Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto? (Décimo octava Parte)

(Julio Carmona)

3.3.3 No toda oposición contradictoria es dialéctico-marxista

Cuando MG polariza el quehacer literario (ya lo hemos visto) en La generación del 50 lo hace entre dos tendencias, la sociologista y la formalista, pero reduce la primera a solo el plano del contenido, y dice que los «sociologistas [están], más atentos a la génesis y contenido de las obras, como [los] formalistas, interesados en los sistemas literarios» (p. 33).Y esta idea la repite en la p. 35:

En las décadas del sesenta y setenta se imponen diversos formalismos, pero a la vez, en oposición, surgen corrientes ligadas al marxismo y la sociología de la literatura (aunque se trate de un marxismo académico de filiación socialdemócrata) que privilegia [sic: no se pierda de vista que está hablando de “corrientes” que —obviamente— privilegian, y no “privilegia”] el contenido de las obras y las condiciones de su producción y consumo.

Y, cotejando ambas citas, se ve que a las corrientes sociologistas o marxistas les reduce su ámbito de acción a la ‘génesis o producción y contenido de las obras’, mientras que a las formalistas les reserva una dimensión más amplia: «los sistemas literarios», como si el contenido y la producción y génesis no fueran también parte de un sistema, máxime si está citando a Lukács, de quien (sin ser el más idóneo representante de la estética marxista) dice «vincula orgánicamente (…) la producción literaria a los procesos más amplios de carácter económico-social» (p. 33), lo cual, pues, da por resultado la formulación de un sistema literario más vasto que el inmanente sistema literario formalista. Sistema literario —dígase de paso— íntimamente ligado al tópico del esteticismo y el hedonismo. Y aunque sea un tópico que aparece matizado con otras formulaciones, siempre está presente en las últimas propuestas de MG, confrontado inclusive con la propuesta realista (que —sin dudas— también lucha por producir buena literatura). Y por eso decimos que el tratamiento de la contradicción por parte de MG no es dialéctico, porque este método enseña que una vez identificada la contradicción antagónica principal (en este caso, la corriente formalista), la otra contradicción (la corriente realista) pasa a ser una contradicción no antagónica; sin embargo, MG ha actuado en sentido inverso. Él ha dejado de actuar como realista y proyecta su actuación en el sentido formalista. Veamos un ejemplo:

… he morigerado en algo el tono confrontacional de mis exposiciones, he cuidado en matizar más mis planteamientos, he conferido más peso a la línea del placer que toda obra válida suscita… (El pacto con el diablo, p. 16).

Y se impone una pregunta: ¿quién decide la validez de una obra?, ¿el especialista, el crítico, el autor, el lector común? Si se admitiera la existencia de un criterio universal y único para hacer ese zanjamiento, entonces se estaría reconociendo la existencia de un «valor eterno, suprarreal, un absoluto ideal», es decir, un fundamentalismo metafísico que el MG de los años ochenta rechazaba al cuestionar el imaginario formalista, cuya conformación se reduciría «a una élite, a un conjunto selecto de personalidades tocadas por el fuego del espíritu y, por tanto, encarnaciones de la Idea, o del Bien, la Belleza y la Verdad» (La generación…, p. 36). Sin embargo, hoy por hoy, en esa progresión se inscribe la siguiente conclusión de MG respecto de la realización de un personaje de José María Arguedas:

Muchos años después, tomando a Alencastre como modelo, Arguedas concibió al personaje don Bruno de su novela Todas las sangres, personaje que no me resultó del todo convincente, deficiencia que atribuí a problemas de orden artístico en su plasmación literaria, pues me parecía que la mentalidad y tormentos de don Bruno iba (sic) más allá de las posibilidades humanas de un misti de nuestras serranías. (Los Andes…, 14).

La opinión de MG es, a su vez, opinable, discutible, controvertible, problemática: Si el modelo —real— también era ‘un misti de nuestras serranías’, ¿por qué «su reflejo», que también representa a un misti de las mismas serranías, vería disminuidas sus «posibilidades humanas»? Y esa opinión de MG es, además, impugnable, porque parte de la preexistencia de un valor artístico único, porque cree en un absoluto estético o artístico, a pesar de que ahí no está aplicando una incisión «de orden técnico/artístico», sino basándose en una observación impresionista relacionada con el contenido de «mentalidad, tormentos y posibilidades humanas», en flagrante contradicción con su propia propuesta. Ilustremos lo afirmado. En la penúltima página del ensayo Los Andes… (p. 113), dice:

…la narrativa que tiene como escenario los Andes no ha perdido vigencia y todavía tiene mucho camino por donde transitar. No me cabe la menor duda que la (sic) tendrá, pero con la condición de que se integre a la tradición de la novela moderna mundial200 y abandone cierta ideología metafísica en el sentido que “la esencia de lo peruano” lo (sic) constituyen las sociedades andinas.

