CUADERNO DE LA IZQUIERDA NACIONAL Nº48.

DIRECTOR: ALBERTO J. FRANZOIA

EDITOR: RAÚL ISMAN
AÑO 3 - 2014

AGOSTO DE 2014

Para acceder al índice general desde
http://www.redaccionpopular.com/articulo/indice-general-del-cuaderno-de-...

Cuaderno nº48 (agosto 27 de 2014)

I. Editorial: La genial utopía de San Martín. Por Alberto J. Franzoia

II. Elogio de una patada a tiempo. Por Juan Carlos Jara

III. No hay nada más peligroso que una revolución a medias. Norberto Galasso

IV. Los unitarios. Por Vivian Trías. Presentación de Juan Carlos Jara

V. Video: La OTAN el brazo armado del imperio. De teleSUR

VI. Correo de lectores

*******************************************************************************************

********************************************************************************************

I. EDITORIAL

LA GENIAL UTOPÍA DE SAN MARTÍN

Por Alberto J. Franzoia

Hace diez días, el domingo 17 del mes en curso, se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del gran liberador José de San Martín. Han pasado varios años desde que produjimos un artículo que circuló por algunos espacios del mundo virtual pero que hoy, con muchas más posibilidades de difundirlo gracias a la repercusión de nuestro Cuaderno de la Izquierda Nacional (producto de casi siete años de presencia ininterrumpida en la web), queremos poner a consideración de nuestros lectores.

Deseamos recordar al General San Martín, no por los detalles secundarios que poco aportan a orientar miradas históricas y actuales, sino por aquello que resulta esencial para favorecer el desarrollo de una conciencia nacional latinoamericanista. Por eso sostenemos que él fue, por sobre cualquier otra evaluación posible, un hombre que encarnó una de las utopías más extraordinarias del siglo XIX. La misma se expresó como un proyecto ambicioso y colectivo que, partiendo de las condiciones objetivas de nuestra América del Sur, pretendía plasmar como nueva realidad; para ello resultaba necesario erradicar los viejos obstáculos mediante una voluntad político-militar inquebrantable y un grupo de hombres comprometidos con la empresa. Diseñar un plan continental que liberara y forjara la Patria Grande significó partir del análisis de los factores objetivos para, desde allí, gestar un proyecto superador de esa realidad que por momentos lo obsesionaba. Entre los factores condicionantes aparecían las dificultades geográficas y climáticas, las limitaciones económicas y desde luego, la visión política dominante en Buenos Aires, encuadrada en lo que hoy muchos que pretenden ser hombres de Estado, pero con un pragmatismo sin vuelo, definirían como “política realista”.

El fragmento de historia que vamos a narrar se inicia cuando ya designado comandante del ejército que operaba en el Alto Perú, el fastidio del futuro libertador resulta constatable ante la inoperancia del gobierno porteño. Por eso le escribe a Rodríguez Peña: “...La patria no hará camino por este lado que no sea una guerra defensiva y nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Salta con dos escuadrones de buenos veteranos...” Ese “patriotismo” mezquino de patria chica a San Martín le resultaba tan insustancial como inconducente.

A renglón seguido deja constancia escrita de su gran proyecto liberador (su utopía):

“Ya le he dicho a usted mi secreto: un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos apoyando un gobierno de amigos sólidos para concluir también con la anarquía que allí reina. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar Lima; ese es el camino y no éste”. La concepción de Patria Grande se manifestaba en su dimensión plena.

El Gran Capitán inicia la gigantesca empresa cruzando los Andes rumbo a Chile para ejecutar la primera fase, logrando pequeños triunfos hasta que en Chacabuco quedará sellada la suerte de los españoles, consolidando dos meses más tarde su victoria en Maipú. Pero cuando regresa a Mendoza para preparar la segunda fase, el gobierno centralista manifiesta toda su hostilidad hacia este hombre cuyas simpatías por Artigas lo convierten en poco confiable. Primero Rondeau intenta engañarlo, diciéndole que debe combatir a tropas españolas que estarían por atacar a Buenos Aires, mientras se plantea ante el Congreso que en realidad dicho ataque no sucederá (quedando en evidencia que lo que realmente se pretendía era enfrentar a los artiguistas). Finalmente las intenciones se desenmascaran y sin eufemismos se le ordena bajar por el río Paraná para combatir a las tropas del caudillo federal. El plan de los porteños era producto de una visión estrecha que apuntaba a defender sus privilegios internos. Es entonces cuando aparece en su real dimensión el hombre de claras ideas políticas, proyectos transformadores realizables y firmes convicciones para la empresa: San Martín desobedece la orden y comienza la segunda etapa de su campaña libertadora marchándose a Perú con sus tropas, para concretar aquello que en sus palabras a Rodríguez Peña presenta como “mi secreto”. En nuestros días una enorme pléyade de temerosos defensores del statu quo no dudaría en afirmar “es políticamente incorrecto”. Pero, como si fuera poco. desafió la “obediencia debida” con la que muchas décadas después pretendieron justificarse tantos genocidas del siglo XX.

