CUADERNO DE LA IZQUIERDA NACIONAL Nº16

DIRECCIÓN ALBERTO J. FRANZOIA
EDITA: RAÚL ISMAN
AÑO 2- 2013

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(Mayo 1 de 2013)

Cuaderno nº16 (mayo 1 de 2013):

1. Editorial. Mario Vargas Llosa: nuevos aportes al manual del cipayo latinoamericano. Por Alberto J. Franzoia.

2. Perón y la justicia social. A propósito del Primero de Mayo. Por Juan Carlos Jara

3. Vivian Trías (1922). Por Carlos Real de Azúa

4. La unidad de la América Indo-Española. Por José Carlos Mariátegui

5. Video: Juan Vattuone interpreta “Amalia la de Malabia”

1. EDITORIAL:

MARIO VARGAS LLOSA: NUEVOS APORTES AL MANUAL DEL CIPAYO LATINOAMERICANO

Por Alberto J. Franzoia

Mario Vargas Llosa es un hombre que se jacta de ser afecto al cambio, pero nunca a las revoluciones populares. Nacido en Perú prefiere vivir en Europa y posar de europeo. Alguna vez fue un joven “rojo” `por breve tiempo, hasta que luego descubrió mejores posibilidades para su futuro desempañándose como intelectual orgánico de las clases acomodadas. De escritor de ficciones pasó a convertirse en uno de los candidatos a presidente de Perú impulsado por sectores de la oligarquía nativa y la burguesía de los países imperialistas. Luego, de regreso de aquel fallido intento, volvió a lucir el ropaje que mejor le sienta: escritor de habla hispana y origen latinoamericano pero definitivamente ajeno a la realidad de la mayoría de sus compatriotas.

La escasa fortuna que tuvo en el terreno político no se asemeja a la que le deparó el mundo literario. Allá por 2006, en el programa de la televisión española “El loco de la colina”, a cargo de ese enorme entrevistador que es Jesús Quintero, Vargas Llosa reconoció que es un escritor con suerte ya que su obra encontró el apoyo de algunos editores, sobre todo españoles como Barral, durante los años sesenta, una década en la que la literatura latinoamericana se convirtió en moda. Y podríamos agregar que a diferencia de otro escritor latinoamericano, también consagrado e igualmente ajeno a su pueblo, como Jorge Luis Borges, fue beneficiado con el Premio Nobel de Literatura en 2010.

Sin embargo el laureado escritor no se conforma sólo con hacer literatura e intentar el acceso a la presidencia del país en que nació; ya que no puedo ejercer como primer mandatario, se ha especializado ahora en realizar análisis y hasta diagnósticos, que él considera “rigurosos”, sobre la conquista y ejercicio del poder. En ese mismo programa de Quintero del 2006 había manifestado su sentida preocupación porque en algunos países de América Latina se estaba experimentando un retroceso histórico, ya que: “están regresando los populismos”. Y agregó: “El caso más problemático es Chávez en Venezuela”, pues allí la democracia se ha transformado sólo en una fachada. Según sus medulares estudios sobre el tema, la historia nos demuestra que el populismo con sus nacionalizaciones “genera miseria” en los sectores populares y a su vez crea “condiciones para los golpes de estado”. Raro ¿no? Pero nada de lo que este escritor afirme en cuestiones políticas puede sorprender, ya que alguna vez (allá por fines de los ochenta principios de los noventa) identificó la teoría de la dependencia con las dictaduras oligárquicas del cono Sur, lo que constituye un verdadero despropósito solo igualado por el maoista PCR (Partido Comunista Revolucionario) de Argentina, cuando acusó a la dictadura neoliberal de Videla por sus supuestas simpatías soviéticas.

En realidad cada vez que Mario Vargas Llosa produce palabras para que el mundo conozca su forma de pensar la política y lo político no deja de producir perlas de colección para el manual del cipayo latinoamericano. Como se recordará Arturo Jauretche recurrió al concepto cipayo para referirse a aquellos nativos que actúan para favorecer en su propia tierra los intereses del imperialismo, construyendo una analogía con lo ocurrido en el Imperio Británico, donde se conocía como cipayo a aquellos nativos de la India reclutados como generales al servicio del poder inglés.