En principio y continuando con las cisuras previas para determinar errores, tomemos el que se desprende de la siguiente frase: «No me cabe la menor duda que la tendrá». He ahí otra anfibología —a las que MG ya nos tiene acostumbrados. El verbo «tener» está relacionado con el «camino por transitar», y, de ser así, ha debido decir: ‘No me cabe la menor duda que lo tendrá’; pero también puede ser que haya querido referirse a la ‘vigencia no perdida’, en cuyo caso debió decir: ‘No me cabe la menor duda que no la perderá’. Y el mismo error se constata al final de la cita; ahí debió decir: ‘la esencia de lo peruano la constituyen las sociedades andinas’, con mayor razón si la expresión «la esencia de lo peruano» va encerrada entre comillas.

Y, por otro lado, aquello de «la tradición de la novela moderna mundial» no deja de emanar el tufillo de «cierta ideología metafísica», pues debe precisarse que se está hablando de la ‘tradición de la novela burguesa mundial’, porque la modernidad occidental está fatalmente unida a la burguesía, y es a esa ‘modernidad occidental’ que se está refiriendo MG, pues en la presentación del libro ha dicho: «“Mis clásicos” los he circunscrito al área de Occidente del cual (sic), de una u otra manera, forma parte Latinoamérica.» (El signo ‘sic’ destaca que se está refiriendo “al área”, por lo tanto, ha debido decir: ‘de la cual’). Y, realmente, no tiene por qué ser esa la única ‘novela mundial’ o, mejor, no debe ser la única. Además, esa imagen de una «tradición mundial» única, encaja con otros planteamientos absolutistas del mismo autor. Siempre en Los Andes… dice estar dirigiéndose a «un público no especializado de todas las capas sociales». Pero digamos en principio que, en tanto el espíritu que anima al mensaje ofrecido «no tiene un carácter académico ni erudito, sino hedonístico, personal y desacralizado», debe concluirse que con esta última expresión, «desacralizado» MG está tomando distancia del marxismo, pues desde esta posición no es lo más pertinente hablar de «capas» sino de clases sociales. ¡Qué diferencia con lo que decía en los años ochenta!: «Mi agradecimiento también a El Diario (sic) por haberme permitido que una selección de textos en torno a los escritores del 50 llegara a un público más vasto y clasistamente situado.»201 Y más adelante del mismo libro dirá: «En la medida que el concepto o categoría de Generación soslaye o niegue la categoría de Clase Social y la lucha de clases, cualquier aplicación del método generacional resultará unilateral y mistificador» (p. 35).

Y, asimismo, por más ecuménico que el emisor pretenda ser, no todos los receptores recibirán su mensaje con la misma desaprensión. Con mayor razón si se ofrece con un carácter especial, personal, hedonista, que no todos tienen porqué compartir; es decir, no todos estarán de acuerdo con el hedonismo, ni todos tienen que coincidir con los gustos personales del emisor. Y muchos se pondrán a la defensiva al buscar explicarse el término ‘desacralizado’, y se preguntarán: ¿qué es aquello que se está desacralizando?, ¿es a la literatura a la que se le está despojando su carácter sacro?, ¿o se alude al abandono de una concepción ideológica preexistente, y que ya no existe más y por eso dice que la ha desacralizado?, sin percatarse que esa desacralización tiene también un cierto tufillo a «ideología metafísica», pues el supuesto vacío ideológico es a su vez una forma de ideologización.

3.3.4 Dime a quién alabas…

Esto se demuestra con la preferencia por determinados autores y la prescindencia de otros. Lo cual se da incluso cuando critica a los puristas; por ejemplo, en La generación…, para citar unos versos de Rodolfo Hinostroza dice que son manifestación de eso que dio en llamarse «el fin de las ideologías, o como negación de la Historia y oposición a todo tipo de Poder, dicho a veces con incuestionable esplendor verbal» (p. 31). Pero, obviamente el ‘incuestionable esplendor verbal’ no minimiza la aberración ideológica. Albert Camus, a través de uno de sus personajes dice: «En general tengo debilidad por el hablar elegante. Es una debilidad que me reprocho, pues sé bien que el gusto por la ropa fina no impide que se tengan los pies sucios. El estilo, como la popelina, esconde a veces un eczema» (A-1956: 7).

