CUADERNO DE LA IZQUIERDA NACIONAL Nº49.

(2007-2014)

DIRECTOR: ALBERTO J. FRANZOIA

EDITOR: RAÚL ISMAN
AÑO 3 - 2014

SEPTIEMBRE DE 2014

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Cuaderno nº49 (septiembre 10 de 2014)

I. Editorial. Jorge Enea Spilimbergo, constructor de una izquierda concreta. Por Alberto J. Franzoia

II. Mitre y sus nobles odios. Por Juan Carlos Jara

III. Un sol para todos. Por Germán Epelbaum

IV. Ramos, el arqueólogo. Por Arturo, Peña Lillo

V. Video: Perón y la unidad latinoamericana, Fragmento del documental “Perón, sinfonía del sentimiento” de Leonardo Favio

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I. EDOTORIAL

JORGE ENEA SPILIMBERGO, CONSTRUCTOR DE UNA IZQUIERDA CONCRETA

Por Alberto J. Franzoia

El 4 de septiembre se cumplieron 10 años de la partida a la inmortalidad, esa que sólo los grandes tienen garantizada, el compañero Jorge Enea Spilimbergo. Mucho hemos escrito y dicho sobre este exponente imprescindible del campo popular y de la Izquierda Nacional, pero con seguridad donde más profundizamos el abordaje de sus aportes específicos fue en “Quién es Jorge Enea Spilimbergo?”; trabajo que incluye una biografía introductoria junto al análisis de dos momentos muy significativos de su obra que titulamos “Spilimbergo y su mirada alternativa sobre la Comunidad Organizada” y “Spilimbergo y la teoría de la dependencia”. El material completo lo presentamos en 2007 en el Congreso del Pensamiento Iberoamericano de Olguín (Cuba), y puede consultarse en las publicaciones de la página web El Ortiba en: http://www.elortiba.org/pdf/spilimbergo.pdf

Hecha la aclaración, en esta oportunidad deseamos referirnos a una cuestión más general que resulta omnipresente en la trayectoria teórica y política de Spili. Nos referimos a su práctica constante en pos de la construcción de una izquierda concreta. Es decir, una izquierda viable para modificar el presente y futuro de nuestra realidad, asumiendo como guía los intereses de los trabajadores argentinos y de sus diversos aliados.

La aclaración resulta pertinente porque por estas tierras del Sur (tanto de Argentina como de la Patria grande en su conjunto) lo más frecuente ha sido encontrase con otro tipo de izquierdas. Aquellas que se caracterizan por su alto nivel de abstracción, ya que el paso del texto (generalmente copia de otros gestados en contextos muy lejanos) a la acción modificadora de la realidad concreta en la que les toca desempeñarse, ha resultado hasta la fecha una suerte de misión imposible. Producto de esa falencia hemos tenido izquierdas marxistas de diversos pelajes (leninista, stalinista, trotskista, maoísta, etc.) pero todas con una característica común, la de mostrar una increíble incapacidad para integrarse en el único espacio político que, en nuestra tierra, ha resultado apto para enfrentar con posibilidades de vencer al bloque de clases dominantes de adentro y de afuera. Ese espacio ha sido y sigue siendo en todo el territorio de la Patria Grande, el de los grandes frentes nacionales y populares.

Spilimbergo, junto a quien fuera su maestro, el mejor Jorge Abelardo Ramos, y un conjunto de compañeros de ideas afines, trabajó desde su juventud para insertar a la izquierda en el torrente de la historia real argentina. Por eso comprendió que desde la aparición del peronismo un 17 de octubre de 1945, no había otro espacio posible para la izquierda que el frente nacional. No adentro del peronismo, porque el socialismo necesita de un partido independiente que exprese la visión de mundo de los trabajadores (clase social que en algún momento deberá hacerse cargo de la conducción del frente); por eso, como sostenía Ramos, cabalgamos en distintos caballos pero juntos.

Otra ha sido la posición de la izquierda abstracta, toda vez que pretendiendo ser la verdadera oposición a cualquier gobierno “burgués o patronal”, ignorando o minimizando el hecho de que allí donde existan países semicoloniales la contradicción fundamental sigue siendo liberación o dependencia, Nación o colonia, lo único que efectivamente logra es restarle posibilidades de triunfo a las fuerzas populares del campo nacional, reforzando simultáneamente (aún contra su voluntad)el poder del enemigo.

