Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto? (Sexta Parte).

(Julio Carmona)

1.1.2 Raúl Arancibia, coprotagonista o antagonista de TF

Ya hemos visto que la presencia de este personaje se mantiene en suspenso, desde las primeras páginas, es decir, que su existencia solo se va insinuando. La primera alusión más directa se da en la p. 87: «Así transcurría esa larga primavera hasta que alguien (que había retornado con retraso del destierro) vino y me dijo: ‘Ya basta de pajas, ¿qué estás haciendo por la revolución?’.» (sic). Y ahí mismo agrega: «No sé cuántas tazas de café tomamos en la Tiendecita Blanca del jirón Azángaro ni la cantidad de puchos que fumamos. Después me llevó a su cuarto. Luego, durante algunos meses, me explicó el abecé del marxismo, mientras paralela o simultáneamente sometía a mis sentidos a otros estímulos. Finalmente, cuando creyó que yo había sucumbido a su dominio, me presentó a un nuevo círculo de estudio que, como lo supe luego, era una célula de la Juventud Comunista.» Esta anécdota se volverá a repetir en la p. 109: «Algunas semanas después se me acercó Arancibia (no tengo más remedio que nombrarlo) y me dijo que ya era tiempo de dejar de pajearme y pensar en cómo servir a la revolución peruana. Pero esto es lo único que…» (la frase queda trunca en el original, y así termina el capítulo V, frase que se retomará —entre paréntesis— al iniciarse el capítulo VII). Más adelante, el narrador refiere que:

En una de las frases que leí al azar, Bracamonte le pregunta, sorprendido: “¿La pasión política, el fundamento de todas las pasiones? ¿Y dónde queda el amor, Arancibia?”. (sic) Y él responde: “¡Cómo, Braca, ¿todavía no sabes que el amor es la continuación de la política con otros medios?! ¡Viejo, la esencia del amor es la dominación!”. (sic) Por supuesto era una fanfarronada, pero no pude dejar de pensar en Tamara Fiol, pues solo pudo liberarse de esta pasión cuando Arancibia, no importa por quién, fue asesinado (p. 259).

Y aquí cabe preguntarse: Si TF vivió atada a esa pasión, ¿en qué momento se realizó como luchadora social, como revolucionaria, incluso académicamente, como estudiante? Y no se pierda de vista que hay cierta incongruencia, pues Arancibia muere en 1992, entonces se deberá llegar a la conclusión de que TF estuvo sometida a esa pasión durante toda su vida, pues ella misma dirá que Arancibia la perseguirá hasta después de muerto:

Y ahora vuelve de los infiernos para hacerme una donación que yo jamás aceptaré.73 Lo estudió todo bien. ¿Quién crees que era el propietario de la inmobiliaria que compró nuestro solar? ¡Nada menos que Arancibia! El muy maldito demolió el edificio para obligarme a aceptar su donación y seguir estando relacionado con mi vida (p. 435).

Y, es más, ese encuentro no equivale al inicio de su perversión, pues cuando se da, ella ha salido de una amanecida y luego de encontrarse con Pepe Corzo en la Casona del Parque Universitario, mientras tranquiliza al preocupado Corzo, dice: «“No me pasa nada, cariño —le dije—. Tenía sueño atrasado y necesitaba dormir”. Y74 con voz disforzada y levantando el puño, agregué: “¡Y ahora estoy lista para el combate, camarada!”. (sic) Entonces, alguien, como salido de ninguna parte, exclamó: “¡Bien dicho, camarada! ¡Al combate!”. (sic)» (p. 289).

Gran parte de la vida de Arancibia se da a conocer a través de la misma TF. Por ejemplo, en la p. 292, TF dice que, en la primera vez que conoció a Arancibia, este no le habló «sobre el otro asunto al que siempre volvía en momentos de intimidad. Me refiero a Tumbes, a su familia, a su hermana Guillermina y sobre todo a las maldades que cometió en su infancia y adolescencia.» Y esta afirmación de que esa referencia a su familia sería un tema recurrente en la intimidad, contradice lo aseverado en la p. 157: «… para Arancibia el pasado familiar ocupaba un espacio inexistente casi inexistente en su memoria.»