El hecho mismo de que se ofrezca «la Primera Serie Narrativa como homenaje al primer centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges», es significativo o sintomático. Con mayor razón, si en todo el trabajo hay un esfuerzo por demostrar que ese acercamiento crítico o valorativo de «Mis clásicos», se hace con privilegio de lo hedonístico o del esteticismo, con elogios reiterativos a la ‘excelencia formal’; por ejemplo, en la p. 25 de Los Andes… se encuentra uno de los tantos panegíricos que en los últimos años le ha prodigado a Mario Vargas Llosa: «… La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, ensayo apasionante, irritante y polémico, de lectura ágil, que demuestra una vez más el gran ensayista que también es VLl». Ditirambos a este autor que tendrán su clímax al anunciarse el otorgamiento del premio Nobel; MG dijo:

Más allá de mis discrepancias ideológico-políticas, siempre en mis escritos consideré a Mario Vargas Llosa el primero entre los novelistas vivos del Perú y como un notable ensayista. Hoy, sin ninguna reserva, lo saludo y le envío mis felicitaciones. Como pocos escritores en el mundo, merece el Premio Nobel por su gran talento, por su excepcional disciplina de trabajo y por la constancia de una obra que ha venido construyendo a lo largo de más de 50 años. Una obra ficcional y ensayística en la que, de acuerdo con sus propios principios, se dan la mano su preocupación por el Perú, por el destino de todos los pueblos del mundo y por el futuro de la humanidad. (¿?)202

Suena a tautología (y a derramar incienso) eso de insistir en las bondades literarias-formales de un autor. Y esto, en relación con MVLl, es atosigante. Cuánta razón tenía J. C. Mariátegui cuando dijo: «No le hacemos ninguna concesión al criterio generalmente falaz de la tolerancia de las ideas. Para nosotros hay ideas buenas e ideas malas», (y —agregamos nosotros— por más que vengan ocultas en lustrosos envoltorios o en «papel regalo»).

Por eso no extraña que MG concluya la «Presentación» a Los Andes… señalando que su trabajo «al fin y al cabo constituye un testimonio de simpatías y gratitud por los autores de mis ficciones favoritas, sin las cuales la vida me hubiera resultado de un aburrimiento insoportable.» Expresión esta última casi mimética de esta otra de Mario Vargas Llosa: este dice que la lectura de Víctor Hugo (durante su estancia estudiantil en el colegio militar «Leoncio Prado») «Era un gran refugio (…): la vida espléndida de la ficción daba fuerzas para soportar la vida verdadera. Pero la riqueza de la literatura hacía también que la realidad real se empobreciera.» (2004: 15). Es la ilusión obcecada que el hombre tiene de su propia visión del mundo, de pensar que lo que él conoce del mundo es el mundo, como lo sugiere la parábola de la rana que piensa que el cielo tiene el tamaño de la boca del pozo en que ella se encuentra. Esa ilusión la explicó, magistralmente, Albert Einstein cuando dijo que «Toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil... y sin embargo es lo más preciado que tenemos.» Y está bien que nos solacemos en lo que da nuestra «invención», pero no la deifiquemos, no la convirtamos en un fetiche. Es decir: que el arte esté por encima de la vida, ¿puede imaginarse una expresión más metafísica? Obviamente, la mentalidad desacralizada de MG no admite lo contrario: que la vida sea el único «arte interminable» y, por lo tanto, que ella es la única que impide cualquier aburrimiento. El hecho mismo de que la vida permita producir —a partir de ella, y no de ninguna fatamorgana— nuevas ficciones (incluso sin que existan las ficciones que pudieran hacer superar un aburrimiento momentáneo), ya es una demostración incontrovertible de su preeminencia sobre cualquier ficción, porque es de la vida que surge cualquier ficción, y creer, pensar o «inventar» que ocurre lo contrario es un absurdo. Y, por eso, tampoco extraña que en la edición primera de La generación… se destaque la obra de Jorge Eduardo Eielson, un poeta inmerso en las dos primeras posibilidades de manifestarse el «yo»: «el yo cautivo y solipsista» y «el yo en contienda con el mundo». Y habla de él con reverencia, aunque dice —con cierto subyacente pudor— que:

Eielson no es un gran poeta, pero sí, tal vez, el primero entre los excelentes poetas de su generación (p. 84),

Y en la valoración de la figura y la obra de un poeta vinculado al canon individualista, formalista, esteticista (aunque desde la perspectiva de las ‘dos primeras manifestaciones del yo’ estatuidas por MG) está menguando la imagen y la obra de los poetas de la «tercera manifestación», del «yo en busca de lo comunitario»; porque, si «Eielson no es un gran poeta», pero ‘es el primero’ entre los de su generación, estos resultan rebajados a la mediocridad, aunque —con sibilina contradicción: y ya hemos visto que no por plantear contradicciones se es dialéctico— se diga de ellos que ‘son excelentes’, qué: ¿excelentes mediocres?