Como Don Mario no tiene límites ni el menor pudor a la hora de realizar el trabajo sucio en el terreno ideológico para sus amos imperiales, no duda ahora en escribir una nota a modo de homenaje a la recientemente desaparecida dama de hierro Margaret Thatcher. La publica, desde ya, La Nación , el diario que nos legó otro cipayo, como Bartolomé Mitre, para nutrir a su clase oligarca e idiotizar a sectores medios que no pertenecen ni pertenecerán jamás a la misma. El artículo está fechado el 22 de abril de 2013 y allí el escritor peruano se despacha con afirmaciones como las siguientes:

“Estaba en la Bolsa de Córdoba, en la Argentina , con mi hijo Álvaro, dialogando con un grupo de empresarios y profesores sobre los problemas de América latina, cuando nos avisaron que había muerto Margaret Thatcher. Con esa vocación suicida que de tanto en tanto manifiesta, Álvaro dijo que, sin querer por ello ofender al auditorio, se sentía obligado a rendir un homenaje a la "dama de hierro", que había marcado fuertemente su juventud. Hubo un rumor reprobatorio, pero, en general, el público reaccionó con una soberbia compostura británica, si puedo decirlo así. Sólo al terminar el acto, una dama nos recordó el cruel e inútil hundimiento del Belgrano por la Royal Navy durante la Guerra de las Malvinas en 1982.Yo también pasé casi todos los años de Margaret Thatcher en el Reino Unido y a mí también lo que ella hizo me marcó profundamente. Todavía está presente en cosas que creo y defiendo, y que me hacen decir que soy un liberal”…

Más adelante agrega: “Pocos políticos me han producido el respeto que he sentido por la gran Dama, porque pocos he conocido que, como ella, dijeran siempre lo que creían e hicieran siempre lo que decían. Creía en la libertad, en el individuo soberano, en la ética calvinista del trabajo, en el ahorro, en valores morales como sustento de las instituciones y en el escrupuloso respeto a la ley. Era hija de un modesto bodeguero de Grantham y pudo tener una educación de alto nivel únicamente gracias a su inteligencia, a su espartana disciplina y a su esfuerzo”.

Vargas Llosa da cuenta en su homenaje de las veces que vio a su admirada Dama, y en dos de ellas reitera sutilmente su nunca ocultada identificación con conductas obsecuentes hacia el imperialismo: “Todavía la vi dos veces más, ya fuera del gobierno. La primera, en Washington, a su regreso de Chile, donde en medio de una conferencia, había tenido un desfallecimiento. Se la veía callada y abatida; en cambio, su esposo, había contraído en el curso de esa gira un horror santo por el Nuevo Continente y despotricaba sin el menor embarazo contra "los mexicanos", en los que, me pareció, englobaba a todos los latinoamericanos sin excepción”. A renglón seguido agrega: “Pero la última vez que la vi, estaba animosa, comunicativa y risueña. Yo había acompañado a su casa a un grupo de cubanos del exilio que querían invitarla a Miami a dar una conferencia. Se tomó tres whiskies e hizo observaciones muy divertidas sobre lo que ocurría en América latina. También hizo bromas. Nos acompañó hasta la puerta y, al despedirse, de pronto levantó el puño como una muchachita revolucionaria y lanzó una consigna: "We must undermine Castro!" (¡Tenemos que socavar a Castro!)”.

En la primera referencia Don Mario no parece tener objeción alguna para el despectivo comentario del esposo de la Dama hacia los latinoamericanos, es más, se podría sospechar sin mayores esfuerzos que, palabras más palabras menos, él piensa parecido a este inglés reaccionario. En la segunda referencia aparece su tema predilecto por décadas y su plena coincidencia con el pensamiento del amo: derroquemos a Castro (y al castrismo) como sea. ¿Será con esos métodos democráticos tan caros a un liberal?

Sobre el cierre de este lamentable homenaje a una de las peores enemigas que ha tenido el proceso de liberación de la Patria Grande afirma: “Si no hubiera sido en buena parte por ella, la dictadura militar argentina seguiría tal vez en el poder, aumentando su prontuario de crímenes. La lista de sus realizaciones y logros cubriría muchas páginas”. Le faltó agregar que, aunque cruel e inútil, el hundimiento del Belgrano se hizo en nombre de una buena causa: la democracia mundial.

