A 25 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO FUJIMORISTA.

Enviado por David Aguinaga

La lucha contra el neoliberalismo continua

El 5 de abril de 1992 se dio un golpe de Estado que no solo quebrantó la democracia liberal parlamentaria, sino que afectó seriamente los intereses del pueblo y nuestra Patria.

Esta es una fecha nefasta que siempre debemos recordar, reflexionando sobre sus enseñanzas para continuar luchando por el progreso, la emancipación y la construcción de una nueva sociedad.

El golpe de Estado de hace 25 años, que hasta ahora los fujimoristas embellecen -y otros derechistas intentan minimizar- no fue la acción aislada de un partido, menos aún de un solo hombre. Los hechos vividos desde aquellos tiempos y los diversos testimonios, en particular los que se realizaron durante la caída del fujimorismo, nos revelaron que se trató de un golpe de Estado planificado y ejecutado por los altos mandos de las FFAA, bajo la dirección ideológica y política de Vladimiro Montesinos. El papel de Alberto Fujimori fue, sin duda, importante, pero subordinado al plan global de los militares. Impulsado por sus ambiciones particulares, y por su decadencia moral singular, Fujimori traicionó a la democracia parlamentaria que le posibilito llegar al poder; sepultando sus iniciales promesas de cambio, utilizó su condición de presidente civil para encubrir el poder real de los militares.

Después de la llamada década perdida de los 80 -de crisis económica, caos social y creciente guerra interna- y ante la crisis completa del régimen democrático, aprovechando los graves síntomas de división y desorganización del movimiento popular y las fuerzas progresistas, el militarismo tomó el poder político. Montesinos logró integrarse a las altas esferas del poder gracias a Alberto Fujimori, que lo necesitó desde el principio por sus extremas carencias políticas. Él convenció a los militares y al mismo Fujimori para realizar el golpe de Estado. El objetivo inmediato era acabar con la subversión armada organizada por Sendero y el MRTA. El objetivo fundamental era aprovechar la crisis política -engendrada por la guerra interna y la crisis económica- para imponer el neoliberalismo como política de Estado.

El neoliberalismo que hoy impera en el país no se impuso mediante el consenso, o alguna otra forma democrática, sino con la fuerza de un golpe de Estado militar. De este modo concreto se instauró una dictadura al servicio de los grandes capitalistas, nacionales y extranjeros. Desde el 5 de abril de 1992, las empresas del Estado fueron privatizadas casi en su totalidad, se dictaron normas laborales que negaron las conquistas sociales y políticas de los trabajadores ganadas a lo largo de todo el siglo XX, y el conjunto de la economía fue sometida con mayor profundidad y amplitud a los intereses de los capitales extranjeros.

La vanguardia de los trabajadores y de las fuerzas democráticas progresistas siempre luchó, pero en un primer momento los golpistas tuvieron el apoyo de los sectores populares desesperados por acabar con la crisis económica y la guerra, e impulsados por intereses más profundos que le hacían sentir que sus luchas históricas de las décadas anteriores al velasquismo ya se habían agotado. La guerra fundamentalista y sectaria de Sendero terminó por derrumbar sus ilusiones en algún tipo de revolución social. En los años 90, los descendientes de los campesinos rebeldes contra el poder de la vieja oligarquía, después de un complejo recorrido, viraron hacia la derecha y la reacción. Ese viraje, en lo fundamental, se mantiene. El fujimorismo los expresó en los 90 y, de alguna manera, hasta ahora representa a sus sectores más conservadores y más reaccionarios.

La dictadura fujimorista fue derrocada en el 2000, por acción de las masas, y porque fue erosionada por sus múltiples contradicciones. Simbólicamente cayó Montesinos y se hundió todo el régimen. Sin embargo, por las extremas debilidades del pueblo, por la fuerza de la gran burguesía y por el papel abrumadoramente mayoritario de las capas burguesas y pequeñoburguesas emergentes, se restauró una democracia liberal muy precaria, en la que tuvieron una participación hegemónica los nuevos y viejos partidos de la burguesía. Bajo esas circunstancias, en este tipo de democracia, se mantuvo casi intacta la política neoliberal del Estado.

En la etapa posterior a la caída del fujimorismo, como ocurrió en toda América Latina, el Perú pasó por una etapa de auge económico estimulada por la expansión del capitalismo mundial, en particular por la industrialización de China. En estas nuevas condiciones, la mantención del neoliberalismo fue muy perjudicial a los intereses de nuestra Patria y del pueblo. El auge no posibilitó forjar un ahorro nacional que pudiera utilizarse en un desarrollo más avanzado de la economía y del conjunto de la sociedad. En todo este periodo los capitalistas obtuvieron fabulosas ganancias, mientras las condiciones de vida de los trabajadores sólo mejoraron relativamente. La desigualdad social no sólo se mantuvo sino se profundizó.

Con la democracia y el auge económico se instauró un nuevo reino de todos los capitalistas. Después de más de quince años, este reino hoy está en una crisis muy profunda. El caso Odebrecht desnudó a las elites dominantes y a los diferentes niveles del poder político. Los desastres naturales han cuestionado a toda la sociedad, al poder de todos los capitalistas, al gobierno central hoy dominado por la gran burguesía tradicional y a los gobiernos regionales y locales que están dirigidos en su mayoría por la burguesía emergente.