Y en el ámbito contencioso de la lucha de clases, esos compañeros de generación de Eielson son los que deben ser defendidos por un estudioso de la literatura ligado al marxismo, porque son los poetas que no se evaden de la realidad, que no se enemistan con la realidad, sino que reconocen ser sus deudores y se integran a ella para cambiarla comunitariamente. En todo caso, lo que se impone es justipreciar sus logros y proyectar sus alcances con los aportes que el caso amerite. Este era el método adoptado por J. C. Mariátegui cuando constató que en su época «Por cierto relajamiento de la organización industrial, se estaba produciendo casi únicamente una novela de lujo. La novela popular era abandonada a los autores revolucionarios o fabricada con viejos moldes, con gastadas matrices.» Entonces él observó la necesidad de elaborar «una nueva manufactura, que tenga en cuenta la evolución del gusto y las necesidades de los consumidores»203, pero sin prescindir de su esencia popular ni abandonar sus perspectivas ideológicas y estratégicas. Son, pues, los escritores del realismo quienes merecen y deben ser relevados, máxime si se trata de un estudio que ha sido escrito —por propia declaración del autor: «desde la perspectiva de un pensamiento situado» (op. cit., p. 14); es decir, su adhesión debió apostar por ‘la posibilidad del yo en busca de lo comunitario’. Y esto era tanto más urgente si ese «pensamiento situado»:

apuesta por la esperanza de una futura solidaridad humana; en las condiciones concretas que vive nuestro país este pensamiento supone estudiar las producciones espirituales y las formas de conducta de los miembros de la generación del 50 a la luz de los dos hechos esenciales y antagónicos de nuestro tiempo: por un lado, la crisis sin salida en que se debate el viejo orden, y por otro, la perspectiva de un cambio radical abierto por la forma más alta de la lucha popular y que desde hace siete años viene conmoviendo los cimientos de la sociedad peruana (p. 15).204

Sin embargo, como MG —ya desde la época de La generación…— había asumido la concepción teórica del esteticismo, concepción que preconiza la existencia de una sola literatura, que debe ser juzgada con un solo canon, entonces aplicó ese criterio para valorar a los miembros de dicha generación. He ahí, pues, la tradición occidental y peruana unidas a través no de los productores poéticos (que, como todos los seres humanos en sus relaciones y realizaciones, son contradictorios), sino del «yo» que se objetiviza a través de ellos para ofrecernos la imagen de una realidad derrelicta (para usar un término caro al poeta Juan Ojeda), que sería la versión del poeta «cautivo y solipsista» y «en contienda con el mundo». Pero MG prefiere dar relieve a sus dos primeras propuestas de «división del yo», con detrimento de la tercera (y esto desde antes de su «conversión» esteticista, lo que —en definitiva— demuestra que no existió tal conversión, sino que es la constante de un origen prístino). Veamos

Hay que destacar que la literatura occidental de nuestro tiempo ha logrado crear con deslumbrantes recursos lingüísticos y técnicos una crepuscular mitología de la conciencia infeliz del yo, sea en la cautividad subjetivista o en contienda con el mundo [ergo: ambas se unimisman], en cambio menos memorable (“sic”)205 y/o convincentes (salvo como consolación retórica) son sus logros expresivos en la búsqueda de la integración del yo en lo comunitario (p. 30).

Destaquemos aquí solo eso de ‘logros menos memorables’. Lógicamente, para los lectores especialistas en literatura (que, por lo común, se ubican en las clases que tienen más acceso a la cultura dominante: burguesía y pequeña burguesía), puede que sean más memorables esos poemas formalistas. Pero no debe olvidarse que también hay lectores de la clase obrera, del campesinado y de la pequeña burguesía que, poseyendo también una selectiva memoria estética, prefieren la tendencia poética relacionada con «la búsqueda de la integración del yo en lo comunitario» y que inclusive ignoran o no dominan los valores de esa «literatura occidental» relevada por MG. Y están en todo el derecho de afirmar que la literatura por ellos celebrada es la memorable. Aquí cabe recordar el aforismo de que ‘en gustos y en colores no pueden imponer nada, por escrito, los autores’. O, a final de cuentas, tan válida es la actitud asumida por MG, como la siguiente de José Carlos Mariátegui: «El artista que en el lenguaje del pueblo escribe un poema de perdurable emoción vale, en todas las literaturas, mil veces más que el que, en lenguaje académico, escribe una acrisolada pieza de antología.»

3.3.5 La concepción teórico-literaria de MG

La propuesta de MG obedece a la concepción teórica del formalismo, concepción de origen burgués que está relacionada —de manera subsidiaria— a la clase pequeñoburguesa. Y llega a la conclusión de adosársela a la generación del cincuenta, dice:

en suma es hoy, en su conjunto, la gente que ha accedido al poder espiritual del país y, a excepción de ciertas disidencias y de algunas figuras marginales, han terminado por convertirse, como agentes de la continuidad histórica, en los intelectuales orgánicos de las capas medias (con figuras coherentes, controversiales y aun degradadas) que han hallado cabida en la estructura general del Estado y de sus aparatos de ilusión y coerción de conciencias. («Prólogo» a la primera edición de La generación del 50, p. 19).