Álvaro, el hijo de Don Mario, tan cipayo como su padre pero sin gran talento a la hora de escribir, produjo en 1996 con Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner el “Manual del perfecto idiota latinoamericano”. En el mismo se sostiene que la predominante mentalidad tercermundista, nacionalista y hasta socialista en políticos e intelectuales latinoamericanos es la responsable del populismo y por lo tanto de nuestro histórico subdesarrollo. Ejemplos paradigmáticos: el peronismo y el castrismo (ya que Chávez aún no existía como gobernante). El texto intenta demostrar que sólo con una gestión auténticamente liberal se puede salir de esa situación decadente. El prólogo, como no podía ser de otra manera, es de Vargas Llosa padre.

Cabe acotar que a la hora de escribir manuales podemos hallar, tanto en la obra citada como en las frecuentes intervenciones en los medios y en otras publicaciones de sus autores, abundantes páginas para nutrir otro texto de la misma categoría pero signo ideológico contrario: el del perfecto cipayo latinoamericano. Desde luego Mario Vargas Llosa colabora desde tiempos inmemoriales, como lo demuestra su continuo exceso de verbo, tanto oral como escrito, con algunos de los más logrados aportes.

La Plata, 1 de mayo de 2013

2. PERON Y LA JUSTICIA SOCIAL

A propósito del Primero de Mayo

Por Juan Carlos Jara

(1) En exclusividad para Cuaderno de la Izquierda Nacional

No es necesario acudir a cifras o datos estadísticos, por otra parte siempre propensos a la manipulación interesada, ni tampoco resultará imprescindible indagar en el memorable “Informe sobre las clases trabajadoras argentinas” que en 1904 presentó al gobierno de Roca el médico catalán Bialet Massé o en los trabajos que, desde distintos ámbitos del espectro político, dieran a luz ensayistas como Alejandro Bunge, Alfredo Palacios o José Luis Torres.

Bastaría, creemos, con revisitar la memoria popular presente, por ejemplo, en la letrística del tango, por algo denostada por la intelectualidad bienpensante de la época, o, en su defecto, recorrer algunos de los relatos de lúgubres tonalidades con que los escritores de Boedo denunciaron las lacras imperantes en aquella sociedad de minorías opulentas y mayorías misérrimas, para comprobar que la justicia social, es decir, la presencia del estado en la defensa de los sectores más vulnerables del pueblo, brilló por su ausencia en aquella Argentina de la primera mitad del siglo XX; esa Argentina plasmada en toda la magnitud de su inequidad social en los libros de Castelnuovo, Olivari, Barletta o Enrique González Tuñón y sintetizada en pasajes como éste, contundente, del tango “Acquaforte”, de Horacio Pettorossi y Juan Carlos Marambio Catán:

Un viejo verde que gasta su dinero

emborrachando a Lulú con su champán,

hoy le negó el aumento a un pobre obrero

que le pidió un pedazo más de pan.

Esa Argentina, mezcla obscena de despilfarro oligárquico y secular penuria popular, retratada por los versos de “Acquaforte”, comenzó a morir en la primavera de 1943, cuando Juan Domingo Perón, por entonces un ignoto coronel del arma de Infantería, se hace cargo del Departamento Nacional del Trabajo.

Desde ese oscuro ámbito burocrático, convertido desde noviembre de 1943 en Secretaría de Trabajo y Previsión –génesis del actual Ministerio de Trabajo-, Perón desplegará una política de reparación social sin parangones en la historia del país.

Medidas concretas como la incorporación de dos millones de personas a los beneficios del régimen jubilatorio, la creación de los tribunales de trabajo, el derecho al sueldo anual complementario, la extensión a todos los trabajadores de las leyes de despido, accidentes de trabajo y salario mínimo, y las vacaciones pagas o el revolucionario Estatuto del Peón, resistido con igual ardor por la Sociedad Rural y el Partido Comunista, fueron la “realidad efectiva” que los trabajadores argentinos debieron a la iniciativa de Perón.

