Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?. Decimosexta Parte.

(Julio Carmona)

3.3 En La generación del 50: un mundo dividido

La mayoría de las críticas que hemos leído, en torno al libro que aludimos en el título de este apartado, proviene de críticos con una posición ideológica de derecha. Recordamos, en especial, una reseña firmada por Iván Thays187, porque su virulencia resume —lo creemos así— la posición aludida que, en su esencia, rechaza al ‘crítico doctrinario marxista’ que —según él— sería Miguel Gutiérrez (MG). Y es verdad, desde la primera edición del libro comentado (precisemos que Thays reseña la segunda edición), nosotros siempre le otorgamos —favorablemente— esa calificación, pasando por alto incluso algunas opiniones no del todo coincidentes con las nuestras. Pero al releer el libro en su segunda edición y al cotejarlo con el de la primera —y con la distancia por medio de los condicionantes políticos que rodearon su aparición, a lo que se debe agregar la impresión negativa que nos ha causado la lectura de su novela Confesiones de Tamara Fiol, así como otros ensayos y declaraciones periodísticas del autor—, el adelanto de una nueva lectura que ofrecemos en este apartado contradice la opinión de Thays respecto de lo «doctrinario» que animaría al libro y, más bien, revelamos que la concepción ideológico-literaria (que no política) sustentada en el libro está muy ligada a la de Thays, más de lo que él mismo y el propio MG pudieran sospechar. Aquí estamos en condición de adelantar que, si en el terreno de la literatura y desde la derecha se le acusa a MG de marxista, desde el marxismo se le puede acusar de derechista, posición que Mao resumió en esta frase: ‘proletario en política, burgués en arte’, o sea, oportunismo de derecha. Lo dicho no significa estarse arrogando la potestad de defenestrar a MG del ámbito ideológico del marxismo. Todo lo contrario, pues bien se sabe que dentro del marxismo es, más bien, un imperativo aplicar los instrumentos de debate de la crítica y la autocrítica, los mismos que, sin dejar de ser severos, no tienen por qué ser considerados «destructivos» ni, por eludir esta calificación, devenir complacientes, serviciales o «perdonavidas». Y, en todo caso —como lo hemos precisado en el apartado precedente—, a quien corresponde «liquidar cuentas» con el marxismo —como decía Lenin— es al mismo MG.188

Ahora bien, desde el título, La generación del 50: Un mundo dividido, este ensayo de MG se ofrece alentador para quienes esperamos se refuerce la opción —iniciada entre nosotros por José Carlos Mariátegui— para los estudios literarios (teórico, histórico y crítico)189 de establecer sus relaciones ineludibles con las clases populares: campesinado, pequeña burguesía, proletariado. Y con mayor razón si esos estudios proclaman estar haciéndose con una orientación marxista, que es el caso del ensayo de MG cuyo título sugiere que no se está considerando a la referida generación como un todo homogéneo, sino que (asumiendo la atinada metáfora de Washington Delgado: «un mundo dividido») la propone escindida, desde la perspectiva —más que evidente— de la confrontación socio-política (en consonancia con el principio mariateguista, es decir marxista, de la lucha de clases) y también —y era lo esperado— en el ámbito específico de lo literario. Empero, si eso es lo que ofrece el título y es lo esperado, esto se va mediatizando conforme se avanza en la lectura, porque su punto básico es la conclusión de que la referida generación solo es ubicable en las elásticas o permeables fronteras de la «clase media» o pequeña burguesía:

No es (…) producto del azar que la conformación clasista de la generación del 50 sea mayoritariamente de la mediana y pequeña burguesía con un reducido contingente obrero-artesanal (…) De modo que a excepción de los poetas obreros-artesanos del Grupo 1° de Mayo y de ciertos descendientes de familias patricias —limeñas o provincianas— arruinadas o venidas a menos, la mayoría pertenecen (sic) a la mediana y pequeña burguesía (pp. 52-53).