Y, en el fondo, la incisión analítica que MG hace como impronta de la generación del 50 se reducirá al imaginario de la clase media (más propiamente: pequeña burguesía). De manera concluyente, en la p. 37 dice que va a tratar de la referida generación: «la obra, el pensamiento y la trayectoria vital del conjunto de intelectuales y artistas nacidos mayoritariamente en el seno de la mediana y pequeña burguesía», es decir, circunscribe los puntos de vista de dicha generación a los valores, perspectivas y angustias de esa clase social, llegando a la conclusión de que «No es la celebración de la vida el sabor fundamental de esta generación.» (…) «dos grandísimas zorras parecen seducirlos en especial: la soledad y la muerte» (p. 21). Pero obsérvese que habla de la «clase media» como un todo único y sin fisuras. Incluso, de manera un tanto manipuladora, cita a Víctor Mazzi de la siguiente manera:

Aunque por razones sociales, histórico concretas (sic), este tono depresivo persiste aún (sic) en poetas de filiación proletaria: No preguntéis por el amor, el pan o la rosa/ aquí donde nos circunda el fuego de los bárbaros/ y crece la matanza como un desolladero (Mazzi) (p. 22. Negrita del autor).

Con la frase inicial, seguramente ha querido decir ‘razones histórico-sociales”, si no debió decir: ‘razones sociales, históricas concretas, y, mejor aun: ‘razones sociales e históricas concretas’. En segundo lugar, adviértase que el adverbio «aun» debe escribirse sin tilde, pues no equivale a «todavía», sino a «inclusive» o «hasta». Y, por último, calificamos de manipuladora esta cita206, porque ese «tono depresivo» —denunciado por MG— no es lo conclusivo del poema de Mazzi. Ahí se está tomando solo tres versos que, al ser separados de su contexto, se les está cargando con otro sentido. Esos versos, dentro del poema proletario (no pequeñoburgués) de Mazzi, son la presentación dialéctica del elemento negativo que permite confrontarlo con lo esperanzado del yo plural usado por el poeta —en la continuación del poema—: «Aquí, ay, tan sólo nos basta sentir/ el golpe del frío en las entrañas/ o arder con el bosque de los sueños/ para entender la devastación del hombre», y para —en síntesis dialéctica— concluir con el sentido último, válido, del poema: «No preguntéis por los vivos,/ no preguntéis por los muertos, en tanto no se levanten los puños/ de la cólera y el odio del pueblo»207, es decir, una visión poética enraizada en el pensamiento proletario: «vivimos la prehistoria de la humanidad», la misma que será superada con la conquista de la sociedad comunista, con la que recién empezará la verdadera historia de la humanidad; pero esta no se alcanzará con lamentaciones o hundimientos en el pantano del pesimismo, sino con «la cólera y el odio del pueblo». Es la concepción poético-política vista como la confrontación de un «optimismo del ideal» por un «pesimismo de la realidad», que José Carlos Mariátegui admitió como válida al referirse a esa dicotomía propuesta por José Vasconcelos.

Y aun cuando MG ha reconocido la existencia de la poesía proletaria, a través de Mazzi (uno de sus altos representantes –esta es opinión nuestra, JC), y a pesar, inclusive, de hacer el mismo reconocimiento de otras voces que apostaban por la visión contraria al pesimismo, la angustia y la desesperanza, es decir la visión del optimismo o la expectación de un mundo mejor, siempre queda la sensación de que se quiere cargar a toda la generación del cincuenta con esa calificación primera (del pesimismo, la angustia y la desesperanza). Es decir, se percibe que es una apreciación inducida por el mismo crítico o analista, pues cuando dice vislumbrar la presencia de su contraria, es para reducir sus alcances. Y en ese sentido una voz emblemática es la de Alejandro Romualdo; pero, a pesar de reconocer que su voz ‘se elevará como crítica y autocrítica de la poesía de su generación’, la descalifica, refiriéndose a ella como una «voz un tanto estentórea» (pp. 22-23). Y, así, dice que Romualdo «… dentro de esta línea postulará una escritura poética al servicio de la instauración del reino de la dicha» (aunque esta incisión no deje de rezumar cierta malicia irónica, y agrega): «o de la persistencia de la rebeldía hasta el advenimiento del reino de la libertad como en el espléndido ‘Canto coral a Túpac Amaru’.» No se pierda de vista este recurso reticente —de uso reiterativo por parte de MG— cuando se refiere a la poesía social de la generación del cincuenta, es decir, que al unísono la pondera con adjetivos positivos (espléndida) y la devalúa con otros restrictivos (estentórea); poetas excelentes, pero menos importantes que el ‘no grande Eielson’, etc. A este tipo de apreciación la sabiduría popular ha sabido responder acuñando esta expresión: «Mejor, no me defiendas, compadre», o también se le puede aplicar el aforismo maoísta de desconfiar cuando te suben a lo más alto de la montaña, pues el golpe será más duro cuando te dejen caer. Por eso se advierte, a las claras, que esa opción esperanzadora a favor de una poética distinta a la de la angustia, el pesimismo y la desesperación, se ve clausurada de inmediato por parte de MG, de la siguiente manera:

