Alejandro Dolina. Reír sin dejar de pensar.

(Fernando Buen Abad Domínguez)

Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

Aunque los territorios de sus frecuentaciones filosóficas, literarias y musicales, son siempre recorridos con respeto meticuloso, Dolina se las ingenia para ser un “irreverente” de la inteligencia que imbrica su sentido del humor con una lista larga de cualidades creadoras en las que reír no es enemigo pensar. Rara avis.

Algunos creen que es muy fácil hacer humor en Argentina (patria de Dolina). Que las fuentes del cliché en la “melancolía”, lo “trágico” y la pesadumbre “tanguera” o “gaucha”, son caldo propicio para la comedia o que todo invita a la risa súbita por escuchar “relatos de la vida” tratados (a veces) como relatos futboleros… pero no. En la historia del sentido del humor argentino hubo y hay todo tipo de versiones y perversiones que, en búsqueda de risas y sonrisas, transitan los más escalofriantes y diversos devaneos ideológicos. Y no faltan quienes creen que siendo chistosos “todo se perdona”. Ahí están, en esa Historia, los más machistas y los más racistas; ahí están los más pesimistas y los más surrealistas. Con dictaduras o sin ellas, hay humoristas del teatro, televisión y cine… de la gráfica periodística, la caricatura y de no pocas revistas emblemáticas. No se consignarán aquí los nombres. Hay trabajadores del humor empeñados en cultivarlo como fuerza humana dignificante y hay parásitos de la banalidad empecinados en hacer de la burla, el escarnio y el linchamiento cultural un negocio “chistoso”. Tampoco se los nombrará aquí. ¿Se puede decir lo mismo de cualquier país?

Entre todas esas categorías de distingue, porque se distancia, la excepción que marca Dolina que no es un “humorista” ni es un cuenta chistes. Se distingue porque sus móviles están lejos de agotarse en la risita o en la risotada (aunque las provoque). Se distancia porque se ha empeñado en invitar a pensar de modos diversos los más diversos temas. Su “base de operaciones” es lo que él llama “La Venganza será Terrible”, programa de radio que remonta varios centenares de transmisiones y varios lustros. Más de una emisión completa puede ser escuchada y vista en YouTube o en alguna de las “redes sociales” que también publican transcripciones de las emisiones radiales.

Esa versión del humor cultivada por Dolina, da cita a coartadas narrativas múltiples sometidas al rigor de la improvisación y la libertad creativa. Tal cual. Todo eso cimentado en una cultura general amplísima y un culto riguroso al respeto por la inteligencia del destinatario. No hay chabacanería involuntaria, todo está calculado, ni hay anarquía del desmadre. Temas, tiempos y profundidades conceptuales se ciñen al requisito sistemático de la inteligibilidad que no supone inferioridad del interlocutor ni supone superioridad del que actúa lo que sabe a sabiendas de que realmente sabe. Lo dicho rara avis.

Y todo eso ocurre en un tono delicioso que cuida su vocabulario mientras lo barniza con acentos de “compadrito” o con retruécanos gauchescos. Todo eso ocurre entre erudiciones (algunas de ellas tangueras) y franca ignorancia sincera que no se disfraza ni se maquilla porque funge como un actor más en el escenario del juego placentero que hace de la Cultura, en su sentido más amplio, un entretenimiento no ofensivo. Sin didactismos petulantes. Todo con sello argentino o quizá rioplatense. Brilla con poder propio el dominio de la Dialéctica que haría las delicias de Hegel.

Pero especialmente es un lujo de matices. A cada aparente generalidad le acompaña toda suerte de advertencias, directas o indirectas, todo género de precisiones y salvedades que esculpen “la parte conceptual” (que es todo) para eludir la bravata epistemológica de las generalizaciones bobas. Así el juego de palabras es una casa de espejos en los que nunca falta la nota aclaratoria, el “pie de página” que distingue una afirmación general de sus sentidos relativos. Y siempre con humor inteligente y siempre inteligible. En esas condiciones se adentra en exploraciones filosóficas o históricas, en chismes de barrio o en “manuales del usuario” que le sirven de plataforma para suscitar una comunidad de sentido basada en el humor. He ahí el carácter espléndido en las reglas de su juego. Ausente, desde luego, en este intento de descripción.

Cuenta Dolina con un grupo de trabajo -colaborador y cómplice- que lo acompaña “en escena”, y fuera de ella. Grupo que se multiplica por cientos cuando la emisión radiofónica suma al “público en la sala” con radioescuchas fieles a la ubicuidad del programa y a la velocidad de sus contenidos. Es, lo dicho, una comunidad de sentido que juega con el saber y con la “ignorancia” una apuesta exquisita que nos incluye a todos. Dolina y su equipo actúan, cantan, leen mensajes del público, disertan, desertan, desarman y rearman capítulos enteros de la Cultura… para espejar un modo de ser y vivir la realidad que les tocó vivir como argentinos y como coautores de la experiencia común que construye ese peculiar derecho social que es el derecho al humor inteligente. Derecho mayormente mancillado o cancelado.

No es un espacio fácil de crear ni de mantener. A lo largo de su historia “La Venganza será Terrible”, con sus antecedentes y sus consecuencias, cuenta altibajos que son, todos, similares al propia obra de Alejandro Dolina[1]. Lo saben muy bien sus seguidores que conforman una feligresía que vive y entiende lo popular de una manera especial e irrefutable. La vida misma. De ahí se alimenta esa experiencia de Cultura y Comunicación que es la obra de Dolina, rigurosamente capaz de sintetizar las constelaciones y aventuras de los Dioses Griegos con las anécdotas de los barrios; algunos capítulos enciclopédicos y los anecdotarios futbolísticos más diversos.

Es falso que hablar del humor seriamente sea lo mas aburrido, o lo más petulante. Es falso que el cultivo del humor dependa sólo de la “gracia” que se tenga o de un misterio extraterrestre asimilado por alguna virtud extravagante. El humor es también una táctica y una estrategia narrativa que en manos de Dolina se rehúsa a las bagatelas léxicas o conceptuales recurrentes en el argot mediático, científico o académico. Por eso se agradece el trabajo que se esmera en respetar la inteligencia no como una dádiva de clase o distintivo de status, sino como una necesidad y un derecho, cada día más acosados, y del que los pueblos tienen “hambre”. A eso nos da otra lectura a “La Venganza será Terrible”. Porque será.