O, mejor dicho, fueron parte de esa realidad, ya que, para medir en su auténtica dimensión la tarea realizada, hay que considerar aspectos menos tangibles, pero no por eso menos importantes y trascendentes, como la autoconciencia de la propia dignidad personal y sobre todo colectiva que los trabajadores recuperaron gracias al accionar del coronel.

A su accionar y a su palabra, bueno es aclararlo, ya que en todas sus alocuciones siempre se halla presente la preocupación por acortar la distancia social que separaba a la masa popular “de pata al suelo” de las “fuerzas vivas” o sectores tradicionalmente dominantes, a los que el mismo Perón desmitificaba llamándolos “los vivos de las fuerzas”.

“Hay que observar que los sabios rara vez han sido ricos y los ricos rara vez han sido buenos”, decía en discurso del 15 de octubre de 1944. Y agregaba: “Nosotros realizamos leal y sinceramente una política social, encaminada a dar al trabajador un lugar humano en la sociedad. Lo tratamos como hermano y como argentino”.

En ese contexto, máxime teniendo en cuenta desde dónde se arribaba a él, resulta explicable, y por qué no retrospectivamente regocijante, la preocupación expresada por un grupo de comerciantes e industriales opuestos a Perón, cuando afirmaban: “el Secretario de Trabajo, con sus reformas, es quien amenaza los fundamentos del orden existente”.

Evidentemente, estos representantes de las “fuerzas vivas” exageraban, lo mismo que quienes tildaban de “comunistas” las medidas del enfático coronel. Cerrar el paso a las más elementales reivindicaciones sociales y económicas, a sabiendas de que las mismas no llevan consigo un intento de modificación radical de las estructuras económicas del país es una vieja táctica de esas fuerzas. Se trata así de hacer alharaca ante medidas en principio asimilables por el sistema capitalista pero que, al mismo tiempo, pueden poner en entredicho, en la mentalidad de sus subordinados, el supuesto derecho de aquellos a ser los amos de la sociedad.

Por eso, un hombre de la Sociedad Rural , Luis Gustavo Lanusse, escribía en julio de 1945: “La suba de salarios y demás exigencias estatutarias no sólo se aprecia por el equivalente efectivo que impone, sino por un relajamiento de la disciplina, y más aun por el menor rendimiento humano, como consecuencia de la falta de interés, displicencia y estímulo personal de superación”.

Claro, el “pobre obrero” del tango había dejado de serlo. Ahora era un obrero a secas, conciente de su situación y seguro de su valer y de su destino.

(*) http://www.redaccionpopular.com/secciones/cuadernos-de-la-izquierda-naci...

3. VIVIAN TRÍAS (1922) (1)

Por Carlos Real de Azúa

Dibujábase en páginas anteriores, sobre el ejemplo de Emilio Frugoni, el

perfil de un socialismo que cabría llamar “novecentista”, de inspiración

europea, de modales cultos e intelectuales, de propensión esencialmente

parlamentaria y pacífica, de aceptada radicación urbana, de vocación

educadora. Se podría marcar ahora, desde el nombre de Vivian Trías, otro tipo

de acción política que progresivamente lo reemplazó a medida que nuevas

generaciones fueron adviniendo a los cuadros partidarios y diversas

circunstancias fueron empolvando, hasta la irremediable vetustez, muchos

modos, muchas fórmulas de tres o cuatro décadas antes. Y dígase ahora, antes

de seguir, que el traspié electoral de las nuevas maneras políticas que Trías y su

generación contribuyeron a promover es posible (y tal vez es seguro) que no

obligue a revisar lo mucho que de dado, de ya fijado, de irrevocable tal

contraste de concepciones tiene.

Nuestra antología del ensayo contemporáneo en el Uruguay no ha

querido asumir la riesgosa, prematura tarea de ser una historia de nuestras

ideas políticas en lo que va del siglo pero, al margen de lo tanto puramente

rutinario, inarticulado que nuestras grandes máquinas partidarias ostentan,

hay, en algunos grupos políticos o parapolíticos, dilemas de acción, de enfoque

de doctrina que resultan absolutamente inseparables de esa “temática de lo

nacional” que, ella sí, es materia eminente de un libro de la índole de éste.