Pero como quiera que las bases sociales de la vida no han sido cambiadas y la existencia individual y social se torna cada vez más dura, este tipo de poesía se vuelve retórica y comienza a sonar inauténtica, sobre todo por obra de los epígonos, y entonces se acentúa y resurge la voz más sentida de los poetas del 50: la de la amargura, la frustración y el escepticismo (pp. 22-23).

La primera frase de la cita es un razonamiento similar a este otro de Mario Vargas Llosa: «No sería menos iluso creer que puede surgir una “literatura proletaria” mientras la burguesía siga en el poder.»208 Y esa oposición que, realmente, existe: una poesía del pesimismo (formalismo) y otra del optimismo (realismo), y que para un marxista debiera ser el punto de partida para apuntalar a la segunda y reforzar sus alcances teórico-prácticos (dentro de la tradición inaugurada por J. C. Mariátegui, César Vallejo o Bertolt Brecht), MG prefiere ampararse en la existencia —absolutista— de una literatura occidental hegemónica (con las características que él destaca, y ya anotadas). Es decir, no es que MG niegue la existencia de una literatura opuesta a la dominante de la desesperación y la angustia pequeñoburguesa, sino que encandilado por los «deslumbrantes recursos lingüísticos y técnicos» de la literatura dominante en la ‘modernidad occidental’, devalúa a su opuesta por considerarla ‘menos memorable, de insuficientes recursos técnicos u obediente a una retórica de la consolación, estentórea o inauténtica’ (todas estas son calificaciones usadas por MG).

Por ejemplo, después de hacer una confutación progresiva de la literatura de la modernidad occidental, llega a la conclusión de que no puede soslayarse a la «saga proletaria y de nueva democracia», aunque siempre resaltando su limitación formal: «escrita con modestia verbal», dice. Veamos la cita en extenso:

… es comúnmente aceptada la postulación de Sartre, según la cual la modernidad literaria se inicia con Baudelaire y Flaubert, figuras más bien de transición de un mundo que avanza hacia el capitalismo tardío, es decir hacia la era del imperialismo, cuyo profeta, según la afirmación de Lukacs, fue Nietzsche. La gran paradoja consiste en que esta denominada “modernidad” literaria está penetrada de un sentimiento de decadencia, de la conciencia de pertenecer a una fase tardía de la cultura, consecuencia, por un lado, de la pérdida de fe en la burguesía como clase portadora del progreso de la humanidad, y por otro, de la perspectiva del socialismo que desde la Comuna de París de 1871 ha dejado de ser un fantasma para convertirse en posibilidad concreta, terriblemente concreta y que para la sensibilidad refinada e hipersensible de los cuadros intelectuales y artísticos salidos del mundo burgués será sinónimo de barbarie, lo cual no impedirá por cierto que ya en este siglo no pocos de estos cuadros se adhieran a la barbarie real del fascismo.

En realidad, las causas profundas de aquello que Freud denominó “el malestar de la cultura” son el reflejo en la vida cotidiana, en la existencia individual y social, y en las condiciones de la crisis del Absoluto burgués, de la contienda entre capitalismo y socialismo, y de ahí el pánico, el vacío y el silencio: Murphy (el primero y más “optimista” entre los desechos humanos de Beckett), en la paz del manicomio, cuyas cenizas arrojadas en una taberna serán luego barridas junto con las colillas, escupitajos, vómitos y otros detritus en una de esas albas lacerantes de que habla Rimbaud: la ascesis por la drogadicción hacia ese silencio casi mineral de Burroughs; o la “purificación” del mundo mediante la barbarie fascista: los Cantos pisanos o Viaje hacia el fondo de la noche,209 pero también, aunque escrita con modestia verbal la saga proletaria y de nueva democracia: La verdadera historia de AQ, o la defensa de la razón y del espíritu científico, como el Galileo de Brecht (pp. 30-31).