Otro militar patriota, el General Perón, sostuvo con relación a esta notable actitud del gran conductor del ejército liberador de la Patria Grande, en el discurso pronunciado el 7 de julio de 1953 en la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas: “genial desobediencia”. Para dar cuenta de esta decisión genial sus oficiales firmaron el acta de Rancagua: “ Queda sentado como base y principio que la autoridad que recibió el general de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, pues que su origen, que es la salud del pueblo, es inmutable” (2 de abril de 1820).

Si bien San Martín entra victorioso en Lima en julio de 1821, sabido es que el centralismo porteño le niega los fondos necesarios para continuar la campaña en Perú y finalmente el Alto Perú. En dichas circunstancias decide en Guayaquil ceder la culminación de su enorme proyecto a otro gran militar utópico de la Patria Grande: Simón Bolívar. ¿Para qué refrescar en nuestras memorias esta historia conocida aún tras todos los intentos de falsificarla siguiendo los cánones de la escuela histórica mitrista? Nada menos que para demostrar que la utopía es, en nuestra visión, una realidad todavía no concretada, un ambicioso proyecto originado en la necesidad de modificar radicalmente condiciones objetivas que han sido correctamente analizadas. San Martín no era un loco, ni un iluso, y su sueño no terminó porque se despertara abruptamente, sino porque concretó todo lo que las condiciones objetivas de su patria chica le permitieron. Cuando no pudo más, tuvo la suficiente lucidez y grandeza como para comprender que esa maravillosa utopía debía ser completada por otro general de convicciones inquebrantables. No ha sido por casualidad que un gran estratega de nuestra Patria Grande durante este siglo XXI, Hugo Chávez, recurrió a Bolívar como referente para continuar, en nuevas condiciones, el ambicioso proyecto de gestar una Patria liberada y socialmente justa.

Dijimos en otra oportunidad: “Utopía no es el lugar imaginario al que nos escapamos para no enfrentar la objetividad de las cosas; no es la fantasía de ilusos que caminan a varios centímetros por encima de la tierra como contrariando la ley de la gravedad; no es sinónimo de un idealismo irrealizable; ni tampoco está tan devaluada la utopía en nuestra percepción como para reducirla a las pequeñas cosas que nos permiten resistir la inmutabilidad de las grandes y trágicas cosas. La utopía está volviendo con la fuerza de los proyectos colectivos no realizados pero realizables. Es la certeza de que otro mundo es posible sólo si tenemos la suficiente convicción subjetiva como para comenzar a construirlo sin desconocer los factores que objetivamente lo condicionan; porque la historia es independiente de la voluntad individual de cada uno pero nunca de la voluntad colectiva de un pueblo”.

San Martín comenzó a materializar un proyecto no realizado pero realizable, creyó que otra Patria era posible y tuvo la necesaria convicción para iniciar su construcción. No desconoció los factores objetivos que lo condicionaban, y cuando uno de ellos se volvió insalvable (la acción del gobierno porteño) tuvo la suficiente lucidez y solidaridad como para saber que cuando hay un proyecto colectivo no importa quién lo inicia ni quién lo culmina, sino la concreción de los objetivos. Por eso delegó la fabulosa odisea en Bolívar. Todavía queda un largo camino por recorrer para que se complete ese “sueño” latinoamericanista, pero hemos comenzado a transitarlo. Muchos enemigos intentan obstaculizar el recorrido, pero las banderas siguen en alto, la utopía no ha muerto y el pueblo de la Patria Grande se encargará de concretarla desafiando las nuevas condiciones que impone la barbarie capitalista de este siglo XXI.