Spilimbergo produjo no muchos libros, pero todos esenciales para la conformación de una conciencia además de nacional profundamente revolucionaria. Porque hasta el último aliento de vida (y en eso se diferenció claramente de su maestro Ramos) trabajó para que el campo nacional contara con un partido socialista capaz de profundizar, llegado el caso, el proceso de transformaciones imprescindibles. Ya que la conducción nacional-burguesa de dicho proceso lleva a instancias cruciales, que sólo podrán ser superadas si el camino se continúa con la conducción de la única clase que está en condiciones de hacerlo: la clase trabajadora. Y para eso necesita de su partido, el partido que le facilite ser mucho más que la columna vertebral para convertirse en su cabeza. Así lo expresó con meridiana claridad en “Clase obrera y poder”, el texto que durante muchos años se conoció como un conjunto de tesis surgidas del Tercer Congreso del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, pero que tuvo como pluma preclara en su redacción y activo protagonista en su gestión al compañero que homenajeamos.

Otra de las obras en las que realizó un inestimable aporte para descifrar el camino hacia el socialismo en Argentina, diferenciando las posturas de una izquierda nacional y por lo tanto concreta con respecto a la izquierda cosmopolita y abstracta, se encuentra en los dos tomos de su historia del socialismo. El primero de ellos se titula “Juan B. Justo y el socialismo cipayo”, el segundo “De la izquierda cipaya a la izquierda nacional”.

Fundamental fue, además, su fidelidad a las convicciones durante los terribles años noventa del siglo pasado. Cuando Abelardo Ramos ya había perdido el rumbo definitivamente, tras unos cuantos años de modificaciones en su visión de mundo anteriores al surgimiento del menemismo, Spilimbergo (al igual que otro gran maestro como Norberto Galasso) siguió expresando la visión de una Izquierda Nacional que acompaña al peronismo en tanto representación mayoritaria del campo nacional y popular, pero jamás si su dirigencia arría las banderas que se enarbolaron aquel 17 de octubre de 1945, cuando el subsuelo de la patria se sublevó. Con su conducción el Partido de la Izquierda Nacional fue, durante aquellos tiempos tan difíciles, el espacio contenedor para muchos de los que advertimos el monumental error de Ramos.

Jorge Enea Spilimbergo permanecerá para siempre en nuestras conciencias de hombres y mujeres que creímos, y creemos, que el socialismo es la instancia política necesaria para que la clase trabajadora acabe conduciendo una gran alianza plebeya que profundice la definitiva liberación nacional y social. Una izquierda concreta, no por sus posibilidades inmediatas en el terreno electoral, sino porque por su pertenencia orgánica al frente nacional, desde 1945 a la fecha, es la única que no resulta ajena a la cotidianidad de la gran mayoría de los sectores populares de Argentina. En esa cercanía histórica radica su gran capital para trascender sus propias limitaciones actuales., y Spilimbergo mucho ha tenido que ver con ello.

La Plata, 10 de septiembre de 2014

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II. MITRE Y SUS NOBLES ODIOS

Por Juan Carlos Jara

En marzo de 1879, cuando el libro andaba por la undécima edición, con más de 50.000 ejemplares vendidos, José Hernández envía un ejemplar del “Martín Fierro” al general Mitre, que pese a su bibliomanía al parecer aún no lo había leído.

En la dedicatoria, acaso con velada ironía, apunta el poeta: “Hace veinticinco años que formo en las filas de sus adversarios políticos –pocos argentinos pueden decir lo mismo-; pero pocos también se atreverían como yo a saltar sobre ese recuerdo para pedirle al ilustrado escritor que conceda un pequeño espacio en su biblioteca a este modesto libro”.

Mitre le contestará, con amabilidad ciertamente distante: “Ese libro faltaba en mi biblioteca americana y el autógrafo de su autor, de que viene acompañado, le da doble mérito. Agradezco las palabras benévolas, de que viene acompañado, prescindiendo de otras que no tienen certificado en la república platónica de las letras”.