La extensa cita, pues, confirma lo dicho. MG reconoce la lucha de contrarios en la literatura; pero obsérvese que lo hace recogiendo el tópico de la modernidad literaria ligada a Baudelaire y Flaubert; sin embargo, en lugar de resolver ese tema en el plano correspondiente, es decir, literario, desvía su óptica hacia la confrontación ideológico-política. Y cuando se espera que de ese cotejo surja la valoración de sus literaturas con independencia y justa apreciación de sus proyectos estético-literarios, se pone de relieve la supuesta excelencia formal de la tendencia formalista (como si esta excelencia formal fuera de su propiedad o de su exclusivo uso, excluyéndola inclusive o exonerándola de su trasfondo fascista), es decir: la tendencia imbuida de espíritu burgués o pequeñoburgués. Y cuando —de manera escueta— se alude a la tendencia «proletaria y de nueva democracia», se la devalúa — desde la óptica crítico/formalista— recurriendo a una supuesta «modestia verbal». Y no es la única apreciación —casi maniquea— de este contraste. En otros ensayos reitera estos «nuevos» y casi obsesivos tópicos: de exaltación del formalismo y devaluación del realismo. Y ello va acompañado, por supuesto, de una actitud heterodoxa, muy al gusto del paladar pequeñoburgués.210

Por último, ese desprecio a los poetas que discrepan del canon literario occidental (o que no se someten sumisamente a él) se aprecia también en la novela, Confesiones de Tamara Fiol, cuando en ella se elige un mecanismo caricaturesco que después va a ser aplicado en la valoración de los poetas que en los años cincuenta del siglo pasado eran reunidos bajo la denominación de «poetas sociales». El mecanismo caricaturesco está relacionado con el uso de unas castañuelas por parte de un sacerdote para entonar himnos religiosos o alabanzas al fascismo, dice: «El hermano Matías los conducía a la oficina del director, el hermano Guido, pero antes Matías sacaba las castañuelas y recitaba o cantaba canciones de la Falange…» (p. 267). Y en la p. 268, cuando se dice que el hermano Matías había sido trasladado a un colegio fuera del Perú, Arancibia dice que en su nostalgia «ningún hermano sustituyó al hermano Matías y sus castañuelas». Luego, en la p. 270, se completa la manipulación: Arancibia dice:

Había recordado que una vez llegaron a Piura los llamados “poetas del pueblo” y dieron un recital en el teatro municipal. Escuchándolos, Raúl Arancibia se había acordado de las castañuelas del hermano Matías, pero el cascabeleo había dejado de fastidiarle el oído cuando uno de los poetas de nombre Enrique Garrido Malaver leyó un poema que se llama ‘La piedra absoluta’, que no lo había aburrido ni dejado indiferente. Créeme, Bracamonte, le había dicho, el poema me sorprendió y recordó de paso algunos versos que se le habían grabado en la memoria.

Lo explicable en esta diatriba contra los «poetas del pueblo» se explicara si se tratase solo de poetas apristas, pero resulta que ese grupo estaba constituido por los más renombrados poetas de la tendencia social conformantes de la generación del cincuenta: Rose, Valcárcel, Romualdo, Scorza y el que menciona, Garrido (Julio, no Enrique) estaba adscrito más bien a la tendencia «pura», con lo que MG está pagando tributo no solo a su adhesión al hedonismo, sino a ese despotismo —por él censurado— contra los «escritores dedicados a la creación literaria» pertenecientes a la tendencia realista o clasista. Lo sorprendente es que esa mención a los «poetas del pueblo» es recurrente en MG, en la novela Kymper (2014), vuelve a hacer idéntica mención. El mismo personaje Bracamonte aparece con el nombre de Ney. Y Kymper —en diálogo con su padre— dice:

—Sí, papá, Ney reconoce que es aprista, pero aclara enseguida que, antes que aprista, es poeta. “Poeta, Kymper”, me dijo. “¿Sabes lo que significa ser poeta?”. (sic) Me preguntó si recordaba a los llamados “poetas del pueblo”, cuando llegaron al Guadalupe para dar un recital. Todos ellos eran militantes apristas, pero Ney quedó decepcionado al escucharlos. Qué manera de levantar la voz, de vociferar, y esos versos elementales de ritmo monocorde. “No, Kymper”, me dijo, “para mí poetas son Eguren y Martín Adán. ¿Quieres saber lo que es un poeta? Léete, muchacho, “La niña de la lámpara azul” o “Aloysius Acker” (…) [y el padre de Kymper le responde]:

—Mira, Tito, coincido con tu amigo, aunque yo salvaría a Garrido Malaver (…) (pp. 289-290).

Al parecer los juicios favorables a Garrido Malaver no son solo de los personajes, sino también del narrador. Pero lo cierto es que Carlos Araníbar se encarga de poner las cosas en claro sobre el particular. De esos «poetas malos del aprismo» Araníbar recuerda solamente a tres: Alberto Valencia, Antenor Samaniego —de quienes no ha quedado ningún texto poético memorable—, y de Julio Garrido Malaver dice —en remembranza de Francisco Bendezú— que: «Los juicios de Paco en materia literaria eran demoledores. A Alberto Valencia le criticaba imitar a Julio Garrido Malaver (‘veterano’ shilico, de 36 años) y, muy en particular, a Antenor Samaniego, ambos del Partido del Pueblo. A Garrido lo juzgaba “poeta que no se atreve a ser universal”.» (Araníbar, A-2013: 179 ss). Obviamente, si Garrido no había trascendido las lindes del provincianismo (lo cual no es poco decir) y los otros poetas apristas le iban a la zaga, es indudable la mediocridad de todos ellos.