La Plata, 27 de agosto de 2014

***************************************************************************************

****************************************************************************************

II. ELOGIO DE UNA PATADA A TIEMPO

Por JUAN CARLOS JARA

En diversos escritos, dentro de su profusa producción, Arturo Jauretche reconoce como concurrente a la formación de sus propias concepciones políticas el pensamiento de tres personajes muy cercanos a él: Manuel Ortiz Pereyra, abogado defensor de Yrigoyen en 1930, cofundador de FORJA y autor de libros tan amenos y esclarecedores como “La Tercera Emancipación” (1926), “Por nuestra redención cultural y económica” (1928) y “El S. O. S. de mi pueblo” (1935); el poeta y militante radical Homero Manzi, a quien, entre otras cosas, valora por haberle enseñado a aquilatar en su verdadera dimensión la figura de Yrigoyen, y Raúl Scalabrini Ortiz, entrañable amigo de don Arturo, del que siempre se declaró “uno de sus modestos y numerosos discípulos”. Agrega asimismo a esta lista un cuarto, anónimo personaje al que nos referiremos más adelante, pero no menciona en ese carácter a otros como Ramón Doll (del que aprendió a desconfiar de la “intelligentzia” europeizada de la factoría) o del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), citado algunas veces por Jauretche pero nunca incluido por él entre los principales ascendientes de su pensamiento. Es más que probable que esa especie de silenciamiento de la influencia ejercida sobre él por el creador del aprismo se deba principalmente, como conjetura Norberto Galasso, “a la catastrófica claudicación del líder peruano, allá por los años cuarenta”. Algo similar podría decirse del ultraderechizado Doll. Pero en esta ocasión limitémonos a Haya.

Como se sabe, éste, que fuera un insobornable denunciante del imperialismo yanqui y europeo y defensor a ultranza de la unidad latinoamericana (Indoamérica, como él la denominaba) terminará seducido por la política del “buen vecino” de Roosevelt, deslumbrado por el sistema parlamentario británico y aliado ferviente de las potencias “occidentales”, en su lucha por la “democracia y la libertad” contra el enemigo nazifascista durante la segunda Guerra Mundial.

Pero mucho antes, promediando los años 20, en folletos, manifiestos y libros -el primero, “Por la emancipación de América Latina” (1927), fue editado en Buenos Aires por Manuel Gleizer-, Haya adelanta varios de los planteos que luego van a ser pilares del ideario de FORJA. Muy interesante es la carta, inserta en el libro citado y dirigida a Gabriel del Mazo, otro futuro forjista, hombre de la reforma universitaria y amigo y correligionario de Jauretche por esos días; carta que según comenta Galasso fue “leída y discutida por los jóvenes estudiantes radicales”, entre los que se hallaba el propio Jauretche.

Allí se lee, por ejemplo: “Con una idea de copia servil, de imitación incondicional, mirando al detalle, tropezándose con lo artificial, no haremos nada. Seremos tan tontos como los que soñaron un día que las ideas de Kropotkin podrían aplicarse al mundo, igual que el ‘falansterio’ de Fourier o la ‘Utopía’ de Tomás Moro. Yo reconozco, y cada día estoy más convencido, que América, nuestra América, ofrece al mundo una nueva realidad, una realidad extraordinaria, excepcional”. (Op. cit., p. 117).

Esta profesión de fe latinoamericanista se unía a una profunda admiración por la intuición revolucionaria de las masas, aquellas que según el posterior precepto jauretcheano a veces no saben lo que quieren pero siempre saben lo que no quieren:

“(La Revolución Mejicana) -escribe Haya a Del Mazo- es una sucesión maravillosa de improvisaciones, de tanteos, de tropezones, salvada por la fuerza popular, por el instinto enérgico y casi indómito del campesinado revolucionario. Por eso es admirable la Revolución Mejicana, porque ha sido hecha por hombres ignorantes”.

Para Haya, como también para Jauretche y los hombres de FORJA la lucha contra el imperialismo es, antes que nada, una lucha nacional, cuya herramienta política radica en el frente de clases oprimidas por el sistema de dependencia imperial. “Conviene recordar –afirma Haya en “El antiimperialismo y el APRA” (1935)- que así como hay clases sociales permanentemente atacadas y explotadas por el avance imperialista, las hay que son sus víctimas temporales. Una gran parte de nuestra burguesía en formación presenta ese carácter. Por eso el Apra puede aliarse con ella en un frente transitorio, mientras sea necesario sumar sus esfuerzos a la defensa común”.

