14 de marzo de 1883, muere Karl Marx en Londres.

(Alberto Fortunato)

Hoy, l4 de marzo de 2017, ciento treinta y cuatro años después de aquello, recordamos aquí, en Buenos Aires, la desaparición física del pensador y revolucionario comunista.

En este año de 2017 sin duda habrá numerosas oportunidades de recordar sus enseñanzas y sus desafíos. Particularmente en setiembre (150 años de la publicación de la Primera edición del Libro Primero de El Capital) y en Octubre (por los 100 años de la Revolución Rusa).

Quiero compartir con Ustedes los últimos párrafos del escrito biográfico sobre Marx realizado en 1918 por Franz Mehring. El revolucionario y socialista alemán pone fin a su encomiable biografía del sabio de Tréveris dando la palabra al amigo entrañable, camarada y albacea de El Moro, como lo llamaban sus hijas. Me refiero a Federico Engels. Los párrafos que siguen no me eximen de mi opinión sobre Marx, pero creo que por el momento es más que suficiente transcribir lo siguiente:

“El 17 de marzo, un sábado, fue enterrado Carlos Marx junto a su mujer. La familia, con muy buen sentido, se había negado a aceptar *todo ceremonial*, que no hubiese servido más que para poner una nota de estridente discordancias en aquella vida. Junto a la tumba abierta sólo se congregaron un puñado de leales: Engels, con Lessner y Lochner, dos viejos camaradas de la Liga comunista; de Francia, habían venido Lafargue y Longuet; de Alemania, Liebknecht; la ciencia estaba allí representada por dos hombres de primer rango: el químico Schorlemmer y el zoólogo Ray Láncaster.”

“He aquí el último saludo que Engels dirigió en inglés al amigo muerto, resumiendo con una gran sinceridad y veracidad, en palabras sencillas, lo que Carlos Marx había sido y seguiría siendo siempre para la humanidad, y sean estas palabras las que pongan fin a nuestro libro:

*El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador viviente. Apenas le habíamos dejado solo dos minutos, cuando al volver le encontramos serenamente dormido en su sillón, pero para siempre.

Imposible medir en palabras todo lo que el proletariado militante de Europa y América, todo lo que la ciencia histórica pierden en este hombre. Harto pronto se hará sensible el vacío que abre la muerte de esta imponente figura.

Así como Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, así Marx descubrió la ley por que se rige el proceso de la historia humana; el hecho, muy sencillo pero que hasta él aparecía soterrado bajo una maraña ideológica, de que antes de dedicarse a la política, a la ciencia, al arte, a la religión, etcétera, el hombre necesita, por encima de todo, comer, beber, tener donde habitar y con qué vestirse y que, por tanto, la producción de los medios materiales e inmediatos de vida, o lo que es lo mismo, el grado de progreso económico de cada pueblo o de cada época, es la base sobre la que luego se desarrollan las instituciones del Estado, las concepciones jurídicas, el arte e incluso las ideas religiosas de los hombres de ese pueblo o de esa época y de la que, por consiguiente, hay que partir para explicarse todo esto y no al revés, como hasta Marx se venía haciendo.

Pero no es esto todo. Marx descubre también la ley especial que preside la dinámica del actual régimen capitalista de producción y de la sociedad burguesa engendrada por él. El descubrimiento de la plusvalía puso en claro todo este sistema, por entre el cual se habían extraviado todos los anteriores investigadores, lo mismo los economistas burgueses que los críticos socialistas.

Dos descubrimientos como éstos parece que debían llenar toda una vida, y con uno solo de ellos podría considerarse feliz cualquier hombre. Pero Marx dejó una huella personal en todos los campos que investigó, incluso en el de las matemáticas, y por ninguno de ellos, con ser muchos, pasó de ligero.

Así era Marx en el mundo de la ciencia. Pero esto no llenaba ni media vid de este hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza en fusión histórica, una fuerza revolucionaria. Y por muy grande que fuese la alegría que le causase cualquier descubrimiento que pudiera hacer en una rama puramente teórica de la ciencia, y cuya trascendencia práctica fuese muy remota y acaso imprevisible, era mucho mayor la que le producían aquellos descubrimientos que trascendían inmediatamente a la industria, revolucionándola, o a la marcha de la historia en general. Por eso seguía con vivo interés el giro de los descubrimientos en el campo de la electricidad, y últimamente los de Marc Deprez.

Pues Marx era, ante todo y sobre todo, un revolucionario. La verdadera misión de su vida era cooperar de un modo o de otro al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones del Estado creadas por ella, cooperar a la emancipación del proletariado moderno, a quien él por vez primera infundió la conciencia de las condiciones que informaban su liberación. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, con una tenacidad y con unos frutos como pocos hombres los conocieron. La primera “Gaceta del Rin”, en 1842, el Vorwaerts de Paris, en 1844, la “Gaceta alemana de Bruselas”, en 1847, la “Nueva Gaceta del Rin”, en 1848 y 1849, la New York Tribune, de 1852 a 1861, una muchedumbre de folletos combativos, el trabajo de organización en las asociaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que por último vio surgir como coronación de toda su obra la gran Asociación obrera internacional; su autor tenía verdaderamente títulos para sentirse orgulloso de estos frutos, aunque no hubiera dejado ningunos otros detrás de sí.

Así se explica que Marx fuese el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Todos los gobiernos, los absolutistas como los republicanos, le desterraban, y no había burgués, desde el campo conservador al de la extrema democracia, que no le cubriese de calumnias, en verdadero torneo de insultos. Pero él pisaba por encima de todo aquello como por sobre una tela de araña, sin hacer caso de ello, y sólo tomaba la pluma para contestar cuando la extrema necesidad lo exigía. Este hombre muere venerado, amado, .llorado por millones de obreros revolucionarios como él, sembrados por todo el orbe, desde las minas de Siberia hasta la punta de California, y bien puedo decir con orgullo que, si tuvo muchos adversarios, no conoció seguramente, un solo enemigo personal.

Su nombre vivirá a lo largo de los siglos y con su nombre, su obra.”[1]

[1] MEHRING, Franz, CARLOS MARX, EL FUNDADOR DEL SOCIALISMO CIENTÍFICO, Ed. CLARIDAD, Buenos Aires, 1943, traducción W.Roces