Otras consideraciones habría que hacer por tanto en torno a la

significación —incluso extra o meta-política— de aquella “apertura a lo

nacional”, y a sus errores. A las trabas representadas por la supervivencia de las

antiguas “idealidades”. A su suscitación en la realidad de un continente en el

que un golpe de inspiración, de magia personal o de oportunidad levanta,

fervorosas, millones de adhesiones. A su conclusiva advertencia sobre el error

de concentrar todo esfuerzo en planos puramente electorales y parlamentarios.

Trías, en suma, reenderezando la noticia a él, puede representar, mejor

que cualquier otra figura de sus coetáneos, ese momento especialísimo en que

una conciencia política y partidaria revisa todas sus técnicas porque es la visión

de la realidad sobre la que ellas deben incidir la que ha cambiado, dando no

sólo signo distinto al futuro (ese futuro en que siempre sus predecesores

hallaban lenitivo refugio), sino, y también, al presente y pasado mismos.

La primacía asignada al problema de la reforma de las estructuras

agrarias, el antiimperialismo documentado y cabal, el interés por llegar a una

concepción válida de nuestro ayer (de alcanzarla en forma de que se cohoneste

en una tradición de luchas, victorias y, sobre todo, frustraciones), las tareas

actuales de la militancia: todo ello constituye el tema de los libros que Trías ha

publicado en breve lapso pero que se perciben madurados en fértiles,

empecinados años de formación. “El imperialismo en el Río de la Plata ”

(Buenos Aires, 1960) es el título relativamente impreciso del contenido de dos

estudios que Trías publicara originariamente en NUESTRO TIEMPO (n

os3 y 5) sobre “Raíces, apogeo y frustración” y “Estancamiento y crisis interna de la

Burguesía nacional, uruguaya”. “Las montoneras y el Imperio británico” (1961)

lleva hacia los orígenes de la nacionalidad los planteos de segunda mitad del

XIX del anterior, completándolos así. “El Plan Kennedy y la revolución

latinoamericana” (1961) y “Reforma agraria en el Uruguay” (1962), adelantado

en un largo estudio inserto en TRIBUN A UNIVERSITARIA (nº 8), representan,

en la forma del libro, sus dos sustanciales enfoques del presente en lo interno y

lo externo.

Tiene Trías además una extensa labor estampada en EL SOL y varios

nutridos estudios no recogidos, (que se sepa) en libro: “Situación actual del

capitalismo” (REVISTA DEL CENTRO DE ESTUDIANTES DE DERECHO,

setiembre de 1958), “Preguntas y respuestas al Atlántico Sur” y “El

imperialismo en el Uruguay”, ambos en TRIBUNA UNIVERSITARIA (n

os 4 y 5).

Desde muy joven, puede recordarse, se había marcado en Trías la

vocación literaria, que vio premiada en 1939 (a los diecisiete años) su

“Cuaderno de vacaciones” y le dictó años después algunas colaboraciones en la

REVISTA NACIONAL de Montero Bustamante (“Consejos del Viejo Vizcacha” (n° 54) y “El peine de carey” (nº 159), un cuento feérico de reyes y princesas).

Hacia la época de sus trabajos realmente importantes, tenía Trías quince

años de militancia en su partido (al que se afilió en 1946) y, desde 1948, cumplía

tareas de profesor liceal de historia y filosofía, excelente oportunidad de afinar

y ampliar la base doctrinal que sus posteriores emprendimientos necesitarían.

En 1956 ingresó a la Cámara de Diputados como suplente del Dr. Mario

Cassinoni y de nuevo electo para el período 1958-1962 fue el Secretario general

del Partido Socialista y su doctrinario más activo. La derrota de la Unión

Popular le arrastró y, teniendo sufragios de sobra para ser legislador, los

artilugios de nuestra ley electoral y nuestras malas costumbres políticas

privaron al parlamento —hasta 1966— de uno de los uruguayos más

documentados y brillantes que hayan pasado por él.