Pero téngase en cuenta que se está usando como criterio de clasificación clasista la extracción o ubicación de clase (clase en sí), no así la posición o convicción de clase (clase para sí). Por otro lado, hacer una incisión en la categoría sociológica de «burguesía» para adosarle la existencia de una «mediana burguesía», sin hacer las precisiones del caso, conduce a crear confusión antes que a hacer un esclarecimiento. Tal vez sea pertinente esa distinción en un estudio de orden socio-económico específico. Pero en el orden de lo ideológico —que es en el que se inserta la literatura— lo más pertinente es hablar solo de burguesía y pequeña burguesía. El estrato que, por diferencias económicas, pudiera estar entre ambas, al no poseer los medios de producción (que producen otros medios de producción, y no solo productos de consumo) siempre alentará una concepción y/o condición pequeñoburguesa. Es decir que, en el terreno ideológico, debe mantenerse el concepto de «pequeña burguesía», pues la ideología pequeñoburguesa también es la de la «mediana burguesía» en tanto no es plenamente burguesa ni, mucho menos, proletaria. Y si —conforme lo establece el marxismo— solo existen dos ideologías: la burguesa y la proletaria, una tercera cabe solo en relación con la pequeña burguesía, que puede inclinarse hacia la burguesa o hacia la proletaria. Caso contrario, se corre el riesgo de estarle atribuyendo una ideología a cada uno de los «estratos» que integran la clase media o pequeña burguesía. Además, creemos que es atinada la siguiente observación: «En la teoría marxista, las clases no se definen por su posición en escalas lineales de poder, prestigio o riqueza, sino por su función estructural en las relaciones de producción (es decir, de explotación). Las relaciones sociales de producción, que constituyen la estructura básica de la sociedad, están definidas por el uso y la posesión de los medios de producción, es decir, de aquellos bienes que no están destinados al consumo directo, sino que se utilizan para producir otros bienes» (José Sosa, “La clase media en el siglo XXI”, tomado de Internet). Y esta precisión es tanto más necesaria en el ámbito literario, en el que no interesa la cuantificación de los ingresos per cápita de los escritores, para determinar si pertenecen a la mediana o pequeña burguesía o al proletariado. Son calificaciones que no se determinan porque se es ‘obrero o artesano o empleado’ sino por la posición ideológica que refleja su obra. Y lo cuestionable en el trabajo que nos ocupa es que, ideológicamente, se unifique a todos los miembros de la generación del cincuenta como pertenecientes a la «clase media o pequeña burguesía». Y es una incisión sociológica reiterativa. La volveremos a encontrar, por ejemplo, en la p. 186: «… pertenecer a la pequeña burguesía implica ya una cierta marginalidad objetiva cuyo fundamento reside en su no participación directa en la producción.» La cita continúa, pero hagamos un alto para aclarar que hay un yerro en lo dicho. No es que la pequeña burguesía no participe en la producción; en lo que no participa es en la propiedad de los medios de producción (que es algo distinto); pero en la producción, sí: como empleados, comerciantes, vendedores ambulantes, artesanos, intelectuales, etc. A todos se les encuentra un lugar en la cadena de la producción (hasta como consumidores). Pero, sigamos con la cita: «Ahora bien, los intelectuales, escritores, artistas, políticos y hombres de acción de la Generación del 50 pertenecen mayoritariamente —como ya hemos visto— a la mediana y pequeña burguesía…» Es decir, que en esa incisión sociológica (ya de por sí limitante) se va constriñendo ese estrato medio y, más aun, se lo va unificando con la genérica concepción ideológica del pesimismo y el individualismo burgués o pequeñoburgués, de donde resulta que todos los miembros de la referida generación ven reducida su ideología a esa impresionista conclusión:

No es la celebración de la vida el sabor fundamental de esta generación. (…) No es que hayan perdido del todo la esperanza (esa pasión infatigable) (…), pero dos grandísimas zorras parecen seducirlos en especial: la soledad y la muerte. (…) Exorcisación, entonces, de los dones más considerables de la vida y consolación por el dolor y la desesperación, o quizá la desesperación como terapia catártica (…). Aunque por razones sociales, histórico concretas, este tono depresivo persiste aún en poetas de filiación proletaria (pp. 21-22). (Esta cita es controvertible. La analizaremos con exhaustividad más adelante).

O sea que la generalidad heterogénea de la generación del cincuenta, auspiciosamente sugerida desde el título como «un mundo dividido», se homogeniza con el individualismo de la modernidad burguesa, es decir, entran a tallar «las vicisitudes del yo» [que se convierten en] «uno de los temas centrales de la lírica y la novela de nuestra época» (p. 29). Y es algo que se da también en el plano teórico-literario, que es escindido en dos corrientes, la esteticista y la sociologista, y se dice que los sociologistas están «más atentos a la génesis y contenido de las obras», mientras que los esteticistas están «interesados en los sistemas literarios» (p. 33), o en un caso similar cuando igualmente se los considera escindidos en una corriente formalista y otra situacional. Recojamos aquí la explicación que MG da del “pensamiento situado”, que es su opción crítica:

… por pensamiento situado entendemos una teoría general del conocimiento, una visión del mundo y la concepción de la sociedad como un todo en permanente contienda entre los factores retardatarios y las fuerzas transformadoras que la conforman; pero también implica una determinada pasión, pasión fundada en la razón y en la adhesión y apuesta por las fuerzas de ruptura y transformación, es decir, una apuesta por la esperanza de una futura solidaridad humana (op. cit., p. 14).190