Obviamente, la actitud hedonista (de carácter burgués o pequeñoburgués) asumida por MG, no solo se solaza en rebajar el valor de esos «poetas del pueblo» apristas, sino que esta denominación incluía los nombres de Juan Gonzalo Rose, Gustavo Valcárcel, Manuel Scorza, Alejandro Romualdo, cuyo caso —con la fustigación de MG— ya hemos tratado en el apartado: 4.1 En El pacto con el diablo. Y solo una visión sesgada o manipuladora puede sugerir que haya coincidencia entre todos ellos.
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(200) En La cabeza y los pies de la dialéctica, realiza el enjuiciamiento de José de la Riva Agüero y dice que según él: «… dos razas han contribuido a la formación del carácter literario de los peruanos: la española y la indígena. De ellas, la primera es el elemento fundamental y la única que ofrece posibilidades de desarrollo a nuestra literatura; sin embargo, por las vicisitudes de la raza española en América, ese probable desarrollo —degradado, además, por pecado de origen— será lento, y realmente posible sólo si permanece fiel a la tradición y al espíritu españoles.» (pp. 101-102). Y, más adelante, MG llama a esto: «ideas, preconceptos, fobias, tabúes», ¿no será que otra vez el búmeran ha regresado a su punto de partida?
(201) «Prólogo» a la primera edición de La generación del 50, p. 17. No debe perderse de vista que este prólogo es suprimido en la segunda edición o reemplazado por otro que —en cierta medida— lo contradice.
(202) Declaración dada al blog Socialismo Peruano Amauta.
(203) «Populismo literario y estabilización capitalista», El artista y la época, p. 34.
(204) Esa ‘perspectiva de cambio’ expuesta al final de la cita alude, obviamente, a la lucha armada de Sendero Luminoso. Una crítica acerva a esa «lucha armada» puede leerse en el libro de Eduardo Ibarra, A2010.
(205) Destacamos el signo “sic” entrecomillado, para dar a entender que en la segunda edición ha sido corregido, en caso contrario indica que permanece.
(206) «Sé muy bien que separar unas líneas de su contexto puede acentuarles el sentido o conferirles un sentido distinto» (Félix Grande, Occidente, ficciones, yo, Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1968, p. 45).
(207) Veamos —en plan de intertextualidad— la relación de esos versos de Víctor Mazzi, con estos otros de César Vallejo, que ya hemos citado antes: «Amémonos / los vivos a los vivos, que a las buenas cosas muertas / será después». La contrapartida de Mazzi es: ‘no preguntemos por los vivos, luchemos con ellos que es la mejor forma de amarlos, y no preguntemos por los muertos, que al final de la lucha ya habrá tiempo para amarlos’.
(208) Mario Vargas Llosa, «José María Arguedas descubre al indio auténtico», en: Visión del Perú, N° 1, Lima, agosto, 1964, pp. 1-7. Este mismo trabajo fue publicado, con otro título: «José María Arguedas y el indio», en: Casa de las Américas, N° 26, Oct. Nov, 1964, pp. 139-147. MV va más lejos en su aversión al proletariado. En una de sus ficciones —muy subliminalmente, por cierto— utiliza el término «proletario» en forma peyorativa, dice: «La barriada, en efecto, era en ese entonces una Universidad del Delito, en sus especialidades más proletarias: robo por efracción o escalonamiento, prostitución, chavetería, estafa al menudeo, tráfico de pichicata y cafichazgo» (VARGAS Llosa, Mario (1977). La tía Julia y el escribidor. Barcelona: Seix Barral, p. 299).
(209) En La cabeza y los pies de la dialéctica, menciona a los autores de estos libros con la misma caracterización: «… como lo ha mostrado de manera dramática la historia de nuestro tiempo, el arte no es incompatible con la barbarie, y así escritores como Cèline y Pound, al servicio del fascismo, han podido crear obras de una poderosa imaginación verbal» (p. 85). Y, en realidad, este tópico (que lo artístico se dé en escritores reaccionarios) no está en discusión; lo cuestionable es adoptar su canon estético para valorar al trabajo de los escritores clasistas, y llegar siempre a la conclusión de que el de los primeros es excelente y memorable, y el de los segundos, modesto y periclitable.
(210) En reciente entrevista, dice: «mi marxismo se complementa con mi apertura hacia el pensamiento contemporáneo. Digamos que hay una actitud heterodoxa. Mi marxismo es heterodoxo, pero creo que sigo perteneciendo al mismo campo.» Revista digital: Lee por gusto, entrevista de Jaime Cabrera Junco.