Demás está decir que no todos los trabajos mencionados penetran en el

campo, en cierto modo restringido, del ensayismo y, aun de lo que de éste

sobreviviera a un expurgo, deberá dejarse de lado, por razones ya expuestas, la

parte enderezada hacia el pensamiento histórico.

Tanto en unos como otro sectores de su obra, aún los más embarazados

de cifras, Trías es un escritor ágil, incisivo, certero. Puede observarse, sin

embargo, en sus textos de análisis
económico-social, cierto apresuramiento en la

composición, realizada generalmente por ensamble de materiales previos,

informaciones veraces pero no siempre suficientemente depuradas y una

utilización demasiado copiosa de material periodístico, aunque este resulte

eficaz y hasta impresionante por las fuentes en que es espigado. Están, sobre

todo, estos rasgos en su libro sobre la Reforma Agraria en el Uruguay (que

contiene, sin embargo, un admirable estudio sobre la comercialización de

nuestro productos básicos) y en la obra sobre el “plan Kennedy”, demostración

apresurada aunque de sustancial acierto sobre las fuerzas que tienden a hacer o

innocuas o negativas las promesas, los propósitos ambiguos en sí (véase noticia

sobre Luis H. Vignolo) que la situación mundial y del continente ha arrancado a

los dirigentes responsables de los Estados Unidos.

Abreviaría una caracterización ideológica, ya relativamente predecible,

decir que el controvertido estilo socialista de Trías se parece más —se halla más

cercano en modos y temáticas— a los movimientos nacionales, populares,

agraristas y antiimperialistas de los países del Tercer Mundo que de los

edulcorados, bien ritmados socialismos europeos en que el socialismo de

Frugoni se inspiraba. Si, como se decía, el pensamiento de Frugoni no dejaba de

contar con la fuerza de protesta antiimperialista y hasta el “buen nacionalismo”,

resulta empero evidente que los marginalizaba en pro de un universalismo

clasista moralizador e inequívocamente rígido. En cambio (y aunque Trías no

parezca haber llevado hasta su último extremo muchas de sus inferencias)

puede observarse que el socialismo que él representa tiende a asumir y, sobre

todo, no se apura a descalificar con los rótulos de “bárbaro”, “totalitario”,

“caudillesco” o “militarista” el carácter
policlasista, y borroso, —y “personal”

— que muchos empujes antioligárquicos y anticoloniales tienden a presentar en

América, y otras partes. En esta voluntad de “asunción” (y a lo que

analógicamente, como inspiración táctica, pueda contener) debe considerarse

que obedece el archivo (o la voluntad de él) de muchas modalidades que ya se

han explanado aquí o en otras oportunidades (ver noticias sobre Emilio Frugoni

y Servando Cuadro).

En los últimos tiempos, el socialismo de Trías, sin revisión manifiesta de

estos anteriores supuestos, parece volverse más a un carril clasista y marxista (y

al “unionismo” táctico), tendencias que notoriamente contribuyen a robustecer

la aceptación comunista de la “multiplicidad
de caminos” hacia el socialismo, la

creciente autonomización de los movimientos de lucha nacionales y la decisiva

importancia asignada a las corrientes pluriclasistas de emancipación social.

También habría que sumar a todo esto la mayor flexibilidad ideológica que

implican (inevitablemente) las mismas disputas de tal índole entre los partidos

mayores del mundo comunista. En una palabra (y aunque muchos no quieran

reconocerlo): que si hay una cercanía mayor entre las variantes marxistas ésta

no se determina por el movimiento en una sola dirección, como antes ocurría. Y

decir más, ahora sí, sería desviar el rumbo de esta antología.

En verdad, y como podrían demostrarlo varios y serios planteos (caso del

de EL SOL, del 22 de diciembre de 1961, nº 92), Trías presenta una fidelidad al

marxismo tan firme como la que creían profesar los viejos socialistas. Pero

mientras se puede afirmar que Frugoni y los hombres de su generación llegaban

a “lo nacional” desde su adscripción a una ideología universal y no dejaban de

mirar (como ya se recordó) las modalidades psicosociales del criollo con un

gesto entre conmiserativo y desdeñoso es, por una especie de giro copernicano,

“desde” lo nacional que se afirma una voluntad revolucionaria en el caso de

Trías, encontrándose “entonces” en el marxismo el instrumento interpretativo

para servirla. (Esta es la ordenación lógica, aunque pueda no ser, siempre, la

psicológica).

