Ana María Intili. Al borde de la noche. Roldanillo, Valle - Colombia: Ediciones Embalaje del Museo Rayo, 2016.

(WINSTON ORRILLO)

En este texto, que es un acierto de poética, se encuentra el meollo de lo que la escritora quiere expresarnos a lo largo de este volumen. La poesía adviene sin que nosotros tengamos por qué sentirnos culpables de su aparición, que, por ello mismo, es “implacable”, nos exalta de modo “siniestro” al arrebatarnos, y conducirnos a nuestro horizonte integérrimo: la pasión y el papel, donde vive el poema.

Todos los que hemos perpetrado poesías lo sabemos y, por ello, no podemos dejar de sentirnos identificados, con esta verbalización –una de las que es posible pergeñar para llevarnos, de la mano de la sensibilidad, hacia el mundo del origen, siempre obscuro, de ese objeto ingrávido que es el texto lírico.

Pero no queremos avanzar más sin señalar la gran belleza gráfica de Al borde de la noche (Ediciones Embalaje del Museo Rayo, Colombia: 2016). Por el colofón nos enteramos que este sello ha lanzado, ya, más de 410 títulos, lo cual nos produce una sana envidia.

El presente libro, para decirlo de entrada, es de tamaño supranormal, de pasta dura y en lugar de la grapa o el pegado que cotidianamente acompaña a los volúmenes, lleva un cordón blanco que da consistencia y seguridad a cada ejemplar. El libro tiene un enjundioso prólogo a modo de presentación de la escritora Águeda Pizarro Rayo, de Roldanillo.

“Pasión de la palabra” es como, congruentemente, Águeda titula sus imprescindibles palabras liminares, en las que hace un análisis exhaustivo de la poética de Ana María Intili, autora argentina, radicada por más de cuatro décadas en Lima. Águeda Pizarro, muy lúcida, penetra en los meandros de esta poesía, nada fácil ni sencilla y nos va develando, lenta, pero seguramente, aspectos como las numerosas iluminaciones (“como las de los libros medievales”) que la autora emplea para llevarnos adonde nos quiere conducir su lírica trascendente: “En el caso –dice la prologuista– de Ana María se convierten en un Libro de Horas, que nos la revelan escribiendo o dibujando, la identifican con otras mujeres videntes, como “hija de Tiresias”, como la mujer ave sentada en su mesa de alquimista, pintada por Remedios Varo o Leonora Carrington”.

Y, en efecto, como toda gran poesía, la de AMI hace una amalgama con la pintura (Van Gogh, Picasso, Dalí, Matisse) y la música, que aparecen a la par que nos da a conocer sus preferencias musicales: Bach, Verdi, Stravinsky. Lo que nos lleva a explicarnos por qué sus poemas son tan plásticos y musicales, amén de que, todo esto, se amalgama con la revelación, constante, permanente, de su personalidad, a través de los poemas, como “Palabra invisible”, que nos expresa:
“Imposible contar mi vida/ efímera gota/ del desierto//oscura/ distante/ entre voces pintadas/ voces alguna vez escritas/ música alguna vez hablada// malgastado/ don// de profetizar// Tiresias/ era mi padre// él tampoco pudo/ saber mi historia// soy su fracaso// su palabra invisible…”

O en “Errante”:

“soy esa muchacha/ incrustada/ en la corteza/ del árbol// la que llama/ la que indaga el color/ de las horas…” O esta implacable, sin concesiones, caracterización de la poeta, del creador en general diríamos, como alguien ajeno, como ella llama a la “Intrusa”

“he ingresado al corazón ajeno/ escucho/ la melodía grana/ que la habita// alguien retorna a su antiguo hangar// busco la jaula abierta/ el olor dormido// salamandra/ oscura y dócil/ de su canto// la noche/ se cierne/ como agua sobre piedra/ ajena- es el sonido/ que desbarata el silencio// silbido/ moteado de lengua bimembre// ¿cómo es el color/ del corazón ajeno?// si el rubor no atraviesa/ esta boca// abierta inocencia de pájaro.”

Para finalizar mis citas, no puedo dejar de referirme a una pertinaz y artera visitante nuestra, presencia irrecusable, la muerte, en su poema “No es muda”:

“no es muda ni ciega/ la muerte/ sabe tocar la cítara/ de treinta cuerdas// es dama solitaria/ que pasea impasible/ canta/en antiguas corales// lame la sangre/ flamea en los balcones/ adherida/ al tizne negro del barandal// lame la sangre/ flota en el estanque/ mueve los nueve ojos/ púrpura// sonríe a las mujeres que ha lapidado/ a los hombres que ha lapidado/ a los ángeles que esperan/ rehenes de justicia.”

Alejandra Pizarnik, posiblemente la poeta argentina suicida más citada de las últimas generaciones; y Blanca Varela, la más grande poeta peruana del siglo fenecido, son dos de sus ilustres penates.

Con semejantes paradigmas, ya se puede uno imaginar con qué poesía nos encontramos en el presente libro. Intili practica, igualmente, la prosa, especialmente en esa onda hogaño tan presente, la minificción.

Ha ganado premios relevantes y su presencia literaria se hace cada vez más imprescindible en las letras peruanas de los días que corren, en especial con una lírica que maneja, espléndidamente sinestesias, imágenes y metáforas que son un verdadero deleite para nuestra sensibilidad.