¿Qué hubiese ocurrido si la prensa nunca hubiese mentido?

(ANA ISABEL BERNAL TRIVIÑO)

Si la prensa nunca hubiese mentido entenderíamos el porqué de las guerras y a quiénes benefician. Sabríamos su conexión con nuestras políticas, negocios, pasado y actos. No dejaríamos que nos vendieran dictaduras por democracias, ni democracias por dictaduras, ni grupos terroristas por fanatismos descontrolados. Asumiríamos que vivimos bajo un imperio, con una milicia en busca del poder y el dinero, a costa de cualquier muerto, incluso aunque sean niños, inocentes e indefensos.

Si la prensa nunca hubiese confundido, no habría que explicar qué es el feminismo. Que las mujeres no se mueren solas, sino que las asesinan los machistas. Que la culpa no es de ellas, sino que ellas son las víctimas. No se permitiría publicidad que hipersexualice a las niñas, ni publicar noticias que hagan de la mujer un objeto, ni anuncios de prostitución que colaboren con la trata y su mercado negro.

Si la prensa nunca hubiese silenciado, no pasarían muertes laborales como muertes por hechos "accidentales". Sería titular el abuso, la precariedad, la explotación, y el robo de derechos. Para asumir nuestro papel como trabajador, en lugar de mirar por encima del hombro y creernos el cuento del "emprendedor".

Si la prensa nunca hubiese cotizado en bolsa, no hubiese convertido la información en un producto. No hubiese idolatrado al capitalismo para vivir en una burbuja de falsa riqueza, que explotó casi por sorpresa, a pesar de acumular avisos sin respuesta. Ni se habría convencido hasta crear un ejército de compradores, seguidores de modas absurdas, en un simulacro de felicidad que dependía de los centros comerciales.

Si la prensa nunca se hubiese dejado llevar por el periodismo de declaraciones, se habrían contrarrestado los mensajes de odio hacia el emigrante. Estaría muy claro que los refugiados ni huyen por placer de sus casas ni son una amenaza. Y se nos caería la cara de vergüenza de asumir el expolio y la presión con la que desde Occidente se les atenaza.

Si la prensa no hubiese permitido avanzar el discurso que atacaba a lo público, no hubiésemos tenido más suicidios en mitad de la crisis, ni muertes de dependientes, ni familias desahuciadas, ni jóvenes sin futuro, en la cola del desempleo o niños hambrientos, que se aferran a una bolsa de comida con más ganas que a un muñeco. Ni tampoco hubiesen existido trabajadores públicos humillados, ni profesores ni personal sanitario presionado, ni trabajadores de la cultura estigmatizados.

Si la prensa hubiese denunciado desde el minuto uno el fascismo, no avanzaría dentro y fuera de nuestras fronteras, no se impondría el mensaje del odio, de la patria y la sangre y los vivas que quiebran la tierra. No se exaltaría con canciones y aplausos, ni se le rendiría honores a su paso. No se toleraría a la ultraderecha como opción política, ni se cerrarían los ojos frente a los muertos en cunetas, a los que silencian y ni respetan.

Si los medios nunca hubiesen rendido pleitesía a sus anunciantes, hablaríamos solo de empresarios honestos que, de haberlos, reconocerían sus errores para convertirlos en aciertos. Y conoceríamos los trapos sucios de los deshonestos, en lugar de dar a bombo y platillo sus actos de caridad, para acallar sus pecados, y esconder toda la suciedad que genera sus principios intoxicados.

Si los medios no hubiesen mentido, hubiesen apoyado a aquellos periodistas que SÍ decían la verdad, que señalaron, demostraron, explicaron, advirtieron y desenmascararon, los mismos que eran criticados y calumniados. El ciudadano hubiese sabido quién le engañaba en esta partida, sin prestarle complicidad ni quedarse de su lado.

Si todos los medios hubiesen actuado con responsabilidad no hubiesen convertido la noticia en espectáculo, ni hubiésemos dado pábulo a quienes trabajan como mercaderes, mientras se tiran al suelo por unas monedas de su amo.

Si los medios hubiesen dicho siempre las cosas por su nombre, si no hubiesen otorgado credibilidad a quien no la tiene, si hubiesen llevado a las portadas los abusos de los bancos, la corrupción, el crecimiento de la deudas, las privatizaciones, la disolución de poderes...

Tal vez dejaríamos de tratar a las personas como insectos a los que aplastar, al medio ambiente como un vertedero, y a las empresas como dioses del ocio y del dinero.

Tal vez la pobreza sería menos pobreza y la riqueza menos riqueza.

Si los medios nunca hubiesen mentido sabríamos, sin dudas, quién es quién.

Quién es el oprimido y perjudicado.

Quién es el opresor y beneficiario.

Entonces hubiese ocurrido lo que tendría que haber ocurrido.

Que el periodismo agonizante entre arenas movedizas sería una palabra digna.

Que la sociedad sería más justa.

Y que no hubiésemos podido ser utilizados como marionetas cómplices de esta mezquindad absoluta.