En los últimos meses, el Perú fue impactado por la revelación de los casos de corrupción en torno a la transnacional brasileña Odebrecht. La coyuntura política fue dominada por las denuncias de corrupción. Sin embargo, ante la magnitud de los desastres ocasionados por las lluvias torrenciales, huaycos, desbordes e inundaciones, estas pasaron a segundo plano.

En la coyuntura anterior, el gobierno de PPK fue colocado en una situación política crecientemente difícil, a medida que se multiplicaban las denuncias, en particular cuando los jueces ordenaron la detención del expresidente Alejandro Toledo. Todos sabían que PPK y su primer ministro, Fernando Zavala, estuvieron muy comprometidos en el Gobierno de Perú Posible. Los huaycos y las inundaciones sorprendieron al gobierno, a pesar de los síntomas del cambio climático y las alertas que al respecto hicieron personalidades e instituciones.

Las perspectivas para el Gobierno se agravaban. Pero las desgracias engendraron una corriente de solidaridad que atravesó todas las clases sociales, y en vista de que el Gobierno comenzó a atender los problemas más urgentes, se crearon nuevas circunstancias que le dieron la oportunidad de recuperarse políticamente. Es evidente que la gran burguesía y todas las capas dominantes intentan borrar el impacto político de las denuncias de corrupción con las imágenes de los huaycos. Sin embargo, la magnitud de los desastres, y la sobreexposición de las imágenes, están destapando los problemas más profundos de la sociedad.

Hoy, el Perú se encuentra en un momento excepcional, de desastre nacional. La corrupción generalizada y los desastres sociales engendrados por el Niño Costero cuestionan el desarrollo de todo un siglo: el tipo de capitalismo que se ha impuesto sobre las ruinas de la semifeudalidad heredada de la Colonia. En medio de los dramas y sufrimientos de cientos de miles de peruanos se evidencia la extrema precariedad de la sociedad capitalista en la que vivimos y, de manera particular, se aclara nítidamente el carácter nefasto del neoliberalismo, aplicado como política de Estado desde el golpe militar del 5 de abril de 1992.

El capitalismo de los grandes burgueses centrado fundamentalmente en las industrias extractivas; el capitalismo primario, cuasi artesano, de los emergentes que han organizado sus negocios sin cuestionar una realidad dominada por ese tipo de grandes capitalistas; y el anarquismo neoliberal fomentado desde arriba crearon las condiciones para un desarrollo en el cual ha primado la más extrema espontaneidad y precariedad. Estos factores sociales han posibilitado que los fenómenos naturales provoquen los grandes desastres sociales y los inmensos daños materiales que afectan a miles de personas y al conjunto del país.

Los últimos informes del Centro de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN) señalan que los desastres han provocado la muerte de 106 personas, los damnificados llegan a 156 mil 420, y los afectados superan el millón de personas. La Consultora MACROCONSULT cuantificó -antes de los desbordes en Piura- las pérdidas, entre carreteras, viviendas, puentes, áreas de cultivo, instituciones educativas, canales de riego, caminos rurales y establecimientos de salud, en 3,124 millones de dólares.

Las pérdidas son pues enormes. El cuestionamiento al tipo de sistema económico social es mucho más grande de lo que indican las cifras. Se requerirá un esfuerzo descomunal, de años, para reconstruir y construir. Las inversiones a realizarse tienen que atender las urgencias del momento y las medidas preventivas de mediano plazo, pero el conjunto de la reconstrucción del país tiene que tener un horizonte de largo plazo. Mirando al futuro, lo primero y lo más elemental que debe hacerse es acabar con la política neoliberal que niega el rol directriz que necesariamente debe cumplir el Estado. Se necesita planificar el desarrollo del Perú mirando todo el siglo XXI. Se requiere una nueva industria, un nuevo agro, una nueva ciudad y un nuevo campo.

Podemos y debemos avanzar en ese camino en nuestro país, pero comprendiendo que el cambio sólo podrá ser profundo si tiene un carácter planetario ya que los desastres naturales que hoy se han desarrollado en el Perú son producto, en última instancia, del calentamiento global que está precipitando los cambios climáticos que provocan los fenómenos que estamos experimentando: las altas temperaturas, las lluvias torrenciales, los desbordes de los ríos y las inundaciones.

Para sobrevivir, la civilización humana tiene que pasar a una etapa superior. El desarrollo irracional y anárquico promovido por los capitalistas, en particular por las transnacionales, es el causante principal del calentamiento global que empuja a la humanidad al borde de su extinción como especie. Sin duda, la humanidad evitará su final prematuro construyendo una nueva sociedad; una nueva civilización en la que no impere el desarrollo irracional dominado por las ganancias, y una sociedad en la que no dominen las transnacionales.

Después de lo vivido en los últimos meses y, en general, después de haber experimentado cambios sociales, varios de ellos traumáticos, el Perú se encuentra en un momento crucial en el que puede dar un salto hacia atrás, retroceder más, ir a un mayor atraso y a la regresión social completa; o puede avanzar a una etapa superior, verdaderamente nueva, de un desarrollo industrial que posibilite la justicia social y mantenga el equilibrio sano y fructífero con la naturaleza.

En este 5 de abril, recordando el pasado, tomando en cuenta el presente, el desastre nacional que estamos viviendo, y orientándonos hacia el futuro, todas las fuerzas progresistas debemos comprometernos a acabar con la herencia de los golpistas del 92.

Lima, 5 de abril de 2017.

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Enviado por: David Aguinaga