Tal vez su origen familiar (jefes divisionarios de Saravia entre sus

antecesores) sea el que importe en él una comprensión y simpatía por lo

campesino, por lo específicamente criollo que hace de su evocación de las

montoneras, de las lanzas traicionadas algo más que un estribillo táctico

vistoso; tal vez, también, él sea quien da a su aceptación del hecho nacional

(irrevocable, positivo) un radicalismo y calidez esenciales.

(1) ANTOLOGÍA DEL ENSAYO URUGUAYO CONTEMPORÁNEO, Tomo II. Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República , Montevideo, Uruguay, 1964, pp. 583-587.

Fuente en Internet: http://www.archivodeprensa.edu.uy/biblioteca/carlos_real_de_azua/textos/...

4. LA UNIDAD DE LA AMÉRICA INDO-ESPAÑOLA (1)

Por José Carlos Mariátegui

Escrito: en 1924

Los pueblos de la América española se mueven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América Hispana. Los métodos de colonización de los españoles solidarizaron la suerte de sus colonias. Los conquistadores impusieron a las poblaciones indígenas su religión y su feudalidad. La sangre española se mezcló con la sangre india. Se crearon, así, núcleos de población criolla, gérmenes de futuras nacionalidades. Luego, idénticas ideas y emociones agitaron a las colonias contra España. El proceso de formación de los pueblos indo-españoles tuvo, en suma, una trayectoria uniforme.

La generación libertadora sintió intensamente la unidad sudamericana. Opuso a España un frente único continental. Sus caudillos obedecieron no un ideal nacionalista, sino un ideal americanista. Esta actitud correspondía a una necesidad histórica. Además, no podía haber nacionalismo donde no había aún nacionalidades. La revolución no era un movimiento de las poblaciones indígenas. Era un movimiento de las poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución Francesa había generado un humor revolucionario.

Mas las generaciones siguientes no continuaron por la misma vía. Emancipadas de España, las antiguas colonias quedaron bajo la presión de las necesidades de un trabajo de formación nacional. El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto romántico; sus conductores y animadores, hombres de excepción. El idealismo de esa gesta y de esos hombres había podido elevarse a una altura inasequible a gestas y hombres menos románticos. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la unidad de la América Ido-española. Acontecía, al mismo tiempo, que unos pueblos se desarrollaban con más seguridad y velocidad que otros. Los más próximos a Europa fueron fecundados por sus inmigraciones. Se beneficiaron de un mayor contacto con la civilización occidental. Los países hispano-americanos empezaron así a diferenciarse.

Presentemente, mientras unas naciones han liquidado sus problemas elementales, otras no han progresado mucho en su solución. Mientras unas naciones han llegado a una regular organización democrática, en otras subsisten hasta ahora densos residuos de feudalidad. El proceso del desarrollo de todas las naciones sigue la misma dirección; pero en unas se cumple más rápidamente que en otras.

Pero lo que separa y aísla a los países hispanoamericanos, no es esta diversidad de horario político. Es la imposibilidad de que entre naciones incompletamente formadas, entre naciones apenas bosquejadas en su mayoría, se concerte y articule un sistema o un conglomerado internacional. En la historia, la comuna precede a la nación. La nación precede a toda sociedad de naciones.

Aparece como una causa específica de dispersión la insignificancia de los vínculos económicos hispano-americanos. Entre estos países no existe casi comercio, no existe casi intercambio. Todos ellos son, más o menos, productores de materias primas y de géneros alimenticios que envían a Europa y Estados Unidos, de donde reciben, en cambio, máquinas, manufacturas, etcétera. Todos tienen una economía parecida, un tráfico análogo. Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países industriales. Entre los pueblos hispanoamericanos no hay cooperación; algunas veces, por el contrario, hay concurrencia. No se necesita, no se complementan, no se buscan unos a otros. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europea y norteamericana.