Es importante acotar que en este punto residió una de las pocas disidencias notorias entre Jauretche y la Izquierda Nacional. En 1959, en crítica a un artículo en el que Abelardo Ramos propugnaba la dirección de la clase obrera sobre el frente nacional antiimperialista como única garantía para la victoria, Jauretche , en coincidencia con Haya y de alguna manera con el Stalin de la “revolución por etapas”, se pregunta “¿quién puede anticipar qué clase social conducirá la gran bandera?”, reclamando a “Ramos y sus amigos” que no olviden que “la estructura vertical del 45 es la única garantía para un reordenamiento de las fuerzas en la línea nacional; y que la división horizontal de las clases que la componen debe ser postergada hasta que el triunfo sobre los de afuera nos permita el lujo de las divergencias interiores”. Con los años Jauretche revisará estas posiciones llegando a afirmar en 1969 que la revolución nacional se hará con la burguesía nacional, sin ella o, de ser necesario, incluso contra ella. Opuesta, en cambio, será la deriva ideológica de Haya de la Torre, quien desde una posición afín, aunque recreadora del marxismo, termina convirtiéndose en un cerril anticomunista que desecha la hegemonía de las masas obreras y campesinas “por falta de preparación para el gobierno” (¿Adónde va Indoamérica?, Bs. As., 1954; p. 143).

Pero no nos extenderemos analizando el pensamiento de Haya de la Torre, no pocas veces contradictorio y vago aun en sus mejores años, puesto que nuestra intención, resumida en el título de esta nota, era mucho más modesta: recordar una anécdota narrada por el propio Jauretche en la que aparece el cuarto personaje aludido, un anónimo trabajador anarquista, que a estar por los propios dichos de Jauretche fue el que más contribuyó a “desazonzarlo” políticamente.

Por esa época, mediados de la década de 1920, don Arturo ya era simpatizante del yrigoyenismo pero, como buen universitario, no había dejado de cargar sobre sí algunos de los mitos, falacias y preconceptos progresistas del reformismo liberal imperante, aun entre los que se autotitulaban luchadores antiimperialistas.

Uno de esos mitos consistía en la creencia de que el imperialismo dominante en el Río de la Plata era, como en Centroamérica, el imperialismo norteamericano, lo que implicaba la total exclusión, por ignorancia o a sabiendas, del subrepticio amo británico. Otro, la rendida veneración por los “maestros de la juventud”, al estilo de Alfredo Palacios, propagadores de muchos de esos mitos y prejuicios prooligárquicos entre la juventud ilustrada de entonces.

Precisamente durante una disertación callejera de Palacios, a la sazón dirigente de una entidad llamada “Unión Latinoamericana” que, si por un lado tenía el mérito de apuntar a ese loable fin de integración continental, por otro sólo enfocaba su lente en el “peligro yanqui”, se produce la anécdota que relata don Arturo en uno de sus artículos recopilados en “Filo, contrafilo y punta” (Juárez Editor, 1969; p.99 y ss.)

Mientras Palacios pronunciaba su discurso, lleno de solemnidad, ampulosos ademanes e infaltables citas garibaldinas y plutarquianas, un militante anarquista, trepado a un árbol cercano, se ocupaba en interrumpir constantemente las palabras del orador proclamando vivas a Sacco y Vanzetti y a la causa libertaria. El joven Jauretche, con la decisión que siempre lo caracterizó, intentó acallar al importuno acercándole un periódico encendido lo que, en lugar del efecto buscado, le valió recibir una “formidable patada en el traste” propinada por un compañero del anarquista alborotador.

Pero además del puntapié mencionado, Jauretche recibirá una de las enseñanzas políticas más aleccionadoras de su vida, ya que tomándolo de un brazo, el hombre lo llevó aparte y lo invitó a un café donde “le descubrió un mundo nuevo”.

¿Cuáles fueron las enseñanzas impartidas por el experimentado obrero anarquista al joven estudiante de abogacía? Dejemos que lo cuente el propio Jauretche.