Pero también el narrador accederá al conocimiento de esa vida a través de otros personajes. El mismo MB dice: «… para los años siguientes, sobre todo a partir de su ruptura con el APRA, su paso por el trotskismo, su militancia y posterior expulsión del PCP, necesitaría los testimonios de Pepe Corso, César Arias Sotomayor y las últimas conversaciones con Tamara Fiol» (p. 280). Aunque le faltó agregar los datos que le proporcionará su pareja, Muriel Tipiani, y haciendo, precisamente, referencia al material proporcionado por ella, en la p. 317, dice: «El material empezaba con una útil cronología de la vida de Arancibia que abarcaba desde ¿su expulsión?, ¿renuncia? del Partido Comunista hasta el día de su asesinato el 2 de enero de 1992.» Siempre se va a tratar la expulsión de Arancibia del PC como algo impreciso; lo más cercano es el siguiente comentario de MB:

A mi entender, Muriel, el aporte mayor que has hecho sobre esta etapa de la vida de Arancibia es haber profundizado en una aseveración que Bracamonte hace de paso en uno de sus reportajes. Si no te he entendido mal, cuando Arancibia ve como inminente su expulsión, se acerca a los grupos que se habían formado bajo la influencia de la Revolución cubana. Arancibia establece contacto con gente como Béjar, De la Puente Uceda, Guillermo Lobatón, Juan Pablo Chang, aduciendo que rompió con el PCP, porque este había abandonado el marxismo-leninismo para convertirse en un podrido partido reformista. Qué golpe a su vanidad habrá significado para Arancibia el que todas sus denuncias y alegatos hubieran sido recibidos con desconfianza y escepticismo por los grupos pro castristas. Contra todas sus expectativas, fue negada su admisión a estas organizaciones y se sintió vejado cuando fue sometido a interrogatorios minuciosos y a críticas severas, por ejemplo, de Lobatón y Juan Pablo Chang, que ya conocían a Arancibia desde los días de El Frontón (p. 322).75

Entonces, respecto de la expulsión de Arancibia del partido comunista, esta debió ocurrir a mediados de la década del sesenta (pues los dirigentes de las guerrillas del 65, todavía las están organizando). Y en torno a la actividad pluripartidaria de Arancibia se dirá que «era un sujeto amoral, cínico, que si había entrado a militar al partido —como lo hizo antes con el APRA y luego con el trotskismo— fue para valerse de la estructura partidaria y de ese modo conseguir poder personal» (p. 321). Muriel, por su parte (al margen de los datos que ha recopilado sobre Arancibia), dice:

Sobre la línea que he llamado “el patán intelectual”, creo que tu amiga Tamara Fiol te puede revelar muchas cosas. ¿Cómo llegó a convertirse en poderoso rector mafioso de la universidad privada de la que terminó apoderándose? ¿Y en el intelectual adversario de todas las izquierdas a las que denunciaba y denigraba a través de sus artículos? Se dicen muchas cosas al respecto. Fue un miserable. Recuerda que los últimos artículos versaban sobre la necesidad de una nueva ley antiterrorista y de los jueces sin rostro (p. 331).