Por muy escazo crédito que se conceda a la concepción materialista de la historia, no se puede desconocer que las relaciones económicas son el principal agente de la comunicación y la articulación de los pueblos. Puede ser que el hecho económico no sea anterior ni superior al hecho político. Pero, al menos, ambos son consustanciales y solidarios. La historia moderna lo enseña a cada paso. (A la unidad germana se llegó a través del zollverein. El sistema aduanero que canceló los confines entre los Estados alemanes, fue el motor de esa unidad que la derrota, la post-guerra y las maniobras del poincarismo no han conseguido fracturar. Austria-Hungría, no obstante, la heterogeneidad de su contenido étnico, constituía, también, en sus últimos años, un organismo económico. Las naciones que el tratado de paz ha dividido de Austria-Hungría resultan un poco artificiales, malogrando la evidente autonomía de sus raíces étnicas e históricas. Dentro del imperio austro-húngaro la convivencia había concluido por soldarlas económicamente. El tratado de paz les ha dado autonomía política pero no ha podido darles autonomía económica. Esas naciones han tenido que buscar, mediante pactos aduaneros, una restauración parcial de su funcionamiento unitario. Finalmente, la política de cooperación y asistencia internacionales, que se intenta actuar en Europa, nace de la constatación de la interdependencia económicamente de las naciones europeas. No propulsa esa política un abstracto ideal pacifista sino un concreto interés económico. Los problemas de la paz han demostrado la unidad económica de Europa. La unidad moral, la unidad cultural de Europa no son menos evidentes; pero sí menos válidas para inducir a Europa a pacificarse.)

Es cierto que estas jóvenes formaciones nacionales se encuentran desparramadas en un continente inmenso. Pero, la economía es, en nuestro tiempo, más poderosa que el espacio. Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las distancias. La exigüidad de las comunicaciones y los transportes es, en América indo-española, una consecuencia de la exigüidad de las relaciones económicas. No se tiende un ferrocarril para satisfacer una necesidad del espíritu y de la cultura.

La América española se presenta prácticamente fraccionada, escinda, balcanizada (1). Sin embargo, su unidad no es una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia hispano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista, más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. hay, entre uno y otro, diferencias de matiz más que de color.

De una comarca de la América española a otra comarca varían las cosas, varía el paisaje; pero no varía el hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo, el hombre. La economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su historia es, en su esencia, la historia del hombre.

La identidad del hombre hispano-americano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas ideas, los mismos sentimientos circulan por toda la América indo-española. Toda fuerte personalidad intelectual influye en la cultura continental. Sarmiento, Martí, Montalvo, no pertenecen exclusivamente a sus respectivas patrias; pertenecen a Hispano- América. Lo mismo que de estos pensadores se puede decir de Darío, Lugones, Silva, Nervo, Chocano y otros poetas. Rubén Darío está presente en toda la literatura hispanoamericana. Actualmente, el pensamiento de Vasconcelos y de Ingenieros son los maestros de una entera generación de nuestra América. Son dos directores de su mentalidad.

Es absurdo y presuntuoso hablar de una cultura propia y genuinamente americana en germinación, en elaboración. Lo único evidente es que una literatura vigorosa refleja ya la mentalidad y el humor hispano-americanos. Esta literatura - poesía, novela, crítica, sociología, historia, filosofía - no vincula todavía a los pueblos; pero vincula, aunque no sea sino parcial y débilmente, a las categorías intelectuales.

Nuestro tiempo, finalmente, ha creado una comunicación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las juventudes hispano-americanas la emoción revolucionaria. Más bien espiritual que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó a la generación de la independencia. Ahora como entonces la emoción revolucionaria da unidad a la América indo-española. Los intereses burgueses son concurrentes o rivales; los intereses de las masas no. Con la Revolución Mexicana , con su suerte, con su ideario, con sus hombres, se sienten solidarios todos los hombres nuevos de América. Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.

(1) Primera edición: En Variedades, Lima, 6 de diciembre de 1924.
Preparado para el Internet: MIA, mayo de 2000

Fuente en Internet: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/1924/jul/06.htm

5. JUAN VATTUONE INTERPRETA “AMALIA LA DE MALABIA ”

https://www.youtube.com/watch?v=eGVWQ7BG_ZY