“Él me enseñó esa complicidad colonial entre las dos alas de la ‘intelligentzia’ y me dio los primeros indicios de la realidad argentina. Se reía de mi reformismo universitario y me explicaba esta aparente contradicción de que fuera Yrigoyen quien les hubiera abierto las cátedras a los Maestros de la Juventud y que los Maestros de la Juventud trabajaran a la par de la oligarquía contra Yrigoyen. Él también me explicó el aparente contrasentido de ‘la semana de enero’ y lo de la Patagonia con la simpatía de los anarquistas –que fueron los que pusieron la carne y la sangre de esas matanzas- por el ‘Peludo’. Él fue quien me mostró que, al margen de la sociedad ideal que ellos buscaban había una realidad contingente, en la que había que decidirse en cada oportunidad, y que la opción de todos los días no era entre la teoría abstracta y el hecho concreto, sino entre los hechos concretos. Me mostró lo que representaba históricamente el ‘Peludo’, y aquella alianza de las fuerzas que después entendí eran antinacionales y por lo tanto, antisociales. Él me mostró también los primeros indicios de cuáles eran las fuerzas dominantes en el país, y qué la agitación antiyanqui. Su experiencia social se había hecho en la lucha entre el sindicato y los directorios. ¡Y en los directorios no estaban precisamente los representantes del Águila norteamericana, sino los del León británico que nadie veía!”.

Así –concluirá Jauretche- “una patada aplicada en el momento y el lugar oportuno me dio más enseñanzas sobre la realidad argentina que las bibliotecas enteras que entonces devoraba”.

Alguien podrá dudar de la veracidad de la anécdota. Nosotros no, pero en caso de hacerlo estamos seguros que don Arturo acotaría socarrón: “si non e vero e ben trovato”. Y acaso añadiría: a cuántos progresistas de hoy, de esos que se la saben todas en materia de teoría revolucionaria, les vendría bien una patada a tiempo como la que recibí aquella tarde de mil novecientos veintitantos mientras el viejo Palacios llamaba estentóreamente a la unidad contra el imperialismo yanqui al mismo tiempo que “el león británico comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra”.

*************************************************************************************

*************************************************************************************

III. NO HAY NADA MÁS PELIGROSO QUE UNA REVOLUCIÓN A MEDIAS. NORBERTO GALASSO

Nota de redacción

Al iniciarse el mes de febrero del año en curso el historiador de la Izquierda Nacional Norberto Galasso fue entrevistado para Tiempo Argentino por Mónica López Ocón. Dicha entrevista no es extensa pero si conceptualmente rica, como todo lo que genera Norberto. De ella extraemos y compartimos con nuestros lectores una respuesta que consideramos esencial para la hora que vive nuestra Patria.

–¿La democracia fue una conquista o una mera declinación de los militares en el poder?

–Creo que los militares se complicaron al meterse en el asunto de Malvinas, pero hicieron lo que querían hacer a través de Martínez de Hoz porque, más que los militares, el cerebro del golpe del '76 fue él. Se detuvo el proceso de industrialización, se ató la economía al Fondo Monetario Internacional y se definió la política exterior como "relaciones carnales", es decir, de dependencia total. Además, se sofocó a la clase trabajadora con los contratos basura y todas las medidas antipopulares que se tomaron. Lograron producir las condiciones para que se forjara un grupo de empresas o consorcios que podrían haber sido una burguesía nacional en el sentido de tratar de desarrollar una economía propia, pero no fue así. Macri, Bulgheroni, Pérez Companc casi todos ellos nacen en el '45, '46, '47, '48, pero se vinculan al mercado externo como Tenchint, por ejemplo, que vende la mayor parte de su producción afuera, o Aluar, que también vende la mayor parte afuera. Esto dificulta el pacto social porque a estas empresas les gusta trabajar con salarios bajos y, si venden adentro, necesariamente, les guste o no, tienen que darles a los trabajadores un poder de demanda de compra para poder colocar su mercadería. Si venden afuera, como habitualmente lo hacen Bulgheroni o Pescarmona, el país queda convertido en una factoría en la que hay una clase económica dominante integrada por la Sociedad Rural, industrial en algunos aspectos de estos grandes consorcios y comunicacional en la concentración poderosa de Clarín, por ejemplo. Estos grupos no quieren el protagonismo popular ni la redistribución del ingreso. Ese es, precisamente, el quiebre que se da en 2003, por lo que han apelado y siguen apelando a todo, incluso a lo más cruel y más bajo para no perder sus privilegios que están ligados al gran capital multinacional. Pero hay elementos ciertos para decir que en Estados Unidos y en Europa lo están pasando bastante mal. Hay allí una situación de declinación. Estamos en un momento de cambio y los privilegiados se agarran con uñas y dientes para no perder sus privilegios. Por eso, aquí hay personajes que han pasado de la centroizquierda a la derecha. Periodistas a los que uno les tenía confianza se han convertido en personajes insoportables. Este es un momento difícil en que el campo popular tiene que multiplicar los esfuerzos para lograr que los avances logrados en esta década ganada se profundicen y no se estanquen o se pierdan. Yo suelo recordar una frase de Manuel Ugarte que decía que no hay nada más peligroso que una revolución a medias. Cuando se comienza a hacer cambios, el enemigo empieza a alertarse, a prevenirse. Si los cambios no se pueden profundizar o la dirección del campo nacional no tiene ambiciones de ir más allá, hay grandes peligros de declinación y retroceso.

