentidos.

Se puede decir, entonces, que Lynch está en su mejor momento creativo. Puede, finalmente, ejercer su mirada de pintor obsesionado con el sonido sin problemas con productores, reclamos de la audiencia o límites del mercado. Se puede decir, también, que esta etapa no es estrictamente una serie. Es Lynch y su meditado lenguaje de los sueños.

Si tomamos cualquiera de las grandes series de los últimos años -desde True Detective a House of Cards, por ejemplo-, no podemos encontrar nada similar a lo que Lynch está haciendo con Twin Peaks. Ni siquiera en producciones que guardan una relación directa con la obra del autor estadounidense, como Fargo.

"No es una serie, sino arte en movimiento", dijo Kyle MacLachlan -el célebre Agente Dale Cooper- en una entrevista con el diario español El Mundo. Y es que, en realidad, ahí están todos los elementos que le dan forma al universo de Lynch: la repetición del camino hacia el otro lado, la presencia amenazante del doble, el reverso del mundo conocido, las dimensiones posibles dentro de la normalidad.

Todo esto narrado en un registro onírico donde entra lo poético, lo filosófico, lo bizarro y lo desconcertante (no hay que olvidar el desconcierto que significó la aparición de la serie original para el público estadounidense). La música es otro de los elementos centrales en la obra de Lynch: desde su relación con Bowie -que aparece en la película de Twin Peaks- hasta las bandas que cierran cada capítulo de la nueva temporada de la serie, como Nine Inch Nails.

"Debes poder usar cosas nuevas, no puedes usar lentes y cámaras viejos, porque no se verá bien, no verá igual de bien. Tienes que usar la última tecnología para poder controlar lo que haces con las imágenes", dice el director en otro fragmento del documental de Braatz, donde sorprende su mirada hacia el futuro que parece anticipar no sólo las películas que vendrían sino lo que está haciendo ahora con Twin Peaks: un largo recorrido onírico hacia sí mismo.

En "Lynch por Lynch", libro publicado por El cuenco de plata, el cineasta resume en un párrafo su proceso creativo: "Aprendí que justo debajo de la superficie hay otro mundo y que, cuanto más se cava, aparecen más y más mundos distintos. Lo sabía de chico, pero no había podido encontrar las pruebas. Era sólo una sensación. Hay algo bueno en el cielo azul y las flores, pero otra fuerza -un dolor salvaje, un deterioro- también lo acompaña todo".