Más adelante, en el mismo escrito, Mitre se va a despachar contra “la filosofía social” del libro “que deja en el fondo del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la solidaridad social”. Era más que obvio que no podía gustarle el contenido ni la forma del magno poema hernandiano, ya que “Martín Fierro” es la representación artística más acabada del gauchaje alzado, incluida la montonera a la que como gobernante el propio Mitre había mandado exterminar. Por eso, el otrora “pacificador” del Interior dejará caer estos consejos finales: “Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor y por la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los odios, que tienen su causa, más que en las intenciones de los hombres en las imperfecciones de nuestro modo de ser social y político”.

Las palabras de Mitre evidencian que, del mismo modo que algunos de sus epígonos actuales, también era partidario del “consenso” y de no reabrir ciertas “grietas”, sobre todo las que él mismo había cavado a través de la “gran política” que llevara adelante, a sangre y fuego, durante los días de predominio de su partido.

Pasados unos pocos años, en 1887, la historia parece volver a repetirse. Ahora es Adolfo Saldías quien envía a Mitre los tres volúmenes de su “Historia de Rosas y de su época” con amable y respetuosa dedicatoria en la cual lo califica de “maestro”. Mitre lee el último tomo en un día y una noche y al día siguiente le contesta en una extensa carta, uno de cuyos párrafos señala: “Es un libro que debo recibir y recibo, como una espada que se ofrece galantemente por la empuñadura: pero es un arma de adversario en el campo de la lucha pasada, y aun presente; si bien más noble que el quebrado puñal de la mazorca que simbolizaría, por cuanto es un producto de la inteligencia”.

El libro de Saldías, según metaforiza Mitre aludiendo a Rosas, intenta poco menos que “vestir a Lucrecia Borgia con la túnica inmaculada de la castidad”, pues “no sólo no responde á la verdad relativa, sino que pugna con el espíritu universal que está en la atmósfera moral del planeta que habitamos”, con lo que se refiere al espíritu universalizado, no “universal”, creado por la generación triunfadora en Pavón, y a la “atmósfera moral”, más facciosa que planetaria, en la que se envolvía el partido porteñista, a la cabeza del cual se hallaba el propio Mitre.

Pero lo que más hiere del libro de Saldías al generalísimo de la triple Alianza es que, dejando de lado “los benévolos conceptos con que algunas veces me honra al nombrarme”, Saldías le haya recordado “que conservo sin saberlo mis tradiciones partidistas”. Por eso, en la parte medular y más airada de su epístola, Mitre cala el chapeo, requiere la espada y se confiesa: “Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios por los que he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle que conscientemente las guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha. Admito, como Lamartine, que las víctimas se den el abrazo de fraternidad sobre las tumbas de sus verdugos, pero pienso que el odio contra los tiranos es una fuerza moral, y pretender extinguirlo en las almas es desarmar a los pueblos y entregarlos como carneros sin ira en brazos de una cobarde mansedumbre”.

Como se observa, para el irascible derrotado de La Verde, la historia –“persona non grata” en la República Platónica de las Letras- se encendía de “nobles odios” cuando se entraba en el terreno concreto de la política y alguien pretendía ofrecer una visión que discrepara con la suya.

Tomen nota algunos amables historiadores del presente que pretenden hacer de su oficio un mero ejercicio de juegos florales.

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NOTA BENE:
A propósito de Mitre, el lector Rubén Darío Peretti, cuya correspondencia desde ya agradecemos, se pregunta luego de haber leído nuestro artículo “Mitre: pluma, espada, impunidad”, aparecido en el número 47 de este Cuaderno: “Si Mitre manejaba con gran “impunidad la pluma” e interpretó una historia, ¿no se asemeja con los que no reconocen el pasado y hacen descolgar los cuadros de quienes nos gobernaron en algún momento?”
Lo que podemos responderle, amigo Peretti, es que si se tratara de una simple disputa de hermenéutica histórica es posible que la semejanza existiera. Pero aquí la cuestión no es historiográfica, es política. Mitre y su grupo no sólo ofrecieron una interpretación de la historia, lo que desde un punto de vista abstracto resulta totalmente válido. Ellos, como bien dijo Jauretche, implantaron una política de la historia, falsificándola con el único objetivo de que ignoremos “cómo se construye una política de fines nacionales, una politica nacional”. Se trató de una tergiversación planificada que buscaba legitimar una política liberal, europeísta, dependiente del capital extranjero y aislada del entorno latinoamericano al que se despreció hasta en sus figuras próceres como Bolívar. A través de la escuela, la prensa, el libro y, por qué no, la fuerza de las armas, que en última instancia les permitieron silenciar las voces disonantes que podían elevarse, como la de Alberdi, entre otras, los mitristas de ayer erigieron un edificio histórico cuyas bases estructurales –importadas en bloque desde Gran Bretaña- fueron conmovidas pero no destruidas por el revisionismo que vino después. Descolgar los cuadros de los comandantes (comandantes de clara raigambre mitrista, cabe establecer), constituyó un gesto político necesario, insuficiente si usted quiere, pero necesario y pleno de justicia. Es más, muchos otros cuadros habrá que descolgar todavía para terminar con esa falsificación antinacional “que ha impedido que nuestra política existiera como cosa propia, como creación propia para un destino propio”.