**********************************************************************************

**********************************************************************************

IV. UN TEXTO DEL GRAN EXPONENTE DE LA IZQUIERDA NACIONAL URUGUAYA VIVIAN TRIAS. PRESENTACION A CARGO DE JUAN CARLOS JARA

En pocas páginas de nuestra historiografía se describe con mayor justeza y claridad el fenómeno del unitarismo rivadaviano (desde lo económico hasta lo político y cultural) como en éstas del profesor uruguayo Vivian Trías. Las hemos extraído de su libro “Juan Manuel de Rosas” (Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1970), uno de los más equilibrados y profundos análisis de la figura del Restaurador y de su régimen, extendido entre 1829 y 1852.
En un momento en que la historiografía académica (y no sólo académica) hacen un culto de la ambigüedad y la deliberada confusión interpretativa (conducente a una suerte de “que se vayan todos” como inexpugnable juicio de la historia) resulta estimulante leer estas páginas del maestro Trías. Entre el fárrago propio de todo acontecer humano, bullente y multifacético, el historiador oriental sabe hacer uso eficaz de una de las principales armas de su profesión: la hermenéutica.
Trías –como muchos historiadores de los ’60 y ‘70- indaga en el proceso histórico nacional e internacional y extrae de él las líneas básicas que convierten al mismo en un todo coherente y lleno de sugerentes incitaciones.
Así, profundizando la concepción alberdiana de que, a partir de 1810, Buenos Aires sustituyó a la metrópoli española en el sometimiento político y económico del Interior, Trías desarrolla el concepto de “satelización” según el cual Buenos Aires, apenas derrotado el fugaz proyecto de Moreno, se convierte en metrópoli con respecto a las ciudades capitales de las restantes provincias y éstas, a su vez, operan del mismo modo en relación con los pueblos diseminados en el interior, pero girando ambas metrópolis o submetrópolis como meros satélites menores alrededor de la gran estrella central: Gran Bretaña. “Así es como esta cadena de metrópolis-satélites o satélites-metrópolis –dice Trías- enlaza a los intereses de la City con el trabajo de los productores rurales, de las peonadas, arrieros, pastores, etc.”. Dentro de esta estructura satelital, de círculos concéntricos, el partido de Rivadavia, o sea de la clase mercantil importadora, jugará un rol fundamental. De eso habla Trías en el fragmento que hemos seleccionado.
Antes de ingresar al texto, apuntemos que Vivian Trías había nacido en la localidad de Las Piedras, departamento de Canelones, R. O. U. en mayo de 1922. Fue diputado nacional y entre 1960 y 1963 se desempeñó como secretario general del partido socialista uruguayo, enfrentándose con la conducción cosmopolita de Emilio Frugoni. En 1970 apoyó la creación del Frente Amplio y fue elegido nuevamente diputado. El golpe militar de junio de 1973 lo despojó de ese cargo y de sus cátedras como docente de filosofía e historia.
Falleció en Montevideo, a los 58 años, el 24 de noviembre de 1980. Quince años más tarde una fundación, entre cuyos miembros iniciales se contaron Tabaré Vázquez, Liber Seregni, Alberto Methol Ferré y José Williman, evoca su nombre y su personalidad.