Desde esa perspectiva, se critica a la corriente formalista en sus manifestaciones más extremas. Por ejemplo, en el «Prólogo», hay un pronunciamiento en contra de la corriente formalista, en las personas de dos de sus teóricos, Alberto Escobar y Enrique Ballón, y dice:

Los lectores (…) de La partida inconclusa [sic: negrita y cursiva en el original] de Alberto Escobar (uno de los más altos representantes del discurso doctoral) son los profesores de humanidades que entienden a medias (brumosamente) las tesis sostenidas por el autor en torno a la poética y la poesía; en cambio el lector de Enrique Ballón es el propio Escobar que (sospechamos) entiende a medias Vallejo como paradigma (sic), pues de otra manera no propondría este estudio como paradigma de la nueva crítica peruana. Cuando leíamos este libro exuberante en citas en diferentes idiomas, de terminología oracular y generoso en gráficos inquietantes pensamos que al final del suplicio seríamos gratificados con algunas conclusiones que nos iluminarían el texto “leído” y la poesía del último o penúltimo Vallejo; por desgracia no fue así, y entonces recordamos la película de Monicceli Los desconocidos de siempre (sic) en que unos pobres diablos (aunque simpáticos y en manera alguna pedantes) emplean los medios más sofisticados (plan minucioso, cartografía, instrumental, armas) para robar al fin… un plato de lentejas. (p. 16).

Es decir, se está cuestionando su andamiaje técnico, mas no su concepción teórico-ideológica, que en el fondo no viene a ser otra que la esteticista, formalista, hedonista e individualista que es la que, desde este libro —de manera encubierta— y, en los últimos tiempos —ya de manera desembozada—, ha asumido MG. Se ve, pues, que la contraposición se sigue planteando sobre aspectos genéricos o, a partir de ciertos criterios aleatorios, como cuando se refiere al trabajo mismo de los poetas, y dice: «en cuanto a la actitud frente al lenguaje, tanto los esteticistas como los sociales son poetas puros, en el sentido de que evitan las impurezas, las expresiones fuertes o gruesas» (p. 64), y esta incisión sigue gravitando en el ámbito formal, y —es preciso aclararlo— la validez poética trasciende ese estrecho esquema de la desinhibición idiomática. «La palabra carajo vitaliza el fraseo», decía Mario Benedetti, pero no es un índice de conjunción o disyunción poética, contrariamente a lo sugerido por MG, que en este y otros trabajos perfila esa visión unificadora. Y es una tendencia a la homogenización, constante, que apunta, a final de cuentas, a solventar el criterio dominante del ensayo: la existencia de una sola tradición literaria regida por un único canon artístico, es decir, ‘tradición y canon’ dependientes de la concepción estética occidental-burguesa.

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(187) «Miguel Gutiérrez y Un mundo dividido. Un artefacto literario anacrónico», El Comercio, Lima: 03-082008.
(188) «… los únicos que han adquirido un triste renombre por haber abjurado delas concepciones fundamentales del marxismo y por haberse mostrado timoratos o incapaces para, en forma franca, directa, decidida y clara, “liquidar cuentas” con los puntos de vista abandonados. Cuando los ortodoxos han tenido que manifestarse contra ciertas concepciones envejecidas de Marx (como, por ejemplo, Mehring respecto a ciertas tesis históricas), lo han hecho siempre con tanta precisión y de forma tan detallada, que nadie ha encontrado jamás en sus trabajos la menor ambigüedad» (A-Lenin, 1974: 6-7).
(189) En el libro La cabeza y los pies de la dialéctica (2011), MG incurre en un error común, dice: «… desde la muerte de Mariátegui existía un gran vacío en los estudios y la crítica literaria de filiación marxista» (p. 15). En «los estudios literarios» está incluida «la crítica literaria»; es redundante decir: «los estudios literarios y la crítica literaria».
(190) En La cabeza y los pies de la dialéctica, el prólogo culmina de esta manera: «Y así estos tres libros — que reúnen la mayoría de mis ensayos— conforman una suerte de trilogía regida por un pensamiento dominante» (p. 19). El «pensamiento situado» ha sido reemplazado por «un pensamiento dominante», pero sin especificar lo que se entiende por este. Por otro lado, en la novela Una pasión latina, también se refiere a un «pensamiento políticamente situado» (p. 35). Mario Vargas Llosa, en La utopía arcaica, dice: «En José María Arguedas se puede estudiar de manera muy vívida lo que los existencialistas llamaban ‘la situación’ del escritor…» p. 9).

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