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III. UN SOL PARA TODOS

Por Germán Epelbaum

Desde hace algunos fines de semana, la militancia de la Juventud Peronista de la Provincia de Buenos aires -regional La Plata- viene llevando a cabo una serie de festejos en homenaje al Día del Niño. Estos se realizan los días sábados y domingos en distintos barrios de nuestra ciudad en los cuales se tiene cierto anclaje o presencia territorial. Por otro lado, el sábado anterior al domingo del Día del Niño “oficial” y establecido por el mercado, desde el Canal 13 se realizaba la tradicional edición del programa Un Sol para los Chicos. Año a año este show se dedica a juntar fondos que salen de los bolsillos de los generosos televidentes y de las empresas multinacionales radicadas en el país, que deciden reducir sus aportes impositivos al otorgarle dinero al Grupo Clarín para que lo convierta en posteriores donativos a organizaciones no gubernamentales de caridad.

Las reflexiones sobre este día salen entonces del desprecio que me produjo ver esa pantomima de solidaridad, mientras llegaba a mi casa medio sudado de estar todo el día bajo el rayo del sol jugando con los pibes, y con un poco de tierra del barrio. No escribe estas líneas ningún teórico social, sino un simple militante.

Desde la Jotapé rechazamos la idea de caridad, tan cercana a la lástima y con aires de “chicos bien” que se sienten mal porque tuvieron suerte en la vida y ayudan a los pobres durante el fin de semana. La apuesta es hacia la organización popular: nuestro rol en el barrio, en el trabajo o en el lugar de estudios sirve para dinamizar la profundización del modelo que tanto defendemos, con los trabajadores a la cabeza y que las conquistas también lleguen a nuestra ciudad. De nada sirve hacer una zanja en una calle de tierra si a nuestro lado no hay un vecino que luego peleará por nuevas demandas. Las clases de apoyo para los chicos que van a la escuela son muy importantes y ayudan a mitigar una necesidad, pero se deben propiciar las reuniones con sus padres luego, escucharlos y colaborar para que estos sean luego quienes se organicen para mejorar el barrio o defender lo conseguido en estos últimos años. Sólo los humildes salvarán a los humildes, el militante “de afuera” simplemente colabora con lo que puede e intenta que la labor no se quede en algo concreto sino que sirva siempre para ir por más.

Mientras tanto, en otros foros, los pobres aparecen como sujetos de piedad, nunca actores protagonistas de la transformación social. Las empresas dan su dinero, los padres de familia tocan su bocina cerca del Canal 13 y aportan algún billete que les sobre. Los famosos atienden el teléfono y cuando el programa se termine todo volverá a la normalidad. Algunos podrán seguir aumentando de forma leonina los productos que de forma oligopólica les venden a esos pobres que dicen defender, otros podrán participar de cacerolazos para que el gobierno devalúe la moneda con la consciencia tranquila. No se debe jamás confundir un bluff de los responsables económicos de la pobreza y miseria de un pueblo con la solidaridad y organización popular.

Alguna vez, el ex funcionario de prensa de la dictadura, Raúl Portal, se quiso ganar los laureles de la propiedad intelectual del programa Televisión Registrada, ya que supuestamente este era un plagio del nefasto Perdona Nuestros Pecados, que también trabajaba con material de archivo. La respuesta de su conductor Javier Morgado ante la acusación fue más que clara: el programa de Portal podría realizarse sin problemas en época de dictadura, mientras que Televisión Registrada sería cuanto menos levantado del aire. Tal vez esa sea la principal diferencia entre el show de caridad empresarial de los poderosos y la militancia popular que proponemos.