Juan Carlos Jara

+++++++++++++++++++++++

LOS UNITARIOS

Por Vivian Trías

A la luz de la arquitectura satelizada que le sirve de fundamento, se comprenden diáfanamente los objetivos y los rasgos del unitarismo.
Su concepción de la unidad nacional consiste en un gobierno centralizado en la provincia.-metrópoli y capaz de imponer al conjunto del país su política económica liberal y pro-inglesa. Procuran la unidad nacional, porque pretenden disponer de todo el mercado interno para usufructuar los beneficios de la libre importación y revender hasta en los más alejados confines, las manufacturas fabricadas en Inglaterra.
Piedra angular de su poder es la dictadura monoportuaria.
A excepción de Montevideo, Buenos Aires es el único puerto de ultramar de la nación y su aduana es la principal fuente de recursos financieros del gobierno (sobre todo después de perder las minas altoperuanas en la batalla de Huaqui).
El punto de vista unitario es que el manejo del puerto y las rentas de la aduana son patrimonio exclusivo de Buenos Aires o, mejor de sus clases dominantes.
Esto significa que la producción exportable de las otras provincias ha de pasar, inexorablemente, por el puerto único y ha de rendir su tributo impositivo en la aduana correspondiente. Lo mismo acaece con el flujo de importaciones destinadas al interior.
Supongamos que un vecino de Santiago del Estero compra un poncho inglés importado y paga por él un precio en el cual, por supuesto, se incluye el gravamen aduanero pertinente. Ese gravamen no se acredita a Santiago, por más que sea un santiagueño el que lo pague, sino a Buenos Aires. Lo mismo ocurre con los impuestos de exportación que abaten el precio real percibido por el productor provinciano (es decir que, en definitiva, es dicho productor quien lo paga, ya que el comprador extranjero se ajusta a cotizaciones internacionales inflexibles).
La dictadura monoportuaria actúa, pues, como una bomba de succión financiera sobre las restantes provincias. Traspasa recursos del interior a Buenos Aires, empobrece al interior para enriquecer a Buenos Aires.
Es cierto que las provincias litorales (Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes) podrían zafarse del escamoteo apelando a sus puertos fluviales sobre el Paraná o el Paraguay, pero Buenos Aires, estratégicamente ubicada en la boca de la red fluvial, cierra su navegación a hacha y martillo y obliga a sus hermanas litoraleñas a pasar, también, por las horcas caudinas del puerto único y señor.
En suma, el objetivo medular del unitarismo es aplicar una política económica liberal; lo que coincide, naturalmente, con los intereses esenciales del Imperio Británico. Para ello pretende someter a las provincias interiores y litorales a la hegemonía de Buenos Aires y armar, en esa forma, la unidad nacional sobre la base de la estructura satelizada descrita.
Instrumento primordial, clave, para alcanzar tales metas es el ejercicio de la dictadura uniportuaria y el usufructo provincial exclusivo de las rentas aduaneras. Las restantes provincias quedan, por esa vía, uncidas, dependientes, supeditadas al manejo del comercio exterior que realizan las clases dominantes porteñas.
Por otro lado, el despojo de las rentas aduaneras hace la opulencia de Buenos Aires y el pauperismo de “los trece ranchos” (como se llamó a las provincias pobres). La política de los unitarios cuenta con abundantes recursos financieros y ello explica que haga la guerra civil con ejércitos de línea uniformados y pertrechados a la europea; mientras el interior pelea con montoneras, lanzas y viejas armas de fuego. No es la guerra entre los “civilizados” y los “bárbaros”, sino la guerra entre los “ricos” y los “pobres”.
Tal infraestructura económico-social del unitarismo se refleja puntualmente en sus concepciones ideológicas y políticas, así como en sus hábitos y actitudes.
La interpretación histórica de las luchas intestinas como un enfrentamiento entre la ciudad europeizada y progresista (“la civilización”), y las sociedades rurales atrasadas y primitivas (“la barbarie”), no es otra cosa que la expresión ideológica de las contradicciones de clases e intereses analizados.
Ni la maestría literaria de Domingo Faustino Sarmiento, ha podido evitar el naufragio de criterio tan endeble como falaz.
Desde el punto de vista político se planteó a los unitarios una paradoja insoluble. De acuerdo a las corrientes demo-liberales inspiradas en los filósofos del siglo XVIII, debieron ser firmes partidarios de la república democrática fundada en el sufragio popular. Pero ello estaba fatalmente reñido con sus metas económicas liberales que causaban, inapelablemente, la miseria de las masas.
A poco andar, se apercibieron de que en Europa era muy congruente la práctica conjunta del liberalismo económico y del liberalismo político, puesto que allí el capitalismo y la burguesía eran esencialmente nacionales y venían a desmantelar al perimido orden feudal.
Pero en los países dependientes y semicoloniales, la burguesía se apoya en el capital extranjero y sirve en la función de explotar a su propio pueblo hasta los últimos extremos. Las contradicciones de clase tienden, de esa manera, a atenuarse en la metrópoli y a agudizarse en las colonias.
O sea, que en éstas el liberalismo económico y el liberalismo político son inconciliables.
Por eso los unitarios involucionaron de sus liminares arrebatos populares de los días de Mayo, a postular gobiernos de élite, abjurando del sufragio universal y terminaron convirtiéndose en monárquicos desesperados a la búsqueda de un príncipe de segundo, o tercer orden, para coronar en el Plata, con tal que trajera recursos suficientes para someter a las masas sublevadas.
La alienación unitaria se extendió a sus preferencias literarias, a su afán imitativo de las modas europeas, a sus costumbres y lenguaje.
Intentaban remedar, en la tierra natal, un mundillo europeizante con el cual soñaban hasta el delirio.
Así se distanciaron tan abismalmente del pueblo y sus necesidades, que éste llegó al odio y al desprecio por los “hombres de casaca negra”.
En conclusión: la solución unitaria a la cuestión de la organización nacional no conducía a la creación de una nación soberana, dueña de su destino y capaz de desarrollarse económicamente, sino a una semicolonia y a esa situación deformante y enajenada que hoy designamos subdesarrollo.