La realización del personaje Arancibia nos parece demasiado esquemática, rayando en lo maniqueo, se lo presenta casi como la personificación del mal, resultando —de ese afán hiperbólico— un ser rayano en la caricatura, especialmente al final cuando se aparece en el departamento de TF, vestido de manera estrafalaria: «… ahora, con su fresco traje de lino beige» [no se justifica la cursiva, si es una palabra castiza], «sombrero de junco y zapatos de cuero de lagarto tenía el aspecto no de un narco, sino de un hombre de negocios de la selva sobreviviente de la era del caucho» (p. 357). Es obvio que el «sobreviviente de la era del caucho» es el hombre, pero si no se pone una coma después de «selva», se genera la confusión de que esta es la «sobreviviente» (lo cual es un despropósito). Y lo más cargante de todo es que se le describe psicológicamente como un bipolar: «… siempre Arancibia se encontraba en estado de euforia (o unas pocas veces en estado de depresión extrema)…» (p. 346). Pero un aspecto bizarro de su imagen es que se ignora de dónde se agencia los recursos para vivir sin trabajar, porque en ningún momento se explica esta situación que le permite viajar, por ejemplo, a Ecuador con TF, y lo hace de manera dispendiosa: «Pasando en carro la frontera, llegaron a Machala y de ahí tomaron un taxi aéreo» (p. 344). ¿De dónde pecata mea?76, y, reiteramos, hasta aquí no se sabe de qué vive Arancibia, porque lo de su bonanza económica se da cuando abandona la vida bohemia y empieza a ejercer de abogado corrupto, adquiriendo una reputación casi delincuencial, de la que él mismo parece sentirse orgulloso, pues en alguna ocasión —hablando con TF— hace referencia a su calidad de «hombre malo» recordando un poema de Juan Gonzalo Rose, y dice:

«“¿Te acuerdas del poema de Juan Gonzalo Rose, ‘Carta a María Teresa’: ‘Para ti debo ser, pequeña hermana / el hombre malo que hace llorar a mamá…’?77 ¡Ah, Juan Gonzalo! Poetas. Te hago recordar, por si lo has olvidado, que con Juan Gonzalo y otros tres formamos el grupo Epsylon. No eran malos mis poemas, Tamara. Surrealistas. Extravagantes. “Labios crueles succionan el vellón dorado de las colinas de mi amada”. En El Frontón, con Bracamonte, escribíamos al alimón poemas dadaístas» (p. 360).

Es evidente, en principio, que la referencia a Juan Gonzalo Rose, tiene cierta carga de conmiseración o censura soterrada que se hace extensiva a todos los poetas sociales. Y aunque el mismo personaje se vanaglorie de sus versos, los que menciona no dejan de ser pedestres, saturados de cacofonía o prosaísmo por la acumulación de preposiciones y artículos; pero lo risible es que dice haberlos escrito desde una concepción formalista (pues tenían la impronta surrealista o dadaísta) la misma que no queda bien parada al tener este tipo de cultores. Y esta inclusión de versos en textos de prosa narrativa nos hace recordar los que incluye MVLl en su Pez en el agua (A-1993: 449), que son, a no dudarlo, un ejemplo de absoluto mal gusto «poético».

Por lo que se refiere a la concepción política de Arancibia, TF lo define como un sujeto que había caído en una desviación «ultraizquierdista», pues se ubicaba —en la lucha interna del PC— al extremo de la posición revolucionaria y de la revisionista. De Arancibia se dice que: «… cayó en una desviación de “izquierda”, de oportunismo de “izquierda”, quebrando a la fracción marxista-leninista auténtica que luchaba desde el interior para limpiar de “la charca del revisionismo” en que había caído el partido bajo la dirección de Del Prado» (p. 321). Y esta es una idea que se vuelve a repetir en la p. 372:

«“La lucha entre Abel [Arancibia] y Cantuarias [Kymper] —me explicó Tamara— se dio dentro de una pugna interna entre la vieja guardia del partido (esta fue la responsable, con honrosas excepciones, del abandono de la línea marxista-leninista de Mariátegui), que había convertido al PCP en un partido revisionista-kruschevista y la facción roja, bolchevique, leninista, que quería convertirlo en una organización revolucionaria para preparar la toma del poder. Frente a estas dos posiciones claramente definidas —continuó Tamara—, Abel formó un tercer grupo, minúsculo es verdad, que planteaba una línea ultraizquierdista que, incluso por su lenguaje radical, llegó a influir en las luchas de las masas (…)»

Era, pues, la de Arancibia una actitud oportunista, para a su amparo asumir posiciones extremas; por ejemplo, para justificar los excesos en los que suele incurrir, busca minimizar los valores morales de los comunistas tildándolos de puritanismo o moralina, y TF se lo recuerda:

“Después, ya en el reposo, empleabas toda tu demagogia para rescatarme del hondón donde me había precipitado. Decías que los revolucionarios no debían perder el sentido del humor. La dimensión lúdica era la sal de la existencia humana. Pero como no lograbas convencerme con esta basura, apelabas a Lenin citándolo a tu manera. Nunca era tan sarcástico el gran Lenin como cuando arremetía contra el puritanismo moral que capeaba entre ciertos militantes. El partido no estaba formado —decía más o menos— por seres perfectos, ni por santos ni por místicos. Si el partido quería avanzar, tenía que echar mano del material humano que encontrase en el camino. Bastaba con que deseasen hacer la revolución y no temiesen morir por ella. Pues en la propia lucha de clases y en la práctica partidaria permanente esos camaraditas se irían despojando una a una de todas sus taras. El resto era hipocresía. Los tormentos de la conciencia infeliz de la pequeña burguesía. Me convencías, Arancibia. O por lo menos aplacabas mi mala conciencia. Pero, ahora, escuchando el alegato de Kymper, del camarada Cantuarias, ya no me quedaron más dudas de que eras un elemento nocivo. Comprendí que una sabandija como tú no merecía pertenecer al partido. Por eso apoyé el pedido de expulsión que pidió para ti Kymper.” (p. 370).

Es a raíz de la expulsión del PC que Arancibia asume su exacta personalidad reaccionaria, ejerciendo la profesión de abogado (apropiándose de una universidad particular, asesorando narcotraficantes, etc.), llegando al extremo de atentar contra la vida de TF (dando por resultado su invalidez); atentado que solo se explica por esa deformación de la personalidad de Arancibia, porque narrativamente no se ha demostrado la existencia de un amor extremo que él sintiera por ella, más bien lo que se desprende de su relación es una especie de utilización morbosa que convirtió a TF por parte de Arancibia en una especie de «conejillo de indias» para sus experimentos sadomasoquistas, llevándola a extremos de una degradación extravagante, rayana —definitivamente— en lo patológico. Todo ello con el objetivo de presentar el lado opuesto de la protagonista, que como contrapartida signifique su dignificación. Un juego dialéctico propio de un narrador maquiavélico, en pos de justificar lo injustificable, lo cual abona al resultado indigesto de la novela. Y esta última aseveración podría ratificarse con la propia opinión de MG (el de La Generación del 50), quien hace una reconvención parecida a Mario Vargas Llosa; refiriéndose a Conversación en La Catedral, del referido autor, dice:

… esta novela que pretende ser “totalizadora”, dejó fuera de su representación —o le dio un lugar irrelevante— a la resistencia popular — obrera, campesina, estudiantil, capas medias citadinas— que Odría reprimió con la muerte, la cárcel y el destierro, y en cambio, su autor fascinado seguramente por las “fuerzas demoníacas” y por la vida en las altas esferas, dedicó páginas y páginas a la caracterización del execrable Cayo Bermúdez (Esparza Zañartu) que finalmente resulta un personaje dignificado, embellecido. Por cierto para esto existe una fundamentación seudofilosófica: la esencial ambigüedad del ser humano que ha revelado la falsedad e irrealidad de la visión maniquea del mundo, pues Bien y Mal se hallan repartidos entre opresores y oprimidos. Lo anterior constituye un acto de fe, una ideología, y apunta a descargar de responsabilidad a las clases privilegiadas y a hacer a los de abajo co-partícipes del atraso, la miseria y la barbarie reinantes en el Perú (A-1996: 163).
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Notas
(73) Y esta afirmación categórica no hace sino desmerecer su cualidad de luchadora social y su moral de mujer excepcional, pues finalmente aceptará el «regalo» que dice «nunca aceptará», demostrando que no es consecuente con sus principios, convicciones y decisiones.
(74) Aquí debe ir una coma, si no la que va antes de la palabra ‘agregué’ está demás.
(75) Hay una repetición, innecesaria, del nombre de Arancibia: se sabe, obviamente, que se trata de él.
(76) «Sacristán que vende cera y sin tener cerería, ¿de dónde pecata mea si no es de la Sacristía?»
(77) Y en la p. 361, vuelve a mencionarse la frase «hombre malo». Dice Arancibia: «Soy el hombre malo que arruinó tu vida».

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