Algunos intentan disimular la desigualdad y lavarle la cara a los culpables. Nosotros no especulamos ni tendemos la mano desde arriba hacia abajo para que se caiga una moneda. Militamos palmo a palmo junto al laburante, que debe ser nuestro compañero en esta lucha cotidiana. Nuestra tarea es ayudar a que nuestra ciudad sea un poquito más justa en cada barrio, e ir puerta por puerta y casa por casa predicando nuestras convicciones para sumar nuevas voluntades. No sólo la de los pibes de clase media que quieren sumarse a poner el hombro, sino principalmente la del vecino del barrio que debe ser transformado. Ese es el verdadero protagonista.

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IV. RAMOS, EL ARQUEOLOGOR*

Por Arturo Peña Lillo

De Jorge Abelardo Ramos se ha dicho mucho y posiblemente se lo seguirá enjuiciando duramente. Hombre atrevido en circunstancias adversas; polemista mordaz y temido cuyos juicios lapidarios no buscan, precisamente, la adhesión, ha optado, en un mundo opuesto y confundido, descubrirle sus falacias. Su brillante pluma fue considerada por José Gobello, que algo sabe de esto, como la mejor de los argentinos contemporáneos. Ramos político, tiene a su favor un mecanismo psicológico que le permite elaborar coherentemente las contradicciones que originan a un socialista su convivencia con el sistema liberal-burgués. Gran admirador de Jauretche, como era éste de Ramos, llegaron a intercambiarse escritos de uno al estilo del otro y viceversa.

Jauretche sostenía que era el único marxista con sentido del humor. Ramos suele observarme oblicuamente y un odio cordial hacia mí lo embarga cada vez que, admirado por las imágenes y metáforas que derrocha en sus charlas, me obligan a recordarle que erró su destino. El hubiera sido el novelista más brillante de Latinoamérica. García Márquez o Vargas Llosa serían admirados discípulos suyos. Su imaginación es pasmosa. Así lo reconoció Alberto Methol Ferré quien, ante un relato que yo le hiciese, expresó: "Ramos es un arqueólogo; con una simple vértebra reconstruye un cliptodonte". El caso era una graciosa reconstrucción de un personaje nacional. Había convenido una entrevista con Miguel Ángel Cárcano, ex alto funcionario de varios gobiernos, que concluyó su carrera como ministro de relaciones exteriores de Arturo Frondizi. Llegado a su domicilio, una sobria y suntuosa mansión en Palermo Chico, esa zona extraterritorial de la Nación y de los más empingorotados de la sociedad argentina, para no caer en el lugar común de decir la oligarquía, departí varias horas con Don Miguel Ángel. Delgado y alto; elegantemente transparentaba el estilo simple y distinguido de su hábito aristocrático. Rodeado de un moblaje rancio, sus libros se habían encuadernado, ya fuera en piel o cuero, en Londres. En un momento dado, no recuerdo por qué motivo, se cuestionó el talento de Arturo Frondizi. Cárcano, hombre acostumbrado a lides intelectuales complejas, me hizo esta observación: "un hombre puede ocultar con éxito un crimen o una amante; nunca su inteligencia". Concretado nuestro objetivo me retiré. Pocos días después, charlando con Ramos le relaté la entrevista. No me dio tiempo a concluir que, en un arranque de histrionismo, me reprodujo diálogos, y maneras de Miguel Ángel Cárcano. A mi pregunta de dónde lo conocía, Jorge A. Ramos me aclaró que jamás tuvo oportunidad de tratarlo. Sabía de su trayectoria política y su proclividad a la excelencia, dado su parentesco con la realeza británica.

Con Ramos he mantenido una relación de más de 30 años. Amistad entreverada con lo comercial y muchas veces encontrada por discrepancias fundamentales.

* (Descripción que hace de Jorge Abelardo Ramos el editor Arturo Peña Lillo en su libro "Memorias de papel. Los hombres y las ideas de una época". Galerna, 1988.)

Fuente: www.abelardoramos.com.ar

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V. VIDEO: PERÓN Y LA UNIDAD LATINOAMERICANA

FRAGMENTO DEL DOCUMENTAL “PERON, SINFONIA DEL SENTIMIENTO”. DE LEONARDO FAVIO

https://www.youtube.com/watch?v=NF4L4qEoaWc#t=123

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