*********************************************************************************

*********************************************************************************

V. VIDEO: LA OTAN EL BRAZO ARMADO DEL IMPERIO. DOCUMENTAL DE TELESUR TV

https://www.youtube.com/watch?v=d3khYwOoqxc#

************************************************************************************

*************************************************************************************

VI. CORREO DE LECTORES

Julio Real

20 de agosto.

A los compañeros que realizan esta prestigiosa publicación, que tanto ayuda a forjar una conciencia nacional-latinoamericana deseo expresarles mis más absoluta solidaridad ante los hechos acaecidos. Por información recogida en facebook me he enterado de un hackeo del que casi con seguridad han sido víctimas. Nada extraño si uno recorre los números de la publicación. Los temas planteados, los posiciones que asumen ante ellos y el compromiso permanente con las fuerzas del espacio nacional los convierten en enemigos de los que siempre han actuado en nuestro país como patrones de estancia.

La consigna de la hora es no aflojar. El gaucho nunca afloja! Hoy más que nunca se impone dar batalla sin cuartel contra los enemigos de la patria. No están solos. Cada uno apoya como pude y desde donde puede. En mi caso estoy para lo que se necesite. Por lo pronto me pareció importante enviar unas breves pero sentidas palabras de apoyo. Fuerza compañeros y gracias por tanta dedicación en esta noble y tan necesaria tarea que realizan.

Un saludo militante

Leyendo el CUADERNO DE LA IZQUIERDA NACIONAL Nº47

Ruben Dario Peretti

22 de agosto.

Mendoza, 22 de Agosto de 2014

Leyendo el CUADERNO DE LA IZQUIERDA NACIONAL Nº47, me surgieron varias preguntas.

Así en el artículo: “Grandes causas que convocan a la unidad nacional. Por Alberto J. Franzoia me surge:

¿Si hubiéramos desarrollado la Patagonia los malvinenses hubieran ido a comprar sus cosas a Inglaterra o a la Argentina? Los territorios también se conquistan con el comercio.

¿Si el Congreso Nacional hubiera auditado nuestra deuda externa, estaríamos preocupados por la resolución del Juez estadounidense Griesa?

¿Hoy el imperialismo no lo forman las empresas trasnacionales y el gran capital financiero?

¿Hoy la oligarquía nativa no la forma cada gobierno, y lo que desapareció fue la oligarquía terrateniente?

¿Si bien “Argentina no solicitó nuevos créditos a los organismos usureros del imperialismo”, no se siguió endeudando?

¿La unidad nacional no se gesta desde la cabeza de la civilidad? Y ¿No se debe dar el ejemplo desde el gobierno?

Y en la pregunta que hace el artículo: “¿Cómo es posible que una corte estadounidense tenga jurisdicción desde 1976 sobre nuestra deuda externa?” ¿Será porque nuestra democracia no quiso auditar la deuda externa?

En el artículo “Mitre: pluma, espada, impunidad”. Por Juan Carlos Jara. Me surgió algo que tal vez no vaya con el tema. Pero ¿Si Mitre manejaba con gran “impunidad la pluma” e interpretó una historia, no se asemeja con los que no reconocen el pasado y hacen descolgar los cuadros de quienes nos gobernaron en algún momento?

La visita de Hobsbawm no trajo claridad política por Jorge E. Spilimbergo. Si bien ha pasado mucho tiempo, la historia nos hizo ver que el comunismo fracasó (URSS), como también fracasó el capitalismo salvaje, luego:

¿No es “acuciante” que la economía de un país (y del mundo) esté al servicio de la persona humana?

Inicio de sesión